Loader

Una yogui solidaria

“Yo no quiero quedarme en mi casa con aire y con planta, son cosas que no me importan. Hay que salir a donde toda esa gente que no tiene agua, ni luz, ni comida y ayudar”
Photo
Luego del paso de Irma, Santiago y un grupo de sus familiares, amigos y estudiantes recogieron artículos y se fueron directamente a Loíza, uno de los municipios más afectados. ([email protected])
  • Compartir esta nota:

La disciplina del yoga se practica dentro y fuera del “mat”. Con esa premisa, la maestra y empresaria, Valerie Santiago, va por la vida intentando llevar un poco de paz y felicidad a toda persona que se cruce en su camino.Esa empatía y ese deseo de buscar el bienestar por el prójimo, la llevaron a formar la iniciativa “Lo que no se llevó el viento”, a solo días del paso del huracán Irma por Puerto Rico y que se ha extendido para darle la mano a los damnificados por el huracán María.

“Desde chiquita, no sé si es porque soy la sexta de mis hermanos, siempre fui bien empática y solidaria con la gente. Siempre he sido una persona bien compasiva, y la práctica de yoga me ha llevado mucho más a eso, especialmente, la práctica de dharma yoga, que te crea ese sentido de compasión por todos los seres vivientes”, menciona la propietaria de El Estudio de Ciudadela, un centro de yoga ubicado en el corazón de Santurce.

Luego del paso de Irma, Santiago y un grupo de sus familiares, amigos y estudiantes recogieron artículos y se fueron directamente a Loíza, uno de los municipios más afectados.

“Allí, algunas personas lo perdieron todo. Recuerdo que paramos frente a una casa y me dieron ganas de llorar porque no tenía techo, todas las pertenencias de esas personas estaban afuera. Es algo que ahora puede parecer más común, porque fuimos muchos los que sufrimos daño, pero en Irma esa casa fue la más destruida que vi. Durante el paso de María, escuchaba los ruidos del huracán y no paraba de pensar en la gente de Loíza, en esas casas a las que fui antes”, recuerda.

Horas después que la furia de María afectó a la Isla en su totalidad, Santiago aprovechó el hecho de no haber perdido el servicio de internet, y su cuenta de Facebook se comenzó a llenar con mensajes de personas que no sabían de sus seres queridos. Ella buscó entre sus conocidos personas que fueran para los diferentes pueblos y que sirvieran de mensajeros.

“Me dediqué a crear conexiones. Se movilizaron un montón de personas para ir a ver cómo estaba otra gente y llevar comida. Fue un corillo bien grande unido, como si fuera un arbolito con muchas ramas. Esto es lo que ha hecho que ni yo, ni nadie se sienta de brazos caídos”, comenta.

Photo

Trabajo en equipo

Pero su iniciativa no se quedó ahí. De repente, lo que comenzó como un pequeño acopio en el vestíbulo de su estudio de yoga se convirtió en algo mucho más grande. Sus amigos y colegas de diversas partes del mundo comenzaron a escribirle para ver cómo podían ayudar a Puerto Rico.

Santiago cuenta que recibió mensajes de lugares tan distantes como Croacia, Suecia, España, Argentina, México y Estados Unidos, y tan cercanos como los vecinos de Santurce y su familia.

Los primeros días, el grupo rescató una buena cantidad de fórmula para bebé que iban a desechar, se corrió la voz y comenzaron a distribuirlas entre madres que llegaban a El Estudio.

A la par con la entrega de fórmula, se recolectaron artículos de primera necesidad y alimentos para llevar a distintos puntos de la Isla.

“Aparte de los puertorriqueños, mucha gente se movilizó en Estados Unidos. La comunidad de yoga es bien grande y está alrededor del mundo. Mucha de esa gente comenzó a hacer ‘funds’ en sus comunidades y a recoger cosas. El primero que me llegó fue de Texas, que mandaron entre otras cosas, generadores, para llevarlos a distintas comunidades. Se supone que me lleguen cajas de Georgia y California. Con esas cosas, lo que estoy haciendo es ir a los pueblos, a la alcaldía o al centro de emergencia, y vemos quiénes son los que necesitan recibir más ayuda”, añade.

El movimiento “Lo que no se llevó el viento” trabaja en alianza con la Fundación Segarra, Chefs por Puerto Rico y Mano a mano por Puerto Rico, además de muchas otras personas que tienen como objetivo ayudar en este momento tan difícil. También la organización Waves for Water les regaló unos filtros de agua eficaces que llevaron a Utuado, donde le enseñaron a los residentes cómo convertir este preciado líquido en uno potable.

