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La voz de Champagne Drappier

Charline Drappier siempre tuvo certeza de que su futuro sería efervescente y que su destino sería el negocio familiar.
  • Por Rosa María González Lamas
  • 18 MAY. 2017 - 11:52 AM
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Tres generaciones conviven perfectamente en Drappier: el abuelo, viticultor, su padre, quien decidió hacer vinos, Charline y sus hermanos, encargados de la viña, los champanes y su promoción.
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No le costó cambiar los millones de habitantes de Nueva York por los 147 de Urville. En esa ruta sin trauma a la que regresó este verano luego de vivir en la Gran Manzana, la guían su  determinación, su claridad de ideas, sus valores y los lugares más entrañables de la foto del pueblo que señala con precisión sin necesidad de Googlemaps: la casa de su papá, la de su abuelo y otros lugares de familia que la llevaron de vuelta a Champagne.

Urville está un poco al sur, en el Aube champañés. Entre Reims, capital de Champagne, y Beaune, brújula en Borgoña. En Urville ubican las raíces de Charline, octava generación familiar, quien luego de un incesante viajar por el mundo retornó al hogar para reactivar esa indispensable conexión con Champagne, su entorno y sus afectos de familia, elaboradora de Champagne Drappier.

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“El champán tiene un bling bling de imagen más que otros vinos, pero el mercado ha madurado. Aunque se perciba como que sólo los mayores lo pueden pagar, ahora lo consume más gente joven, más por disfrute, que por status”, dice Charlene Drappier.

Fueron los romanos quienes primero plantaron viña en Urville, donde en el Medioevo un monje construyó cavas que por siglos tuvieron distintos usos hasta que los Drappier fundaran un dominio familiar en 1808 y con el tiempo hicieran reposar en ellas los grandes millésimés y las etiquetas de postín de esta maison champenoise. Antes fueron Drapier, con una p, nombre más vinculado a la historial textil de Champagne que precedió a la vínica. Primero viticultores, los abuelos de Charline fueron pioneros del Aube en emprender, además, un negocio de vinificación.

A pesar de su ubicación estratégica como puerta de entrada a Champagne de la Borgoña y su Pinot Noir, por su pequeñez y ruralía Urville es casi una ínsula en medio de la tierra de burbujas. Conscientes de ese aislamiento, los Drappier, sencillos y apegados a su tierra, convirtieron el viajar en asignatura obligatoria, una escuela esencial, que les transportaba no al pueblo vecino, sino a las antípodas de  Sri Lanka o la Costa de Marfil, una red de periplos a la que pronto se habituó Charline, quien ha estudiado y trabajado en París, Estocolmo, Sevilla y Nueva York, como parte de una formación global que le ha conferido una gran madurez a pesar de su juventud.

Antes de para los negocios se formó en artes liberales, en historia y geografía. Tenía clarísimo que debía forjarse un espíritu crítico antes de aprender cómo ser empresaria porque siempre tuvo certeza de que su futuro sería efervescente. No sabía cuándo ni cómo, pero siempre que su destino sería el negocio familiar. Le dieron champán en su bautismo y se habituó a probar para educar su paladar. Tanto sofisticó el suyo que a los 18 ya sabía catar distinguiendo uvas y orígenes. Luego de las letras y los negocios vino el vino, también algo de whisky, y la práctica en el negocio de bebidas que la ha preparado para que, a cargo de su marketing y comunicación, hoy se considere la orgullosa mensajera de Champagne Drappier.

La historia elaboradora de esta familia se remonta a la Segunda Guerra Mundial, cuando los nazis ocuparon la escuela del abuelo de Charline, quien tuvo que abandonar su sueño magisterial para irse a trabajar a la viña, y se mide en las 20 mil botellas que él afirma haber bebido a lo largo de sus nueve décadas. A pesar de ellas sigue al pie del cañón de la bodega, compartiendo escritorio con Charline, quien mantiene con él una estrecha relación. Tres generaciones conviven perfectamente en Drappier: el abuelo, viticultor, su padre, quien decidió hacer vinos, Charline y sus hermanos, encargados de la viña, los champanes y su promoción.

