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Lourdes y Karen Padilla y su pasión por el arte de la repostería

A lo largo de su sólida trayectoria como creadoras de bizcochos especiales, Lourdes y Karen Padilla han comprobado que trabajar “a ojo” no funciona en el mundo de la repostería fina
  • Por Tatiana Pérez Rivera / Especial Magacín
  • 25 JUN. 2017
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Lourdes y Karen Padilla o la pasión por el arte de la repostería que se hornea entre madre e hija. ([email protected])
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La prisa es seria enemiga de los bizcochos que confeccionan Lourdes y Karen Padilla. Nunca es bienvenida en el taller que madre e hija comparten en Guaynabo, donde crean esos dulces ejemplares de repostería fina que desde el 1977 comenzó a trabajar Lourdes -bajo el ala de su abuela Flor- y que desde el 1996 formalizó como su negocio principal.

Si la urgencia se apoderara de sus manos laboriosas, ni el sabor, ni la consistencia, ni el detalle permitirían que el bizcocho se convirtiera en “una pieza de conversación”, meta a la que aspiran con cada uno que sale de su horno.

“Esto a mí me encanta, es un desafío, una terapia y un orgullo”, asegura Lourdes con esa mezcla de voz suave y palabra franca que la distingue.

“El secreto de mi negocio, y yo se lo dije a ella porque es artista y son…”, pausa buscando una palabra adecuada mientras observa a su hija Karen.

“Excéntricos”, colabora Karen y suelta una carcajada.

“El secreto es que yo soy obsesiva compulsiva con el orden, y el orden en todo. Antes de empezar yo tengo mis ingredientes listos y cuando termino de hacer mi batido, mi taller está impecable porque yo voy haciendo y limpiando”, usa como ejemplo Lourdes.

Desde que Karen tenía 13 años, Lourdes la reclutó para que le ayudara con los batidos. Tan pronto identificó su habilidad para crear figuras de azúcar, la joven comenzó a auxiliarla con el decorado. Ahora, Lourdes se ocupa de los bizcochos de bodas y Karen de los destinados a ocasiones variadas y del decorado de ambos, bajo la atenta mirada de Lourdes. Tienen distintos acercamientos al mismo arte que trabajan pero los han conciliado a la perfección; la atención por el detalle es compartido en el ADN.

“Últimamente, hay muchos bizcochos bien bonitos. Ahora, yo le echo a cualquiera mi sabor, mi receta, ahí está la diferencia. Noto gente que sube como fuegos artificiales, explotan bien bellos y después no están y es triste porque trabajan bonito”, menciona Lourdes sobre una labor que asegura es fuerte, “siempre he estado en línea recta desde el 1977”.

Desde ese año ayudaba a su abuela en su taller en University Gardens, quien lo mismo diseñaba un traje de novia que hacía el bizcocho de bodas el cual, por lo general, incluía puentes y faroles. La preocupación más grande, recuerda, era el merengue “porque cuando llueve sufre por la humedad” al igual que “el de glucosa, si llueve se baja y el bizcocho queda desnudito”. “Flor era una campeona, ella hasta diseñaba los trajes de novia y los bizcochos. Tenía diez hijos. Mi receta es la de ella”, confiesa Lourdes.

Luego de ese primer encuentro con la harina y el azúcar, Lourdes estudió con Annie Amato (“tremenda, es mi heroína”) en la Academia del Arte y el Azúcar; después obtuvo un grado en Educación y enseñó por diez años. Cuando su familia aumentó a cuatro hijos -Brian, Christian, Karen y Walter- empezó a trabajar desde la casa. “Pero en todo ese tiempo estuve haciendo bizcochos”, asegura Lourdes quien además tomó un curso con Nicholas Lodge, uno de los creadores del bizcocho en el enlace del Príncipe Carlos y la Princesa Diana.

Karen, de otra parte, estudió en la Escuela Central de Artes Visuales y en la Escuela de Artes Plásticas, de donde se graduó de Pintura y Diseño gráfico. Cada vez pasaba más tiempo en el taller que definen como “el corazón de la casa”. Si Lourdes trabaja desde las 6:30 de la mañana porque “los batidos quedan mejor”, Karen asegura ser “bohemia” y prefiere hacer sus bocetos y figuras “en la noche, cuando hay silencio”.

“Para mantener un control de calidad y mantenerme en el mercado siempre cojo pocos bizcochos; a veces dos, a veces tres. Tuve una época que hacía seis semanales y no era fácil. Eso te garantiza que no tengas que hacer bizcochos congelados, que con la prisa no quede hundido, fermentado, ni quemado; te garantiza un bizcocho fresco y te da tranquilidad para el decorado”, puntualiza Lourdes.

