Loader

El amor de un padre: crónica de un recuerdo

A todos los padres de Puerto Rico, para que comprendan que su amor y sus acciones trascienden hacia el futuro
  • Por Carmen Dolores Hernández/ Especial Magacín
  • 18 JUN. 2017
Photo
  • Compartir esta nota:

No queda ya, en Puerto Rico, nadie que lo recuerde. Rafael Hernández Usera, mi padre, murió en noviembre de 1946, antes de que yo cumpliera cuatro años. Y, sin embargo, su amor y su alegría por mi presencia han sido el sostén de mi vida. Marcaron afectivamente mis orígenes, señalándome un camino de vida.

Mi fe en un Dios bondadoso y acogedor que todo lo perdona y todo lo comprende arranca de la maravillosa experiencia inicial de aquel amor incondicional. El arquetipo que llevamos de la paternidad (o maternidad) de Dios dentro de nosotros se fundamenta en la entrañable relación entre padres e hijos, una en que el padre conoce y anticipa las necesidades del hijo y, sobre todo, se regocija en su compañía. Inermes como estamos en la infancia, totalmente dependientes de los padres, esa relación establece la manera en que nos situamos luego ante los demás: esperanzados y abiertos a su persona o, por el contrario, temerosos, resguardándonos de posibles heridas a nuestra siempre débil siquis. La satisfacción solícita de nuestras necesidades materiales y emocionales en la infancia actualiza la Providencia de Dios.


Mi padre, muy mayor ya cuando nací, era extremadamente cariñoso y paciente con una niñita que lo interrumpía continuamente cuando leía o escribía. Cantaba y bailaba conmigo y me pasaba -a escondidas- los dulces que mi muy estricta institutriz, Miss Tere, me tenía vedados.

Rafael Hernández Usera amaba los libros. Había escrito dos, que publicó en España en los años veinte del pasado siglo –“De América y de España: problemas y orientaciones” y “Semillas a voleo”- y había sido instrumental en establecer la Editorial Puerto Rico en Madrid, en la que se recopilaron los artículos de Luis Muñoz Rivera en tres volúmenes con el título de “Campañas políticas”. Un ensayo suyo, titulado “Muñoz Rivera, político y gobernante”, sirvió de prólogo a la colección.

Su biblioteca fue mi primer jardín de juegos. Mucho antes de que aprendiera yo a leer, sacaba de su lugar los libros que estaban a mi alcance y me entretenía apilándolos y abriéndolos, sin saber descifrar aún los extraños signos que contenían. Si Miss Tere me regañaba, él venía a mi rescate: “Deje que juegue ahora con ellos, que luego los leerá”. Así ha sido.

Cuando aprendí a leer -y él ya no estaba- me entretenía mirando los títulos de los libros de aquella biblioteca; fue un vínculo que mantuvo viva su presencia. “La lengua de Cristóbal Colón” supuso una incitación y un misterio. ¿por qué se la habrían sacado al infortunado navegante? Aunque luego aprecié la intención filológica de Menéndez Pidal, el maestro se me quedó asociado siempre a la terrible mutilación. “Las inquietudes de Shanti Andía”: el nombre del protagonista de Pío Baroja era estrambótico; también lo era el de Quijote, cuyo lugar de origen me recordaba los fuertes regaños que recibía por estropear los primorosos vestiditos que me ponían por las tardes.

Mi comunicación más directa con mi padre han sido los libros, no solo los que escribió, sino también los que leyó y marcó, subrayando sus pasajes preferidos o dejando notas en los márgenes. Esas rayas y notas me dieron la clave de sus intereses y pensamientos. Ha sido un hilo conector que ha subsistido a través de las décadas transcurridas desde su muerte.
Hace dos meses recibí, sorpresivamente, una llamada de Madrid. Alguien desconocido -bibliotecario del Casino de Madrid- quería localizar algún pariente de Rafael Hernández Usera. 
Recopilaba datos sobre los socios destacados de la institución y le había llamado la atención ese puertorriqueño que tan activo había estado en la vida cultural de la ciudad en los años veinte del pasado siglo. Fue una alegría saber que su recuerdo no se había borrado totalmente de la faz de la tierra. Con el envío que me hizo el bibliotecario de artículos que publicara mi padre en “La esfera” y “El sol”; con los reportajes de actos sociales a los que asistió; con la noticia de su gestión en la Academia Hispanoamericana de Cádiz; con las polémicas periodísticas sobre Puerto Rico, fui recuperando -tantos años después- al padre que recordaba, tanto al que habitaba mis añoranzas de niña como el que había encontrado en sus escritos. 

Dos de ellos en particular, me habían acercado a él. En uno él recordaba su niñez en el Ponce de 1898 (había nacido en Santa Isabel en 1888, siendo su padre el médico del pueblo) y narraba la reacción de los muchachos de su edad a la invasión. Él, que siempre fue republicano, escribió: “…Jamás la gran república tuvo en contra unos enemigos tan decididos…. Las consideraciones de la gente sesuda, por nosotros mal comprendidas, fueron un incentivo de nuestro odio… ¡Queremos ser portorriqueños! De un confín a otro de la isla, por los campos de cultivo, por los montes, por los ríos, por las playas eternamente combatidas por el mar Caribe, difundido por el aire perfumado, todos los labios infantiles de mi generación repitieron el lema de la fe patria. Queremos ser portorriqueños, queremos conservar nuestro idioma sonoro y nuestras tradiciones. Queremos ser una República independiente. La estrella de nuestra esperanza había vuelto a encenderse. ¡Oh días claros! ¡Oh días memorables que nunca volverán!”

El otro, “Toledo”, es un hermoso planteamiento de las diferencias entre civilizaciones. Allí contrapone el dinamismo y pujanza del Nueva York que él había conocido de joven estudiante con el encanto de la ciudad imperial española, cargada de historia. Le valió un reconocimiento de esa ciudad y el privilegio de un lugar asignado en las procesiones de Corpus.

A tantos años de distancia, recuperé -con la llamada- un aspecto de mi padre que había sido parte de mi prehistoria. Lo vinculé con la figura amable, cariñosa, sonreída, conversadora y buena del padre que conocí y que, a pesar de la ausencia física, ha estado siempre conmigo.

  • Compartir esta nota:
Comentarios
    Dejar comentario
    Volver arriba