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Camille Vandenbunder vino de Francia y se quedó

La gestora cultural lleva siete años viviendo en Puerto Rico, donde terminó de hacerse una mujer profesional en pro de las artes
El camino de Camile hasta Puerto Rico comenzó muy joven, cuando convenció a sus padres para que le permitieran hacer un intercambio estudiantil. ([email protected])
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Esta historia comienza en el tope de un monte en Hazebrouck, una pequeña ciudad ubicada en la región francesa de Norte-Paso de Calais, muy cerca de Bélgica. Allí, había una casa hecha de ladrillos, que su dueño fue reconstruyendo durante años utilizando sus destrezas de carpintero. Alrededor de la casa se observaba una extensa explanada y, a lo lejos, las montañas de Bélgica, un paisaje donde se podía dejar ir la mirada al horizonte durante horas. Hacía frío durante diez meses al año y casi todo el mundo se conocía. La casa tenía su historia. Durante la Segunda Guerra Mundial, por su ubicación y altura, había servido de observatorio para preveer la entrada de los alemanes que invadirían por esa zona. Muchas partes de ese pueblo fueron campos de batalla, y hoy día hay muchos cementerios militares y algunas de las personas más viejas recordarían durante décadas ese periodo de guerra tan intensamente vivido.

Como es natural, la casa -algo así como un cubo de ladrillos de tres pisos- había quedado en ruinas después de la guerra, hasta que un carpintero y su esposa, una maestra de escuela, la adquirieron y la arreglaron. Habían vivido toda su vida en el pueblo y allí criarían a sus tres hijos, dos mujeres y un varón. La más pequeña Camille Vandenbunder -nacida en el 1985- crecería allí, jugando con los pedazos de madera del taller de su papá, calentándose con fogatas, escuchando los discos de vinyl de sus padres y leyendo los libros de su generosa colección. Sus padres eran hijos de las ideas del 68 y, aunque no tan hippies, comulgaban con muchas de esas filosofías liberales. La vida transcurría sin mayores sobresaltos. Consumían los productos de los agricultores locales, que -lejos de la tendencia moderna de los monocultivos- cultivaban rábanos, papas, maíz, vendían huevos, en fin, agricultura local. La niña Camille jugaba mucho sola, sus hermanos mayores ya se habían ido de la casa a estudiar y no habían muchos amigos cerca de la casa. En la escuela encontró una pasión en el teatro y rápidamente el escenario se convirtió en ese lugar seguro donde estaba permitido ser libre y expresarse, más allá de cualquier convención social. A los 16 años hizo su última obra escolar. Interpretó a Anita en “West Side Story”, sin imaginar jamás que la vida la llevaría muy cerca de esa historia y a sus 32 años, sería considerada por muchos de sus colegas y amigos, como una francesa “muy boricua”.

Curiosidad inquieta

El camino hasta aquí comenzó muy joven. En su último año de secundaria convenció a sus padres para que le permitieran hacer un intercambio estudiantil. Ellos acogerían a una joven estadounidense y ella viviría un año en un pueblito al lado de Rochester, en el estado de Nueva York. Siempre había tenido deseos de viajar, de conocer mundo, de salir de aquella montaña a todas luces idílica. Durante los veranos su familia pasaba temporadas en distintas zonas de Francia, conociendo la diversidad dentro del mismo país, pero la joven Camille necesitaba ya trazar sus rutas.

En los Estados Unidos disfrutó de experiencias formativas muy distintas a las de su país, en el que por ejemplo, no se realizaban ritos como las graduaciones, no se impartían cursos de arte en la escuela, ni se celebraba el famoso baile de fin de año, el "prom" de las películas. Así que durante aquel año, por momentos, sintió vivir en una serie de televisión. Le sorprendía cómo había una cultura estricta y punitiva hacia el alcohol -que redundaba en intoxicaciones de vaso rojo-, tan distinta a la francesa y, a su vez, quedó fascinada por el lugar que ocupaba el teatro como institución en la sociedad norteamericana. Fue al “prom” y vivió un poco de la experiencia de un sistema de crecimiento y educación muy distinto al que conocía hasta entonces. Al regresar a Francia experimentó el primero de muchos regresos. Todos ellos con la misma sensación: ella ya no era la misma y el lugar que había dejado tampoco lo era. Era como tener dos vidas y no encajar del todo en ninguna. Con el tiempo, encontraría su casa.

A su regreso decidió ir a estudiar teatro en París. Sus padres estaban muy preocupados por sus ansias de viajar y vivir la vida bohemia de una actriz y se calmaron al saber que, al menos, se formaría en una universidad. Estudió en la Universidad de París 8, famosa por formar artistas y creativos de la industria del cine, el teatro y la danza. Luego continuó estudios de maestría en el área, entonces emergente, de la gestión cultural. Durante cinco años vivió en París y zonas cercanas, estudiando y trabajando como mesera.

La escena del teatro parisina la decepcionó y se miraba en sus compañeros artistas y meseros y sabía que su urgencia de trabajar en algo relacionado a las artes, la iba a consumir. No quería pasarse la vida esperando la gran oportunidad, quería trabajar, dentro o fuera del escenario, interpretando o diseñando la interpretación. Daba igual. Era tiempo de moverse.

