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Lo que Michelle Obama nos dice a todas

Compartimos las lecciones de la mujer tras el presidente Obama que se desprenden de su libro “Becoming”
  • Por Carmen Dolores Hernández/ Especial Magacín
  • 17 DIC. 2018 - 09:00 AM
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Recientemente, Michelle Obama publicó sus memorias. (Fotos: Suministradas)
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Michelle Obama no es la primera esposa de un presidente estadounidense que ha escrito sus memorias. Once esposas de los 20 hombres que han presidido ese país en los siglos XX y XXI las han escrito: Helen Taft, Edith Wilson, Eleanor Roosevelt, Lady Bird Johnson, Betty Ford, Nancy Reagan, Rosalynn Carter, Barbara Bush, Hillary Clinton, Laura Bush y ahora ella.

Tampoco es Michelle Obama la primera en tener una carrera profesional. Hillary Clinton es abogada. Anteriormente, solo Pat Nixon había cursado estudios graduados. Hubo, sin embargo, una geóloga (Lou Hoover), una bailarina (Betty Ford), una actriz (Nancy Reagan), una fotoperiodista y editora (Jacqueline Kennedy), una pintora (Edith Wilson) y varias maestras (entre ellas Grace Coolidge y Laura Bush, quien también era bibliotecaria).

Es posible, sin embargo, que el libro de memorias de Michelle Obama, “Becoming”, resuene de manera más inmediata con todas las mujeres de este momento por transmitir un mensaje claro de empoderamiento.

Hija de padres de clase trabajadora (su padre era empleado municipal en la planta de filtración de agua de la ciudad, su madre permaneció en la casa durante la niñez de Michelle y su hermano Craig), nacida en el South Side de Chicago, un vecindario racialmente mixto que se fue transformando en un ghetto negro, Michelle Obama fue una estudiante aventajada. Asistió a la escuela superior Whitney M. Young para niños con potencial intelectual excepcional; entró a la Universidad de Princeton donde estudió sociología y obtuvo su J.D. en la Escuela de Derecho de la Universidad de Harvard, tras de lo cual formó parte de uno de los grandes bufetes de Chicago, Sidley & Austin.

Se esforzaba en ser la mejor siempre. La ayudó en el camino su familia inmediata y una gran familia extendida de la que aprendió lecciones importantes sobre la diversidad de personas y actitudes ante la vida.

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La portada del libro de Michelle Obama.

De Princeton recuerda: “Yo era una estudiante gregaria … pero todo el tiempo estaba enfocada en mi agenda. A pesar de que parecía despreocupada, vivía como si fuera una especie de ejecutivo dedicado exclusivamente al trabajo, siempre enfocada en lograr mis metas. Nunca olvidaba las cosas que debía hacer. Evaluaba mis metas, analizaba mis resultados, contaba mis triunfos. Si había un desafío que vencer, lo vencía”. (Traducción nuestra de todas las citas.)

Cuando conoció a Barack Obama, que entró a su bufete para un internado, Michelle accedió a un mundo diferente al ordenado y dirigido que era el suyo. Se expuso a un temperamento diferente, no tan enfocado sobre metas y logros. Obama abrazaba el cambio, se abría a nuevas experiencias. Había nacido en Hawaii, se había criado en Indonesia con su madre blanca, había viajado a Kenya, la tierra de su padre. Su ambición no era ser un abogado exitoso sino transformar el entorno organizando a las comunidades donde predominaban las minorías para que abrazaran y provocaran el cambio. Michelle cayó en cuenta de que en la vida había algo más que el éxito personal. Renunció al bufete e inició una nueva carrera de servicio comunitario, sirviendo de enlace entre instituciones como la alcaldía o la Universidad de Chicago y las comunidades aledañas.

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La transición fue difícil: “Tenía que encontrar una profesión nueva y lo que más me preocupaba era que no tenía ideas fijas acerca de lo que quería hacer. De joven… había tenido tanto miedo de fracasar, estaba tan ansiosa de alcanzar el respeto de los demás y también de tener una manera de pagar las cuentas que había entrado, sin pensar, en el campo de las leyes”.

En cada momento de su vida -de niña, de joven, de estudiante, de madre, de líder comunitaria, de Primera Dama- Michelle Obama se ha rodeado de mujeres fuertes, capaces, inteligentes. Su madre la inspiró y le facilitó los medios para superarse; sus amigas la sostuvieron en todas las etapas de su educación y le abrieron caminos para su ambición; otras la encaminaron en su cambio de carrera, enseñándole cómo transitar con valentía por sendas inéditas. Las amigas del parque adonde llevaba a sus hijas la acompañaron y aconsejaron. En la Casa Blanca tuvo consejeras valiosas. A las mujeres y a los niños dedicó sus mayores esfuerzos como Primera Dama.

Sus esfuerzos en pro de la educación para las mujeres estuvieron enraizados en su propia experiencia: “La educación fue el instrumento primario de cambio en mi propia vida, la catapulta que me proyectó hacia el mundo. Me dolía que muchas jóvenes -más de 98 millones en todo el mundo, según estadísticas de la UNESCO- no tuvieran acceso a ella… Parecía prevalecer la idea -muy presente en ciertas partes del mundo- de que no vale la pena educar a una niña, a pesar de que los estudios han demostrado consistentemente que la educación de las niñas y las mujeres y su trabajo aumentan el Producto Bruto Nacional…. He hablado de manera honrada y directa sobre lo que significa ser marginalizado por la raza o el género. Mi intención ha sido darles a los jóvenes un contexto para que puedan enfrentarse al odio que está surgiendo en el discurso político y en las noticias, presentarles un motivo de esperanza”.

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