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Mi verano invencible

Inventario de doce meses
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Unos días antes o unos días después hace doce meses que los hice cómplices de un susurrado pedido de tregua a la vida. Se asomaba el momento de añadir un año más al calendario personal. El propósito de la petición llegaba acompañada del cansancio de un periodo de tropiezos que sentía comenzaban a pasarme factura. Ilusa, porque definitivamente el panorama que se acercaba y me acechaba poco tenía de calma.

Me equivoqué garrafalmente. Jamás hubiera podido imaginar lo que llegaría con las horas de los próximos 365 días. La fecha quedó enterrada entre los escombros de Irma y María. Y con ella, naturalmente, todo lo que llegó antes, durante y después de estos dos fenómenos. La efeméride fue muy discreta. Nada propiciaba que fueran de otra manera. Irma fue un discreto ensayo del luto que a los pocos días nos arropó con la llegada de María. El dolor nos estranguló con su entrada. Nos estrujó en la cara lo que pensábamos que éramos y sin piedad nos mostró la realidad. Era como si el destino se hubiera ensañado con nosotros hurgando aún más en una herida que ya llevaba tiempo supurando. A este impacto añado el que pocas personas conozco que no sintieron o no vivieron otro embate de envergadura con sus vientos. 

Si solo pudiera utilizar una palabra para describir lo que ha sido para mí esta época elegiría contradictoria. Por momentos implacable y cruel y por ratos lleno de interesantes y enriquecedoras oportunidades capaces de arrancarle una sonrisa hasta al más mal encarado. 

He visto cosas amargas en mi piel y en mi país que quisiera borrar de mi mente para siempre. Resulta imposible. Todas son necesarias para poder avanzar, para romper las dudas, para saltar, para poder saber lo que es y lo que no. Es en esos momentos más oscuros, más solitarios y más fríos que se encuentra la razón, la fuerza, la luz. Gracias a este absurdo último año es que finalmente parece que logro entender lo que percibo como el saldo de este camino empedrado que he recorrido desde el 2011. 

Hay unas veces en que me demoro más que otras en salir del atolladero, pero siempre he conseguido con más o menos laceraciones y lágrimas ponerme de pie. Estos últimos meses lo evidencian más que nunca. Cuando más ahogada me sentía, me pensaba, me preguntaba, ¿puedes respirar? ¿Sí? Pues sigue adelante. 

Albert Camus describe como pocos lo que logré ver durante este tiempo. “En las profundidades del invierno aprendí por fin que dentro de mí hay un verano invencible”. Por eso hoy decido brillar y sonreír. 

Por estar cada vez más cerca de ese verano invencible, celebro: a quienes me cargaron en el invierno; que sé qué llevarme y qué dejar; que cada tropiezo me acerca al calor del sol; a todos los que ven en mí lo que yo todavía no alcanzo a ver; las oportunidades que he tenido y que he podido compartir; que no permito que me hagan dudar de lo que soy y doy y, por último, hoy celebro cada cicatriz que llevo en la mente, en el cuerpo, en el pecho y en el alma.

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