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No permitas que te consuma lo que consumes

Ante la apabullante proliferación de objetos que viene con el mundo moderno, han surgido tendencias como el minimalismo o se han globalizado métodos de organización como el Kon Mari
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No hay que ser un acumulador para cobrar conciencia de que, aunque no se llegue a estos extremos, el tema del consumo excesivo es prácticamente una marca de la cultura contemporánea. (Shutterstock)
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Una mujer hace la fila en una tienda por departamentos. Lleva un objeto extraño en sus manos y la persona que está tras ella en la fila, le pregunta, que qué es aquello. Ella responde que no sabe, pero como está en precio especial supuso que debía llevarlo. Nunca supimos de qué se trataba el objeto. Todos en la fila lo olvidamos muy pronto, pero la escena -repetida tantas veces- ilustra con impresionante claridad una tendencia de la contemporaneidad y de la perspectiva neoliberal del mundo: todo lo que pueda ser objeto lo será, todo lo que pueda venderse se venderá y todo durará poco y será reemplazable a la brevedad. Nada durará mucho en nuestras manos.         

Naturalmente, hay notables excepciones, sin embargo, incluso en algunos pocos agudos bolsillos de pobreza es posible notar una variable de la tendencia. Y no se trata únicamente de la idea de tener y poseer como marca de estatus, de bienestar o de súbita subida en la escala social, sino de la posesión y la satisfacción que de ella deriva que domina a una buena parte de la población. Recuerdo en un salón de clases, hacer un ejercicio de literatura. Los alumnos debían recordar un objeto de su niñez con el que tuvieran algún apego especial. Casi ninguno pudo. En su generación, todo era, todo es, reemplazable. 

Los automóviles nos duran casi siempre seis años, el mismo tiempo que toma pagárselo al banco. Ahí comienzan a dañarse y una vez más comienza el ciclo de novedad. Ocurre lo mismo con televisores, lavadoras, neveras, y sobre todo con la ropa. Objetos que antes estaban pensados y diseñados para durar largos años, hoy día son tratados como objetos de desgaste. La tela no es lo mismo que el jabón, pero se mercadea de la misma manera. Como si se gastase y muchas veces, los bajos costos de producción, los salarios de miseria en las fábricas y la industria de la llamada moda rápida o "fast fashion" ha hecho del vestir y del consumo de textiles, algo peligrosamente similar al consumo de comida rápida. Todo se vende, todo se consume, pero con el único propósito de ser desechado pronto e iniciar la máquina una vez más. 

La cultura popular estadounidense ha documentado grotescamente el extremo al que esta tendencia puede llegar. Programas de televisión como Hoarders  de la cadena TLC, muestran el interior de hogares de personas incapaces de desprenderse de todo tipo de objetos. Naturalmente, las historias se centran en los problemas emocionales y las condiciones psicológicas que conducen a este nivel de apego. Pero no hay que ser un acumulador para cobrar conciencia de que, aunque no se llegue a estos extremos, el tema del consumo excesivo es prácticamente una marca de la cultura contemporánea. 

Contra esa realidad del mundo moderno, surge su natural contra parte y contra cultura. Hace poco menos de una década, los llamados hipsters y los millenials, comenzaron a cultivar una relación con los objetos desde una inesperada forma de la nostalgia. La generación de jóvenes criados en la era digital, con acceso al internet desde muy pequeños, de pronto estaban comprando vinilos y ropa de segunda mano, querían consumir todo con el sello de artesanal. 

Tendencias y despojos

Hijas de esta generación son dos tendencias que han obtenido notoriedad global. Una de ellas, la del llamado minimalismo y la otra, el método KonMari, de organización en el hogar y en la vida.  

La japonesa Marie Kondo, se ha convertido en una sensación global gracias a su libro La magia del orden, en el que sintetiza su método de la siguiente manera: quédate con aquello que te de alegría. Si un objeto en tu hogar no te despierta una chispa de gozo, debes descartarlo. Kondo ofrece además infinidad de consejos prácticos para organizar desde las gavetas hasta los álbumes de fotos, sin embargo, su metodología fundamentada en esa idea tan simple -la chispa de la alegría- invita a repensar nuestra relación con los objetos. Al guardar las medias en la gaveta, aconseja doblarlas con cuidado,. El propósito, que puedan descansar mejor por el trabajo y servicio que nos han proporcionado a lo largo de todo el día. El objeto visto como materia viva, se transforma ante nuestros ojos. Merece cuidado y por lo tanto, durará mucho más. 

Aunque bien es cierto que el minimalismo nos remite directamente a la esfera de las artes plásticas, particularmente en los años 60, y que incontables personas a lo largo de la historia han vivido una vida basada en el despojo de posesiones (basta pensar en las vocaciones religiosas), tanto por decisión y práctica espiritual como por la más violenta pobreza y carencia de todo objeto imaginable; actualmente y como respuesta a la apabullante ola de objetos que nos arropa a diario, el minimalismo ha emergido como una tendencia y estilo de vida que cada día gana más adeptos. 

En los Estados Unidos, dos jóvenes Joshua Fields Millburn y Ryan Nicodemus -creadores del blog que cuenta con más de 20 millones de seguidores The Minimalists- se han convertido en fuertes portavoces de este estilo de vida. Su trabajo responde a esa conocida frase que, de tanto utilizarse ha perdido su raíz: "compramos cosas que no necesitamos, con dinero que no tenemos, para impresionar a personas a quienes no le importamos".  

"El minimalismo no se concentra en tener menos, menos y menos; más bien procura hacer espacio para más: más experiencias, más tiempo, más pasión, más crecimiento, más contribución social, más alegría, más libertad", exponen en su manifiesto en el que cuentan además cómo a los 30 años, en el 2011, abandonaron prominentes carreras en el mundo corporativo en busca de de una vida más simple  pero más rica en experiencias. 

La crítica a este modelo refleja también una importante realidad. Pueden ser minimalistas, sólo aquellos que se puedan dar el enorme lujo de prescindir de sus posesiones. Cuando el no tener es una decisión y no el resultado de la pobreza, evidentemente hay una diferencia. 

Sin embargo, más allá de los factores sociales que atraviesan estas dos tendencias y que indudablemente invitan a pensar en sus significados más allá de una moda pasajera; es importante notar que son el resultado de un mundo en el que cada día estamos más consumidos por aquello que consumimos. Cuando el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, se refiere a los ciudadanos como consumidores, hay un quiebre importante, un cambio de paradigma. El ciudadano puede ser consumidor, pero primero es y siempre será un ciudadano. Reflexionar antes de cada nueva adquisición o compra, podría ser un primer paso hacia una reafirmación de esa ciudadanía. 

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