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La moda del vino de Roberto Verino

Más que una firma de moda, el nombre del diseñador español es uno mítico, un sello de calidad y uno de los grandes símbolos internacionales de la marca España en diseño.
  • Por Rosa María González Lamas
  • 09 JUL. 2017
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Roberto Verino acumula una extensa lista de reconocimientos como la “Aguja de Oro” que España confiere a su mejor diseñador internacional, y el Castelao, la más alta condecoración otorgada por el gobierno gallego.
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Le pregunto cómo se llama en realidad y me afirma tajante que su verdadero nombre es Roberto Verino. Decidió él mismo llamarse así luego de pasearse dilatadamente por los confines del globo, sintiéndose orgulloso por ser un hijo de Verín. “En la Edad Media los artistas eran reconocidos por aquellas ciudades en las que habían nacido, ésa fue mi decisión inicial, pero después de muchos años considero que ese gentilicio era ya mi apellido”, confiesa el diseñador español a Magacín.

Ubicada cerca de gárgolas y un castillo, en un punto donde se abrazan Galicia y Portugal, Verín es famosa por sus carnavales y cigarrones, con sus máscaras coloridas, cinturones sonoros y atuendos de inconfundible diseño y carácter. Quiso el destino que fuera ése el paisaje con que se criara Roberto, además de con un matiz entonces casi anónimo fuera del territorio: sus vides. Pero a pesar de haber pasado su infancia y vendimias entre estas viñas y otras de su familia en la Ribeira Sacra, quizás fue el patrón de los cigarrones lo que gestó en el chico un interés por el arte y el diseño.

Decidido, marchó a París a estudiar Bellas Artes y buscando maneras de costearse sus estudios descubrió la moda, que, de una pequeña ayuda para aportar a su economía académica, terminó absorbiéndolo de tal modo que trocó su vocación, pasando de sólo hacer dibujos para algunas casas de moda a interesarse por todo lo que estaba relacionado a ella. Así se labró una sólida base profesional laborando como diseñador para otros, hasta que al sentirse preparado empacó todo ese conocimiento adquirido para retornar a España y convertirse allí en el artífice de su propio proyecto de moda, con su propio nombre y en su propio país.

De este modo nació Roberto Verino, más que una firma de moda, un nombre mítico, un sello de calidad y uno de los grandes símbolos internacionales de la marca España en diseño. Una de las estrellas más aguardadas y admiradas de la Mercedez-Benz Fashion Week madrileña desde que era Pasarela Cibeles, que se destaca por sus creaciones de moldura siempre actual, con estilo y elegancia para muchos públicos y muchas siluetas de carne y hueso.

Un trabajador que acumula una extensa lista de reconocimientos como la “Aguja de Oro” que España confiere a su mejor diseñador internacional, y el Castelao, la más alta condecoración otorgada por el gobierno gallego, así como el privilegio de diseñar la vestimenta de  clubes de fútbol como el Getafe o el Atlético de Madrid, algo que considera muy gratificante, no sólo por su repercusión mediática de vestir a deportistas de élite, sino por lo que considera la extraordinaria experiencia humana de compartir con los jugadores. 

“Me considero más diseñador que modisto puesto que el modisto sigue haciendo modelos a medida para sus clientes y, aunque yo pueda alguna vez hacer un traje de esas características lo considero excepcional. Mi trabajo es el de un verdadero diseñador de moda, alguien que diseña una colección y fabrica la serie que corresponde a cada uno de esos prototipos”.

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Vestidos, complementos, perfumes, artículos de decoración y otros integran el portfolio de creatividad y estilo del polifacético artista. Pero su confección menos conocida es quizás su Terra do Gargalo, el proyecto de vinos con que Verino buscó en la década de los noventa modelar un nuevo diseño para los vinos de la denominación de origen Monterrei, un nuevo arte que pretende rendir un homenaje a su natal Verín y a su propia galleguidad. Una apuesta por la vitivinicultura que no fue fruto de su herencia, como su pasión por el vino, sino de una decisión, el resultado de un verdadero descubrimiento, convicción y que ha servido de punta de lanza para los vinos de su tierra.

Terra do Gargalo ubica a los pies del Castillo de Monterrei, como una especie de château rodeado de viña que se asemeja a un jardín hermoso y apacible, en el que fotos fashion en blanco y negro de modelos y pases de moda conviven entre prensas, tanques y botellas de los vinos, y en el que se destaca una estructura de bodega en hormigón delineada con líneas rectas y sin ornamentos, destacando la sobriedad, vanguardia, funcionalidad y estilo como principios que guían a su concepto arquitectónico.

