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Rememorando a Marta la que sin querer fue la mejor

De ahí en adelante se entregó al trabajo y a nosotras, a pesar de que ese junio de 1977 se enterró con él. Una amnesia de vida reinó en casa. El dolor y, por qué no, el coraje o la rabia, era tanto que optó por reducir la presencia de su recuerdo en cada gaveta, mesilla o rincón.
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Hay días en que el puente que separa a un ser de otro se siente más frágil y quebradizo. No se logra cruzar. Las manos parecen no alcanzarse, no se tocan, ni siquiera el recuerdo del roce de ellas trae gran consuelo. Esa distancia física y emocional se siente como una pajita que el viento te deposita en el ojo. Llevo 19 años con esa basurilla en uno de los míos. A veces molesta más, otra menos, pero siempre está ahí. Todo alrededor es fiesta, abrazos, obsequios y yo, como muchos otros, con mi pajita en el ojo.

Para que ese puente hoy no se perciba tan endeble quiero hablarles de Marta y su historia, historia que tristemente será lo que vivirán hoy muchas familias puertorriqueñas, desgarradas por el reciente exilio. Se las narro porque al hacerlo me crezco y me fortalezco. Marta, la gran mujer que sin querer ser madre se convirtió con su ejemplo y fuerza en la mejor del mundo.

Marta llegó a Puerto Rico a principio de los años 1960 a reencontrarse con Moreno, como ella le decía. Llevaban 15 años de total complicidad, convivencia que no logró resquebrajar ni siquiera los meses en los que estuvieron alejados. Llegaron a esta maravillosa Isla huérfanos de familia y de posesiones. Aquí lograron, con mucho esfuerzo, levantarse gracias a su trabajo y al desprendimiento de las decenas de puertorriqueños que los acogieron y consolaron en su exilio.

Marta nunca quiso tener hijos, pero Moreno sí y la brisa borincana se lo concedió. A los 16 años de casados, mi madre quedó embarazada de mi hermana y cuatro años después llegué yo. La alegría reinó porque para Marta todo lo que hiciera sonreír a Moreno le provocaba una particular sensación de normalidad. Trece años duró nuestro micronúcleo de cuatro.

Ella pensó que no volver a ver a su madre sería el golpe más grande que recibiría. Se equivocaba. A los 48 años, en tan solo tres meses el destino le arrancó al gran amor de su vida. Lo lloró doblada sobre una máquina de coser para terminar un traje de novia que debía entregar la tarde en que lo enterró. “El día más triste de mi vida no puede empañar el día más feliz de otra”, le escuché decir cuando alguien le increpó mientras doblaba alforzas.

De ahí en adelante se entregó al trabajo y a nosotras, a pesar de que ese junio de 1977 se enterró con él. Una amnesia de vida reinó en casa. El dolor y, por qué no, el coraje o la rabia, era tanto que optó por reducir la presencia de su recuerdo en cada gaveta, mesilla o rincón.

Nuestras alegrías le dieron la fuerza que necesitó para avanzar día a día. Buscó cómo acelerar el tiempo para nosotras, para ella. Como pudo rellenó todos los espacios que con delicadeza y detalles mi papá se ocupó de cultivar. La adultez consiguió que una nueva complicidad se revelara ante ella. Contrario a la percepción de muchos, mi hermana y yo hemos concluido que me parezco mucho más a Moreno que a ella, por eso, naturalmente nuestra relación era tan necesaria como lo es una aguja a un hilo.

Ya no está, pero menos mal que siempre está y la extraño un día sí y otro también. Por más rota que esté, su recuerdo me trae respuestas. De una manera más etérea la escucho, pensar en su olor me consuela, rememorar sus abrazos me traen calor y emularla me hace sentir más viva porque está en mí, porque está en cada paso que doy, en cada pena que siento.  

Esa era Marta, mi madre. Fuerte, valiente. Una mujer extraordinaria que nunca lloró a Moreno como quiso o como debió. Que nunca la vimos gritar su dolor de vida. Que enterró sus sueños junto al hombre que idolatraba y que sin querer ser madre fue la mejor que la existencia me pudo obsequiar.

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