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Migajas en la memoria

Lo que nos dejó el tiempo
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Mientras buscas algo que no quiere aparecer, cae a tus pies un instante del pasado. Un golpe de ojo es suficiente para que tu mente te empuje a ese día, a esa hora, a ese lugar, que ahora miras desde lo alto. Poco a poco llegan los detalles. El olor, la gente, todo regresa a ti. Tu cabeza ahora es este poderoso proyector que sin resistencia te lleva a pasar revista sobre ese hallazgo. Son, como dice Serrat, “aquellas pequeñas cosas que nos dejó un tiempo de rosas en un rincón, en un papel o en un cajón” y que uno cree “que las borró el tiempo y la ausencia”.

Parecería una traición del destino. Cada día creo menos en las casualidades por lo que me inclino a pensar que no, no lo es. Por algún motivo eso tenía que regresar. Todo en algún momento vuelve a nuestro hoy. En un perfume, una canción, una dedicatoria, una nota, una foto, un mechero, una servilleta, una vitola, un corcho, transfigurado y en otro tiempo, pero regresa.

La gente se empeña en decir que uno no debe mirar para atrás. Difiero. El detalle está en cómo uno lo hace. Las cosas felices hay que recordarlas y las que no lo son también. No hacerlo es negar lo que uno es. Tú estás en cada doblez de ese folio que te dejó un mensaje para siempre. Somos un compendio de todos esos papelitos y huellas que se han quedado en una gaveta, atrapados en las páginas de un libro o en un armario. Con ellos reconstruyes tu travesía. Lo vivido, quien está, quien no, todas las batallas libradas y lo que eres capaz de enfrentar. Naturalmente te aferran a lo que no quieres perder porque perderlo sería un poco perderte. Te ayudan a componer tu propia historia, esa que solo tú conoces y que a veces te hace sonreír o te recuerda lo que se extraña o “te hacen llorar cuando nadie te ve”. Es tuya y te hace rico en experiencia y encierra gran sabiduría. Es fuerza en su forma más pura.

Tocar y sentir esos inesperados descubrimientos son una manera de volar y de perderse por un instante para, en medio de la confusión, encontrar lo que sí tuvo y tiene sentido. No hay que temerle a la tristeza que puede llegar con ellos. Conocerlos es estar en paz con lo que pasó y contigo.

Yo me niego a olvidar. Por eso tengo esta afición de esconder en lugares insospechados toda suerte de migajas. Son mi memoria. Y cuando alguna cae en mi falda, me escapo por un instante. Escucho una voz, veo los colores de ese día, siento una caricia, suspendido en el aire queda un aroma a limón, me ubico en ese momento para reencontrarme con ese sentir. Es un acto de reflexión e introspección único porque nadie recuerda lo mismo de la misma manera.

Y quizás eso que hoy cayó a tus pies te ayuda a entender lo que hace siete años no viste. Con nuevos ojos miras y todo encaja, ahora comprendes el porqué de aquello que en su momento parecía absurdo o incomprensible. Esas estelas son capaces de revelar una complicidad, una felicidad, un desamor o una frustración. Son tan poderosas que te dan la oportunidad de ver el pasado de una manera más sabia, justa y verdadera.

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