Además del peso de los bizcochos que dificulta levantarlos, hay dos aspectos que hacen que Lourdes “sufra”: la hostilidad en el tráfico a la hora de entregarlos sanos y salvos y las novias que llevan un enorme séquito a escogerlo.

“Mi hijo, que es arquitecto, me hizo una pieza especial para fijar los bizcochos en mi guagüita y nunca se me ha virado uno, pero es una odisea. Y cuando se forma el gallinero con los acompañantes de las novias, maestra al fin, yo rápido los controlo. Les digo ‘la novia es la que escoge, opiniones bien, pero si ella escogió algo, vamos a apoyarla porque es su boda, ¿es justo?’. Claro que es justo”, relata Lourdes.

Fantasía azucarada

A veces parece que los bizcochos de matrimonio están adornados con encajes, las flores lucen tan reales que se confunden con aplicaciones naturales y los sorpresivos detalles alusivos a los gustos del novio –deportes o superhéroes son los más comunes- son adorables. Si son para otra ocasión festiva, no te sorprenda encontrar textura de pieles como cocodrilo, de joyas o hasta aves “volando” sobre el bizcocho. Los límites a la creatividad no existen, siempre y cuando estructuralmente el concepto sea viable.

“El diseño ha evolucionado mucho”, reconoce Karen, “hay novias más atrevidas que les gusta hacer el bizcocho de acuerdo al vestido y se le personaliza. Yo las entrevisto y según lo que les gusta voy haciendo un diseño. Después trabajo un boceto y se lo presento”.

“Yo antes hacía toda la decoración pero he ido soltando para que ella crezca. Cuando hay creatividad todo es más fácil y Karen la tiene”, proclama orgullosa Lourdes sobre su especial compañera de labores.

“Hay novias bien excéntricas que piden unas cosas que yo, que tengo la experiencia, sé que no se pueden hacer. Así que trato de complacerlas, les doy alternativas y si veo que no se puede, se los digo”, enfatiza Lourdes.

El dúo trabaja bizcochos de novias en toda la Isla, son seleccionadas con frecuencia para trabajar “destination weddings” y han sido contratadas en Fort Lauderdale, Estados Unidos, y en Necker Island, en Islas Vírgenes Británicas, entre otros destinos. Figuran entre sus clientes de alto perfil Marc Anthony y Dayanara Torres, Sila Calderón, Yadier Molina y Don Omar.

“Yo no le cobro más a un famoso; yo cobro por diseño no por persona”, asegura Lourdes quien cuenta que un bizcocho de cinco pisos toma medio día hornear mientras que su decorado puede tomar dos días y medio. En materia de rellenos, siempre favoritos son el de guayaba y el de dulce de leche.

Para aplacar los altos costos de electricidad contemplan instalar placas solares en el taller. “Es cuestión de ir ajustándose. No quiero subirle mucho el precio a las clientas, cobro lo razonable porque sé que después de la boda hay una vida”, opina Lourdes.

Trabajan sabores como guineo, zanahoria, marmoleado, limón, almendra, red velvet y chocolate, entre otros, pero en las bodas siempre es recomendado el de vainilla con brandy. “Y yo uso Cardenal Mendoza, que es lo mejor de lo mejor, y si quieren de almendra uso licor de amaretto. Los ingredientes tienen que ser de la mejor calidad y la higiene también es bien importante, sin eso no trabajo”, insiste Lourdes.

Karen, de otra parte, destaca que “la producción en masa no puede contra algo que es único o exclusivo”.

Cuando entregan sus bizcochos, escuchan los cumplidos que su apariencia provoca. “La gente dice, ‘ay, qué lindo, da pena picarlo’ y yo les digo ‘¡es que adentro está lo más rico!’. El problema es que a veces no saben cortar los bizcochos. Un bizcocho no se corta con la espátula, es con un cuchillo que mojas en agua bien caliente para que rompa bien el decorado y no se desmorone”, recomienda Lourdes.

Como un halago toma saber que su bizcocho insta a “repetir y piden para llevar” y que, contrario a lo que muchos creen “los hombres hacen fila para comerlo en las bodas”.

“Los novios nos mandan emails agradeciéndonos y diciéndonos que estaba tan rico, que al otro día se comieron el que les obsequiamos en una cajita para comérselo al año después”, relata Lourdes.

Tanto ella como Karen son partidarias de defender la autoría de diseños de bizcochos. Lourdes es fanática del trabajo de Silvia Weinstcok y Karen de la obra de Mike McCarey.

“No copiamos, cogemos ideas porque yo respeto mucho el trabajo de otro repostero, no me gusta el plagio. Las novias más jóvenes entienden que esto son horas de trabajo y que es un arte pero todavía hay gente que cree que es solo harina y huevo. Muy nice les digo: ‘si es así de fácil, hazlo en casa’”.

¿Quién se atreve?

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