Loader

Mayra Santos-Febres: “Los libros me salvaron la vida”

La escritora conversa sobre su carrera, su vida y el Festival de la Palabra
La literatura fue y ha sido para Mayra Santos-Febres su gran salvavidas. ([email protected])
  • Compartir esta nota:

Sucedió cuando tenía 14 o 15 años. No recuerda la edad precisa, pero sí los detalles de la historia. Fue durante el semestre escolar, cuando estudiaba en un colegio de monjas en Carolina. Su madre quería que “se viera bien”, así que la llevó a un salón de belleza para que le hicieran un alisado que calmara su maranta.

La noticia le dio asma. No entendía aquel ritual de belleza que le quemaba el cráneo, que no era bonito. Pero allí estaba con su madre, quien invirtió $85 por el tratamiento, que era prácticamente una mensualidad del colegio donde estudiaba con beca.

Tan pronto llegó a su casa después de aquel suplicio le dio una profunda melancolía, como esas que todavía le dan, y tomó una decisión que marcó su vida. Se encerró en el baño, agarró la navaja de su padre y se rapó la cabeza, dejando solo una fina capa de pelo. Al verla, su madre la regañó, le pegó, pero al ver que no lloraba y se mantenía firme en su decisión de no volver a pasar por esa tortura, entendió. Lo próximo fue que ella, la madre, también se dejó de alisar el pelo.

La historia la narra la escritora puertorriqueña Mayra Santos-Febres sentada en una silla en el parque Luis Muñoz Rivera, en San Juan. Son más de las 4:00 de la tarde y los sonidos de la naturaleza se funden con los del tráfico de la ciudad. Hay poca gente en el parque. Un hombre que corre bicicleta, una mujer embarazada que posa para el lente de un fotógrafo y otra mujer que ha hecho de este lugar su hogar, sobreviviendo como puede.

En medio de toda aquella escena, Mayra Santos-Febres habla de su infancia, de su carrera, de sus muchos roles, de ser madre y de algunos de los momentos que la han marcado, como ese del cabello con el cual se redescubrió como mujer negra.

“Puerto Rico es un lugar muy interesante porque la raza no está dividida en bloques. Aquí hay una gradación de colores. Entonces, aquí hay gente que es negra y no lo sabe o se hace la loca porque pasa, y hay gente, como yo, evidentemente negra. Y la gente que es evidentemente negra vive acomplejada porque piensa que tiene que corregir eso. Eso ya cambió”, expresa.

“Yo estoy muy contenta porque ahora vivo en un país que nunca pensé que iba a ver, donde niñas de 12, 13 años andan por ahí con sus seretas sin alisarse y con sus mamás, toda su familia y todo su entorno apoyándolas. Yo visito con mucha frecuencia la escuela Vocacional Nueva de Loíza y eso yo lo veo ahora con una tranquilidad que ni las niñas mismas se dan cuenta del increíble privilegio que gozan de manera cotidiana. Hay otros problemas, pero ese ya no lo tienen”, agrega.

Ella ha sido una, entre muchas responsables, de que esas niñas y jóvenes tengan otra visión de la mujer caribeña, sobre todo, de la mujer negra contemporánea. Cuentos como “Marina y su olor” o novelas como “Nuestra señora de la noche” o “Fe en disfraz”, son solo algunas de las piezas con los que ha ayudado a derrumbar miedos y regalar libertad.

Después de todo la literatura fue y ha sido para Mayra Santos-Febres su gran salvavidas. La salvó del punto de drogas al frente de su casa en Country Club, del colegio de monjas donde estudió y donde a veces no cabía y hasta del Alzheimer de su madre ya fallecida.

“Me ha salvado la vida en muchas ocasiones”, relata sobre la importancia de la literatura en su vida.

Las maestras

La primera que le puso el libro indicado en las manos fue su maestra de español, Yvonne Sanavitis, quien le entregó “El mar y tú”, de Julia de Burgos, cuando tenía 13 años. Antes de ese momento, pensaba que su vida sería un desastre.

“Hay tres mujeres, fuera de mi madre, que para mí fueron puntuales y que me enseñaron la ruta, el mapa, el modelo, porque yo no era Angelita Lind. Yo no sé correr, yo no tengo ningún talento deportivo y para ser negra tú tienes que ser deportista o cantar como Celia Cruz o como Ruth Fernández y yo tampoco sé cantar. Hasta que empecé a darme cuenta que había otras vías”, manifiesta.

Además de su maestra, las otras mujeres que le mostraron el camino fueron Julia de Burgos y la poeta Anjelamaría Dávila, a cuya casa se escapaba cuando era estudiante de la Universidad de Puerto Rico, en Río Piedras, para pasarle poemas a maquinilla a cambio de que le enseñara a leer en tiempos previos a la Internet. Allí devoró libros turcos, poesía de la posguerra española, en fin, libros que dice jamás le iban a enseñar en la universidad, con excepción de los que les dio su siempre profesora Mercedes López-Baralt que le hizo leerse toda la obra de Luis Palés Matos en dos meses.

Pero antes de ellas, estuvo su madre, Mariana Febres Falú, quien fue maestra de español y le enseñó a leer y escribir desde que era prácticamente una bebé. Tanto así que, a los cinco años, Mayra Santos-Febres ya estaba en segundo grado.

