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Tiempo pedido

Tenemos la responsabilidad de detenernos y escucharnos
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Llegó el golpe de la realidad. Tenía que entrar en la ecuación ese diagnóstico, ese susto, esa muerte inesperada, esa relación que no funcionó, esa pérdida de estabilidad económica para darte cuenta de que hasta ese punto habías vivido a medias. Que caminabas en un total desbalance porque la mayor parte de tu tiempo lo dedicabas a un puñado de cosas y tu persona caía en un tercer, cuarto o quinto plano. Que tu mundo se había ido reduciendo hasta el punto en que casi no lo reconocías y, lo que es más doloroso, ya no te veías en él.

Las obligaciones nos arropan, nos enfrían y nos arrancan de cuajo la pasión. Tu esfuerzo se ha concentrado en ser esa persona que se presiona para crear un mundo perfecto en la casa y en el trabajo. De aquí para allá como autómatas sin darnos cuenta de que por el camino dejamos a una persona que tenía sueños e ilusiones. Lo efímero de nuestra existencia y la realidad se te presentan para recordarte que tú importas. Tú como individuo no como parte de un colectivo. No como el padre, madre, hijo, compañero, esposa o empleado responsable que eres. Que tu propósito no está solamente en vivir para otros ni por otros, a pesar de que en ellos encuentras gozo.

No es hasta ese detente obligado, en algunos casos más cruel que en otros, que te cuestionas: a dónde fue a parar todo lo que me emocionaba y conmovía. Dónde se quedó aquella persona que se detenía a oler la mañana, a mirar la luna o a regalar una sonrisa. En qué prisa la dejé.

Rebusca en tu mente y encuéntrala, agárrale la mano y sácala del abismo del mal cotidiano. Escúchala y con ello escúchate. Permítele que te ayude a ver otra verdad y que te invite a investigar espacios desconocidos que traigan nuevas pasiones y que te llenen de energía. Rescata aquello que querías hacer, ese proyecto que pusiste en pausa para darle paso a otra cosa. Te has boicoteado inconscientemente al pensar que siempre hay otras prioridades, que no es el momento, que no hay tiempo. Y es cierto, no lo hay. Tienes la obligación de crear esos espacios en los que por un par de horas a la semana tú eres el centro. No esperes a que la tristeza lo haga por ti.

Negocia con los que están a tu alrededor para que de manera coherente puedas identificar esos paréntesis. Estudia ese idioma que siempre quisiste hablar y que te abre las puertas a una nueva cultura, entretente bailando, bucea, escribe, medita, practica yoga, escoge algo de aquello que tanto te inquietaba y despertaba tu curiosidad y hazlo. El cansancio del trajín diario no debe ser un obstáculo para conseguirlo. Aprender algo nuevo que entusiasma da fuerza, es encontrar otra alma, otro espacio, es inyectar a tu hoy otro aire.

Lo que recojas en esos bolsillos de tiempo te ayudará a ver otras perspectivas, enriquecerán y darán nuevos matices a tu transcurrir. Además, tu plenitud naturalmente incidirá en los que te rodean y traerá otra luz a lo que ocupa tu día a día.

La búsqueda de la felicidad y el equilibrio en la vida no debería, es más, no es negociable. Es una responsabilidad con uno mismo. Nada ni nadie merece que te olvides de ti y quien te quiere jamás te pediría algo así.

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