Y entonces, apareció San Juan en el mapa. Lo cuenta con una sonrisa, la misma que lleva siempre. Camille es alta, delgada, con un cuerpo tan estilizado que fácilmente podría confundirse con el de una bailarina o modelo. Tiene el cabello lacio, marrón claro. La mirada también es clara. Su vestimenta es elegante y frugal, y cuando habla el ritmo en la pronunciación es francés pero su español es del todo puertorriqueño. Destaca las “d” y mastica las “r”.

¿Puerto Rico te escoge o tu escoges a Puerto Rico?

Tengo una picadera de viajar desde muy joven y cuando terminé mis estudios quería hacer mi práctica fuera, era mi meta en ese momento: salir de París. Y encontré una práctica aquí en la Alianza Francesa. El director de entonces quería revolucionar el departamento cultural. Llegué para 6 meses y ya llevo 7 años.

¿Por qué de quedaste?

Profesionalmente era muy emocionante, era la posibilidad de crear un departamento que no existía, desarrollarlo y fortalecerlo. Trabajar con esa visión era emocionante para alguien que estaba empezando. También fue participar en el reconocimiento de la gestión cultural en el reconocimiento propio de los artistas, es la persona que permite que todos los elementos se unan.

Venías de una ciudad con la que muchísima gente sueña y fabula, y llegas al Caribe donde son otras las fabulaciones y otros los desencuentros. ¿Cómo logras adaptarte?

París es una ciudad hermosa y maravillosa, pero es una ciudad también muy estresante, como Nueva York, como las grandes capitales. Y yo vengo del campo, viví allí hasta los 17 años así que encontré aquí unas cosas que son universales, unas relaciones humanas que uno busca en la vida y que puede encontrar en otras partes del mundo aunque no sea su país. Encontré el sentimiento de comunidad, el cariño que hay entre la gente, el sentido de cercanía, esa cosa de que todo el mundo se conoce y crece con la misma gente. Quizás encontré algo de eso aquí en Puerto Rico y en San Juan, en esta comunidad que me recibió y me aceptó. También la Alianza Francesa era como llegar a una pequeña familia, hablábamos francés y había puertorriqueños que habían ido a Francia, así que no fue un choque cultural.

¿Qué ha sido lo más difícil del proceso?

Tomar la decisión de tener una nueva casa. Después de 4 o 5 años me preguntaba mucho si quería volver o quedarme, porque después de unos años fuera de su casa uno se va deshaciendo de su casa. Voy a Francia y es mi casa pero a la misma vez no lo es. Era mi casa a los 20 años pero la mujer de 32 años no tiene su casa en Francia, la mujer profesional trabaja aquí en Puerto Rico. Pasé por esa etapa de decidir. En Francia tengo otra casa pero hoy día mi vida profesional se desarrolla en Puerto Rico, mi casa es aquí y estoy feliz.

Luego de años en la Alianza Francesa, dejas atrás esa etapa y actualmente trabajas como productora independiente y continúas dirigiendo el Festival de Cine Europeo. ¿Cómo evalúas el trabajo de este proyecto cultural?

El festival ha sido el bebé, ya es adolescente, ya es complicado de manejar, es rebelde. Ha sido el proyecto más lindo que he podido empezar en la casa de la Alianza Francesa. Ha crecido mucho en ocho años y queremos ver cómo va a seguir porque son proyectos que cogen el peso de responsabilidad frente al país y frente a la comunidad de los cineastas. El evento quiere que sea en ambas direcciones, traer algo de Europa a Puerto Rico pero que Puerto Rico pueda viajar y se den esas conversaciones. Es muy emocional para mí, a veces hay cosas por las que hay que pelear, pero se pelea siempre desde la emoción y la conciencia de que hay algo muy lindo aquí. En el equipo somos muchas mujeres y eso también ha abierto espacios.

¿Cómo observas la escena cultural boricua?

Hay una cantidad de talento y creatividad en esta isla. Habría que hacer un estudio por metros cuadrados, seguro Puerto Rico gana. No hay límite al talento aquí, hay muchísima gente formada en industrias por ejemplo como el cine, la música. Quizás hacen falta más espacios para que esa voz sea visible para todos. Hay mucha autogestión, pero hay que luchar por las dos cosas, por la autogestión y porque el Gobierno reconozca su responsabilidad con las instituciones culturales.

Con todo lo que está pasando en Puerto Rico, ¿cuál consideras que será el rol de los artistas?

Dar visibilidad a los distintos puntos de vista, expresar, y también no estar de acuerdo con el discurso general, ser un poco la voz que está en contra del macro, de la masa.

¿Qué piensas sobre las tensiones que vive tu región?

La vida ha cambiado un poco desde los últimos años porque cuando recurrentemente ocurren ataques terroristas en tu entorno, tu mirada se va acostumbrado y la paranoia se instala más fácilmente. Es el miedo al final, lo que quieren implementar los extremistas y lo logran. Estoy bien contenta porque ganó Macrón, la otra candidata no era ni una posibilidad, creo que él va por el lado de la unión en vez de la enajenación, pero habrá que ver.

¿Qué pasión te mueve en esta nueva etapa profesional?

No es muy original, pero son el arte y la creatividad. Yo creo fielmente que el arte es lo que salva al mundo, a la sociedad, lo que ayuda al ser humano a ser mejor persona. Son de las pocas cosas que quedan que no son útiles, no sirven para "nada" en una sociedad como la que vivimos pero son necesarios para seguir nutriendo nuestras almas, para seguir siendo buenas personas. Realmente peleo para esto y en todo lo que hago pienso en eso. Es mi pasión desde chica, ese espacio para salir de la realidad y es lo más que me mueve y por lo que sigo luchando.

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