“Me gusta estudiar y leer porque siempre veía los libros como juguetes. Desde 1990 estoy jugando con los juguetes favoritos míos, los cuales me han salvado la vida como tantos juguetes le han salvado la vida a tanta gente. Mira ese señor con ese juguete (la bicicleta), estoy segura que si se baja de ese juguete no sería tan feliz”, comparte, soltando una breve carcajada mientras ve a un hombre pedalear.

Sobre su infancia dice que fue como la de tantas familias puertorriqueñas. Con dos padres trabajadores -su padre también era maestro- y con un hermano que falleció de una sobredosis de drogas. La educación, la disciplina y la organización fueron claves en su hogar. No se salía de lunes a jueves, pero los viernes se festejaba hasta las 2:00 de la madrugada.

“Mi infancia era bien sencilla, se trabajaba mucho, pero se gozaba mucho. Había una ética de trabajo muy particular que tiene sus cosas buenas y malas. Una de las cosas buenas es que me dio mucha disciplina. Mi papá era pelotero, así que la disciplina era parte del proceso de estar vivo, y mi mamá era una persona de verdad bien entregada. No era maestra porque era lo único que había, ella se fajó para ser maestra. Mi madre era una maestra y una gran organizadora, creo que de ahí es que me sale lo de gestora cultural”, comparte.

Mayra Santos-Febres comenzó su doctorado en la Universidad de Cornell, en Nueva York, cuando tenía 21 años. Recuerda que llegó en una guagua Greyhound, luciendo “el suéter más feo de toda la vida” y sin boleto de vuelta. Fueron años maravillosos en los que conoció a importantes figuras, incluyendo a Henry Louis “Skip” Gates, que años después la contraría para dar clases en Harvard.

A los 25 años la escritora ya se encontraba dando clases en la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras, donde sigue impartiendo clases de literatura y escritura creativa, curso que también ofrece en diversas comunidades y lugares, como parte de su compromiso con la juventud. Desde entonces y desde antes ha escrito poemas, cuentos, novelas, ensayos y hasta cuentos infantiles, siendo el más reciente “Aidara en el país de las nubes”, que nació después de que su hija Aidara, de 10 años, le hiciera un cuento.

Su cable a tierra

La maternidad, admite, la ha transformado. Sus hijos son su cable a tierra. Aclara que los tuvo porque quiso, no por ningún hombre. “Yo no quería parirle un hijo a un hombre porque lo amaba, yo he amado a muchos hombres y no le he parido hijos, imagínate si le paría uno a todos los hombres que he amado”, confiesa.

“Tener una de esas familias mamá, papá, Rosa, Tito, Pepín y Mota me da dolor de estómago. Hay gente que le sale y le sale maravillosamente bien, pero a mí no me sale”, agrega. Dice que fue una “madre vieja”. A los 39 parió a su hijo Lucián, que ahora tiene 12 años, a través de fertilización in vitro, y a los 41 tuvo a Aidara.

Ese rol de escritora y “madre ejecutiva” le ha hecho entender que la literatura nunca es algo tan serio como una persona y que no hay nada que no se pueda hacer. “Cuando tú estás pariendo y dices ‘ven acá, esto lo hice yo, y qué es lo que no puedo hacer’. Todo lo otro se puede”, opina para luego agregar que sus hijos son lo más maravilloso del mundo. Destaca que ella ha podido cumplir con múltiples roles gracias a una comunidad de amigos, tías y comadres que son los que componen su familia, la cual “a veces es mucho mejor y más saludable que la pre-escrita”.

Festival de la Palabra

“Creo en las comunidades porque hacen las cosas muchos más fáciles y por eso el Festival de la Palabra es una comunidad”, dice para abordar ese evento que fundó hace ocho años y que se celebrará nuevamente en octubre a pesar de que el gobierno le recortó la asignación que recibía.

Para Mayra Santos-Febres no hay imposibles. Ella no es de pelear, es de desobedecer, y eso es lo que ha vuelto a hacer. Adelanta que este año el Festival de la Palabra, el cual se celebrará en el Archivo General y en el Parque Luis Muñoz Rivera, será mucho más grande y que el público disfrutará de una variada oferta literaria.

Después de todo, lo que siempre ha querido esta mujer es acercar ese gran salvavidas a todos y todas. “Siempre me ha parecido que la literatura es para todos. Yo siempre estoy buscando la manera de que sea un juego, de que sea un placer, de que sea divertido. Quitarle eso que a mí también me daba mucho miedo que es esa aura de intelectualidad. Hace tiempo entendí, porque me había pasado a mí, que mientras la literatura se presentara de esa forma iba a espantar a más gente que atraerla”, puntualiza.

Por eso es que Mayra Santos-Febres insiste y sigue abriendo camino. No se le ocurre nada mejor que hacer que no sea eso. Ya tiene 51 años y mientras pueda dormir unas cuantas horas, para seguir viéndose “bella y fabulosa”, nada la detendrá.

“Uno lo que vino aquí es a perpetuar y mejorar. Eso es lo que uno vino a hacer aquí”, concluye esta mujer, quien ha construido su propia ruta.

  • Compartir esta nota:
Notas relacionadas
Comentarios
    Dejar comentario
    Volver arriba