Tan vinculado se siente Roberto Verino al proyecto que, años después de fundar la bodega, decidió construirse una casa en su terreno para dormir junto a sus viñas, una especie de castillo personal, una decisión complicada de tomar, pero de la que no se arrepiente, porque le permite vivir en su pueblo natal y con una magnífica calidad de vida a pesar de que le obligue a recorrer diariamente cientos de kilómetros entre Verín y Orense, donde ubica su centro de actividad profesional.

“Cada vez tengo más afecto a la bodega. Me gusta estar muy pendiente de las viñas, participar incluso en la recolección de uva y, por supuesto, me encanta la elaboración del vino. Además, vivir cerca de la bodega me proporciona el imprescindible descanso entre tantos y viajes y ese remanso de paz que me permite llevar el ritmo de trabajo que llevo”.

En Terra do Gargalo se elaboran cuatro marcas: la primera Terra Rubia (un tinto mencía y un blanco godello-treixadura), Gargalo (un godello, un albariño-treixadura, y un tinto joven de mencía-tempranillo); Terra do Gargalo (godello-treixadura criado sobre lías y un mencía criado en barrica de roble), y Viña Verino, el vino más especial por tratarse de un godello fermentado y criado en barrica de roble, y de mas exigua producción. La bodega elabora, además, aguardientes y licores. Una colección que el propio Verino define como magníficos prêt-à-porter, ya que su calidad no está reñida con el precio, absolutamente accesible.

“La calidad que he buscando durante muchos años en la moda resultó ser un buen faro para trabajar en el mundo del vino, porque en ambos reflejo mi pasión por la calidad. El amor a las cosas bien hechas es el que te despierta una curiosidad sin límites, el que te enseña la satisfacción del trabajo bien hecho”, dice, confesando no haber hecho colecciones de vestidos inspiradas en el mundo del vino.

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¿Cómo se enlazan las temporadas de la moda y los ciclos de la vid? “Haciendo un verdadero “encaje de bolillos” ya que ambos coinciden, incluso, en fechas. Septiembre-octubre es el mes de la vendimia y el mes de la presentación de las colecciones primavera-verano. Enero-febrero es el mes de la poda y es el mes de la presentación de las colecciones de otoño-invierno. Nadie puede estar en esos dos sitios a la vez, no sé como lo hago, pero siempre lo consigo. Si alguna vez algo me lo ha impedido, son las fechas de las ferias de tejidos, que también se celebran en esos meses”.

Verino dice que los vinos de Gargalo en lo que más se asemejan a su personalidad es que como él son vinos brillantes, seguros del terreno que pisan y magníficos ejemplos de lo que se puede hacer respetando escrupulosamente las variedades autóctonas en las que cree y por las que ha apostado concienzudamente. Unos vinos entre los que admite tener uno predilecto, que nos identifica bajo secreto de confesión.

“Creo que la experiencia es de un valor incalculable en el mundo del vino y cada temporada nos ha enseñando algo que se ha convertido en esencial para nosotros. En muy pocos años hemos conseguido la ansiada “madurez” y toda nuestra ingenuidad, que como ilusión inicial estuvo bien, ya que está amortizada. El reto es sumar fanáticos a nuestros vinos, llevándolos a esas mesas donde aún no están”.

Como el vino, él se ha hecho más sabio a la fuerza de hacerse un hombre más aferrado a los sentimientos que genera el campo, ya que si bien los diseñadores de moda son casi por definición, hombre urbanos, cosmopolitas y sofisticados, los del vino pueden tener también estas características pero no pueden desligarse de las viñas, incompatibles, como dice, con el asfalto. “El vino es una cultura pegada a unos valores muy sólidos, como la paciencia, la serenidad, y un cierto matiz de eternidad, fruto de su permanente lucha por mantener los vinos vivos ante el paso del tiempo”, declara.

Si hoy sus vinos llegan a muchos confines fuera de España también lo hacen sus diseños a través de las tiendas y espacios de moda que tiene en México y Portugal. La empresa desea consolidar su expansión internacional y tener presencia en algunos lugares estratégicos del mundo, de la mano de socios nacionales concienzudamente identificados. De momento, sus desfiles de moda  -que, por cierto, nunca han tenido por pasarela las salas de elaboración de Terra do Gargalo- se enfocan en la Mercedes-Benz Fashion Week, aunque si las condiciones adecuadas se dieran podría cambiar esta pasarela madrileña por las de Nueva York.

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