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Así lo viví: #lasimperfectas de Cristy Marrero

La periodista recorre las experiencias que la llevaron a escribir la novela
  • Por Cristy Marrero
  • 16 JUL. 2017
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A través de su relato, Marrero nos lleva al momento en que se convenció de que sería escritora. (Ramón "Tonito" Zayas/ tonito.zayas@gfrmedia.com)
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Supe que quería escribir libros el 4 de septiembre de 2001. Bueno, ese día más bien encontré el tema de mi primer libro. Porque creo que lo de escribir me viene por defecto. Ahora que lo pienso, no es casualidad que fuese en la Calle de la Beneficencia (en Malasaña) donde tuve mi “momento Cristóbal Colón”: descubrí lo que mis dos abuelas y mis padres siempre habían sabido, me habían dicho hasta el cansancio, entre apuestas y pagos doble. Que María Cristina Marrero Horta vino a este mundo a escribir, a viajar, a contar historias, a hablar, a relajarse y cooperar (no necesariamente en orden de importancia).

Recién graduada de mi maestría en periodismo, mis días -que parecían perfectos, interminables y muy castizos- llegaban a su fin de la mano de un doloroso break-up (valga la redundancia). Mi primer amor me había dejado por otra. O al menos, así lo veía yo.

Me disponía a montar mis maletas al taxi que me llevaría de vuelta al pasado. Uno donde no tenía novio y, por ende, no me dolía nada. Mientras mi ex (AKA el difunto, aquel, el gringo, el innombrable) me ayudaba con mi exceso de equipaje, escuché una vocecita murmurar en mi oído izquierdo: tienes que contar esta historia de amor. De fondillo musical, se escuchaba al pobre Alejandro Sanz, quien, a su vez, ya estaba ronco por esa manía que tengo de poner la canción del momento en repeat. Y así, al ritmo de “Corazón Partío” dejé mi Madrí querido para comenzar mi vida adulta.

 ¡Vaya putada! ¿A quién se lo olvidó contarnos que la adultez no es tan cool como creemos? Resulta que tras mi regreso a la Isla del Encanto comenzó mi carrera periodística en el mundo de las revistas. Llegué a la Revista Caras por error. Mientras ayudaba a una amiga con su negocio de entrega de arreglos florales, de pronto me encontraba en frente de la editora de belleza de la fenecida revista y así, sin más, le entregué mi resumé. “Nena, vente que mi jefa seguro te va a querer conocer”, me dijo con esa sencillez y dulzura que caracterizan a mi querida Annelise López de Victoria. A las dos semanas, ya éramos inseparables. Mi roommate, como le decía de cariño porque compartíamos oficina, fue la primera persona que me enseñó cómo funcionaba el misterioso mundo de las revistas. A ella le debo mi carrera en gran parte.

Entre entrevistas a los personajes locales más prominentes y viajes de prensa para cubrir red carpets, fui descubriendo mi voz editorial. Una que 17 años más tarde, he podido mantener separada de la personal. Pero no ha sido tarea fácil. Porque cuando te acostumbras a “escribir pa’ otro” olvidas que tienes voz propia. Aprender el formato de AP, las reglas de estilo de Caras, Vanidades, Siempre Mujer, Ser Padres y ahora también las del Hola, ha tomado años. Pero de todos mis trabajos, puedo decir sin reparos que el denominador común en mi felicidad profesional han sido las palabras. Ellas me han acompañado en todo momento, a veces como mis BFF’s, otras veces en forma de adolescentes rebeldes, pero en su mayoría con tono compasivo, amoroso, optimista y divertido. O al menos, así lo siento yo.

Primero en San Juan, luego en Madrid, Buenos Aires, Miami y ahora en Nueva York. Mi amor por las letras me ha llevado a descubrir y vivir en varios continentes, a desarrollar tolerancia por lo desconocido, amor por lo diferente, paciencia ante la incertidumbre y admiración por la excelencia. Entremedio de tantas bendiciones (por cierto, no soy partidaria del abuso del #feelingblessed), también ha habido momentos duros. De poca fe. De dolor. De tragedia familiar. Momentos en los cuales tuve que marcar: 1-800-DIOS. Y más o menos así quedó la cosa:

 —Gracias por llamar al 1-800-DIOS, ¿cómo te puedo ayudar?

—Buenas tardes, Dios. ¿Qué tal si dejas de reclutar en mi familia un ratito?

El problema de tener fe es que suele ser ciega. Por ende, no se le ve la gracia de primera instancia. Cuando murió mi papá (que se me fue en 28 días tras diagnosticarle cáncer terminal), mi hermana Ana (que descubrió que en el cielo no había dolor, luego de siete años enfrentada con un puto cáncer de seno) y mi sobrinito Santiago (un angelito que cinco días antes de que estaba supuesto a nacer decidió irse al cielo también) en cuestión de un año y medio, no solo me cegó la tristeza, sino que muchas cosas pasaron a ser intangibles, inmedibles, innecesarias, poco importantes. Lo duro de perder a nuestros seres queridos es que con ellos se va la perspectiva. El sistema de valoración de la vida en general sufre. La tragedia se apodera y como suele venir de tres en tres (¡igual que las bendiciones, conste!) al final uno termina agotado, desilusionado, triste y sin ganas. O al menos así lo experimenté yo.

Pero si es cierto eso de que echando a perder se aprende, hoy doy gracias a todas esas experiencias porque sin duda, me acercan a mi verdad. Me han enseñado a ser flexible hasta el punto de convertirme en profesora de Kundalini Yoga; a creer en el poder de la sanidad y del tacto hasta practicar Reiki; a entender que somos lo que comemos y que Dios (o el universo, como prefieras llamarle) no crea porquerías, así que como con conciencia; a confirmar que en la tragedia también puede haber belleza. O al menos, así lo viví yo.

“Siempre digo que dejé un pedacito de mi corazón en España”, fue la primera oración que escribí el día que supe que iba a publicar libros. Desde ese 4 de septiembre, han pasado 16 años, un blog (Confesiones de una diva silente), cuatro trabajos, cinco revistas, varios novios, infinitos viajes, innumerables “echadas a perder”, miles de horas de práctica de yoga y algunas de reiki, dos nutricionistas, una sicóloga, y varias leídas del tarot.

En octubre del 2016 esa primera oración se atrevió a meterse en las librerías de todo Estados Unidos, Puerto Rico y Latinoamérica. Como quien no quiere la cosa. Gracias a ese conjunto de sujeto, verbo y predicado, he podido cumplir mi sueño de ser una autora publicada ¡en español! Pero quiero aclarar que “Las Imperfectas” no es un libro. Es una promesa de que todo va a estar bien. De que ser vulnerable está cool. De que cuando nos relajamos y cooperamos todo pasa. De que no estamos solos. De que ser imperfecto(a) es sinónimo de ser. Y si no puedo convencerlos, al menos, los confundo… Así lo espero yo.

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