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Así lo viví: Sandra Colón vio cómo su padre se transformó en cuestión de horas

Reflexiona sobre el ciclo de la vida a través del amor hacia el hombre que hoy lucha por recuperarse de una angiopatía amiloide cerebral
  • Por Sandra Colón
  • 18 JUN. 2017
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Aunque ya no habla mucho y no camina, su padre está consciente, alerta y muy al tanto de su entorno. (Suministrada)
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Hace apenas dos semanas mi esposo, mis hijos y yo nos mirábamos y nos reíamos porque papi, de camino a Ponce, no paraba de hablar. Hablaba de todo lo que le viniera a la mente: datos históricos al azar, de la fecha del plebiscito, del cambio climático, de su hermano Luis en Barranquitas, del proceso de erosión, de los números del Pega 3 y de las próximas carreras de caballos. Todo con especial lujo de detalle… maestro de historia toda su vida, nosotros sus estudiantes, su audiencia cautiva por una hora y media. Su aportación a la visita fue un jamón dulce cuya receta sus nietos reclaman con carácter de exclusividad y hecho por su propia mano con cautelosa precisión de ingredientes. Vestido y arreglado de punta en blanco, con su brillantina Alka (sí, existe aún), pantalón de vestir, sus botas y con su camisa con bolsillo para guardar toda una serie de importantes artículos: su peinilla, su bolígrafo, chicle para sus nietos, anotaciones de su propia mano, varios cuadritos de una agencia hípica en Gurabo y una tarjeta con su nombre completo: Rafael Colón Berríos; y todos los medicamentos y vitaminas que toma…todo meticulosamente organizado. 

Pasamos una tarde de almuerzo y risas entre viejos amigos, recordando anécdotas ayudados por él mismo con una impresionante precisión de nombres, números y datos. 

Una semana más tarde todo eso cambió: “Mija, ven a buscarme, no me siento bien”. Fui inmediatamente, lo noté desorientado y lo llevé junto a mi hermano a una sala de emergencia donde luego de cuatro horas lo dieron de alta con un diagnóstico de reflujo…

Sin embargo, no tardé mucho en darme cuenta que se trataba de algo más serio. No coordinaba bien sus pasos, no lograba enfocar la mirada. Luego de bañarlo y de que durmiera unas buenas siete horas, se despertó más alerta, pero aun algo andaba mal. Fui a su médico de cabecera y con tan solo mirarlo, se dio cuenta: “Sandra, a Don Rafa le dio un TIA (Transient Ischemic Attack)”. Nos fuimos a la sala de emergencia de un hospital que maneja ese tipo de ataques. Su tarjetita de medicamentos fue muy útil para agilizar el registro. Entre exámenes y consultas médicas, tuvimos tiempo suficiente para hablar de lo sucedido. Caminaba lento. 

“Antes yo te llevaba a ti de la mano, ahora me llevas tú a mí.” Ciertamente, mi padre era ahora mi niño. ¡Que sagrado momento! “Yo amo la vida, y quiero seguir viviendo”, me dijo. Era lo único que necesitaba escuchar para coger un segundo aire y activar al personal a mi alrededor, de modo que entendieran que mientras mi viejo viva, yo querré para él SOLO lo mejor. 

Exigí hablar con el médico. Livianamente me dijo: “Rafael tiene un sangrado en el cerebro. No es operable, ya que tiene 79 años, por lo que tenemos que hospitalizarlo para hacerle más exámenes y conocer cuál ha sido el impacto”. Cuando iba a darme la espalda casi le grito: “¡Doctor... Espere… Se trata de mi papá!”. Su mirada… perpleja. Le pedí que por favor le hablara. La mirada de papi fue nublándose. Entendía perfectamente lo que se le estaba explicando: aquel hombre brillante comprendía a cabalidad que ya su vida no sería igual.

Yo llevaba un bultito con sus cosas de primera necesidad, una vez le dieron cama era el momento de dejarlo en una unidad de cuidado intensivo. “Viejito, te voy a dejar dormir. Vengo mañana en la hora de visita. Pronto vas a salir de aquí. Bendición”. “Dios te bendiga. Estoy agradecido de todo lo que has hecho por mí”. Destruida, salí de aquella unidad. Un ángel -una enfermera- se dio cuenta y sin saber mi nombre me abrazó. ¡Gracias a Dios por ese abrazo! 

Al otro día, aquella conversación en sala de emergencias y aquel viaje a Ponce se veían taaan lejanos. En menos de 12 horas papi estaba desorientado, hablando incoherencias, mezclando fantasía y realidad ante nuestros ojos. La pérdida de una mente privilegiada. Diagnóstico final: Angiopatía amiloide cerebral, las venas en su cerebro acumulan una proteína que bloquea el flujo de sangre adecuado y provoca sangrados. Ya no podría estar solo. Los medicamentos que existen para ello, están contraindicados para él. Solo resta hacerle un cambio de vida en un lugar donde le den atención 24/7 y comenzar terapias para rehabilitarlo al máximo de sus capacidades. Es decir, la difícil decisión para mis hermanos y para mí de identificar un hogar de envejecientes. Un médico con gran corazón me ayudó a darle la noticia. La tomó con una increíble aceptación y confianza. Ese mismo día llegaron unos ministros de la Eucaristía de la Iglesia Católica; él había sido ministro años antes y hoy le tocaba recoger lo sembrado. Comulgó y eso le dio una gran paz. 

Luego de ver varios lugares y por la intercesión de una monjita muy especial: Madre Antonia (casualmente el nombre de mi mamá fallecida), Dios puso en nuestro camino el nombre de un hogar en San Lorenzo a minutos de casa. Mi hermana, que viajó desde Arizona, fue conmigo a visitarlo. Con lágrimas de consuelo y tranquilidad, vimos que se trataba de un lugar digno, en el campo que tanto amó y atendido por profesionales con verdadera vocación. El personal del hogar, lo recibió con destreza y calor humano. “Me gusta mucho este lugar”, dijo. Sus tres hijos junto a él, le llevamos un chocolate caliente, galletitas y queso de bola… sus favoritos. Le entregamos nuestro tesoro a nuevos amigos con la paz que solo Dios puede dar. Durmió bien su primera noche en lo que ahora será su casa. La habilitamos con las cosas que ahora necesita (cama de posiciones, silla de ruedas, etc.) y con las que le gustan: un mapa del mundo pues le encanta la geografía, fotos de sus familiares que le aman, mensajes positivos. Por su puesto, un televisor y radio para mantenerse al día con las noticias, ver los programas de viajes que disfruta y, no menos importante, las carreras de caballos. 

Aunque ya no habla mucho – lo cual extraño tanto – y no camina, aun está consciente, alerta y muy al tanto de su entorno y de los próximos pasos en la recuperación que tanto anhela. Tengo fe de que así será.

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