Santiago entiende que esto debe crear conciencia de lo vulnerable que somos como isla, por lo que debemos enfocarnos en crear una mayor autonomía de los recursos que tenemos.

Además, algo positivo dentro de la tempestad post María es que se han dado a conocer muchas iniciativas ciudadanas cuyo fin es ayudar al prójimo e invita a toda la ciudadanía a unirse a cualquiera de ellas para dar la mano en la reconstrucción del país.

“Lo que está pasando ahora es mucho más complicado que lo que vivimos ese día con los vientos del huracán. Aquí en la ciudad hemos ido progresando mucho más rápido. El agua y la luz han vuelto a algunos lugares, mucha gente tiene planta, pero en muchos otros lugares es muy diferente. Eso es lo que me inspira a salir. Yo no quiero quedarme en mi casa con aire y con planta, son cosas que no me importan. Hay que salir a donde toda esa gente que no tiene agua, ni luz, ni comida y ayudar”, asegura.

Aparte de la ayuda material que puede llevar, en cada visita a los damnificados del huracán, Santiago procura conectar con las personas y mirarlos a los ojos cuando les pregunta cómo están. Eso la ha llevado a vivir experiencias realmente conmovedoras que le permiten ver que, además del agua y los alimentos, muchos de ellos también necesitan un abrazo o simplemente ser escuchados.

“El otro día a una muchacha en Ciales la miré a los ojos, le pregunté cómo estaba y se tiró encima de mí a llorar. Me dijo que siempre había sido fuerte para todos, pero era la primera vez que le preguntaban cómo estaba. Yo me tuve que hacer fuerte para ella, aunque llegué a mi casa y sea mi novio Christian y mi hermano quienes me tienen que abrazar a mí”, menciona.

Apasionada del yoga

A sus 31 años, Santiago mira hacia atrás y entiende que es una yogui desde su nacimiento y no desde hace poco más de una década cuando comenzó su práctica de manera constante.

“Mi mamá hacía yoga cuando yo era chiquita. Ella y mi papá nos criaron a mí y a mis seis hermanos en esa onda de ir al naturópata, hacerte reiki, masaje, íbamos al hipnólogo. Desde pequeña mi vida fue bastante holística, sin yo saber que era una vida de yogui. Antes, pensaba que la yoga es solamente algo físico, pero la realidad es que nací yogui y lo he sido toda mi vida”, comenta la joven santurcina.

Santiago recuerda que su primera clase de yoga la tomó en la adolescencia junto a otras dos amigas. En un momento dado de la clase, todos los demás estudiantes lograron ponerse literalmente de cabeza y ellas no pudieron.

“Todas las personas eran mucho mayores que nosotras y pensábamos que iba a ser fácil. Esa fue la primera vez que sentí humildad absoluta y respeto por todas las personas que practicaban algo con disciplina”, manifiesta.

Luego de esa experiencia, tomó varias clases de manera intermitente hasta que cumplió sus 21 años, cuando entonces comenzó una práctica más constante. Fue a tomar clases de acroyoga con Laura Velázquez, quien la invitó a probar con la modalidad del ashtanga, la disciplina que estado enseñando por casi diez años.

“Un día le dije que quería ser maestra porque ya era asistente de clases de niños. Me dijo de un sitio en Puerto Rico donde certifican. Al otro día que me certifiqué ya estaba trabajando en el estudio en el que estuve por cinco años. Me tardé casi 10 años en reconocer que ese iba a ser mi camino”, recuerda.

Como maestra de yoga, Santiago se caracteriza por su carisma. Aprende rápido los nombres de sus estudiantes y siempre busca la manera que se sientan cómodos una vez entran a su estudio. Durante la clase los va guiando y motivándolos para que vayan dejando a un lado sus miedos y conociendo todo lo que pueden hacer. También los deleita cantando los mantras, acompañada de su “harmonium”.

Para la joven empresaria -quien cuenta con un bachillerato en fotografía, una maestría en historia y otra en administración de empresas- ser yogui es un estilo de vida que incluye una alimentación saludable y también una actitud empática y servicial con todo ser vivo.

“El ashtanga para mí es disciplina, es solidaridad, es despertarte temprano y hacer tu práctica. Es lo mismo que siento en mi práctica de dharma, que es la disciplina que comencé recientemente, en lo que estoy certificándome ahora. Son prácticas que tienen una rutina, pero no es eso lo que busco, sino esa disciplina que se logra de hacer mi práctica, ser buena persona, hacer mi karma yoga, no mentir, no abusar de nadie”, concluye.

  • Compartir esta nota:
Volver arriba