La misma capacidad de perdurar del abuelo la tienen los champanes Drappier, que acaban de estrenarse en Borinquen de la mano de Plaza Cellars. Con presencia en casi 100 países del mundo y todo el Caribe, Charline confiesa haber siempre sentido una atracción fatal por Puerto Rico, un mercado que se impuso como reto personal por atraerle la dimensión latina de la Isla ya que le gusta mucho lo hispano y, además de inglés y francés, habla español.

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Curiosamente los mayores choques generacionales han surgido cuando para innovar en bodega hijos y nietos quieren retomar prácticas descontinuadas por el abuelo.

Con Charline desayunamos estrellas, sobre todo de Pinot Noir, espina dorsal de la casa. “Por nuestra cercana ubicación a Borgoña en nuestros champanes predomina esta variedad y si por algo se distinguen es su gran mineralidad, ya que el suelo de Urville es más viejo y parecido al de Chablis”, explica la bodeguera a Magacín. Otra de las señas de identidad de la bodega es la poca intervención que hace en sus vinos, lo que les confiere un aire de pureza, una autenticidad que ella también transpira, así como las bajas dosis de sulfuroso que utilizan en su preservación, el discreto nivel de azúcar y la larga crianza a la que someten sus licores de expedición para aportar concentración, elegancia y delicada persistencia, y la gran capacidad de añejamiento que tienen las burbujas de la casa, que les ha llevado a forjar una enoteca de champanes vintage que datan de hasta 1959, el año de nacimiento del padre de Charline. En resumen, champanes con equilibrio, pureza y origen, más personalidad de uva y tierra, que consistencia anual.

Su Brut Nature es soberbio y delicioso, una expresión diversa de la Pinot Noir, con aromas melosos, a fruta de hueso, bollería y abundantes flores blancas, un pase por boca untuoso, persistente, de delicada estructura, armonía y fantástica elegancia. Carte d’Or con matices de piña y membrillo caramelizado, Blanc d’Blancs, mineral y muy floral, un Rosé Brut, que transpira el suelo calcáreo, y su Grande Sendrée, en versión blanca y rosada, son parte del repertorio Drappier disponible en nuestro mercado, así como algunas añadas vintage a las que tendrán acceso los coleccionistas.

Desconocidas como los singulares matices de la Pinot Noir en Urville son variedades locales ancestrales como la Arbane, la Petit Meslier o la Blanc Vrai, que el padre de Charline recuperó en sus viñas, no con poca discrepancia del abuelo que habría querido arrancarlas por su difícil cultivo, y con las que hoy elaboran champán, aportando singularidad con un patrimonio vitícola casi extinto. Curiosamente los mayores choques generacionales han surgido cuando para innovar en bodega hijos y nietos quieren retomar prácticas descontinuadas por el abuelo. No sólo de champán viven los Drappier, que también elaboran un rosado y un blanc des noirs de Pinot Noir en clave tranquila, y recorren las viñas en una colección de viejos Citroën.
 
Como viajera incansable Charline está siempre atenta a las armonías para sus champanes, que considera muy gastronómicos. Uno de sus mensajes prioritarios es que el champán es un vino versátil para comer y para ella lo mismo va bien con pollo de Bresse o queso Comté que con pulpo a la gallega o comida escandinava. Que no en balde incluso fue gerente de proyecto en una escuela de cocina.

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En Urville ubican las raíces de Charline Drappier.

Todos los días los Drappier celebran el ritual de desayunar unidos, y catan varias veces por semana  Y siempre, por supuesto, escuchan lo que tiene que decir el abuelo, para aprender de su sabiduría de tiempo, regada por la botella de champán que él ingiere a diario. “Es una experiencia fascinante tener a la familia”, dice Charline, quien ama el cine y la música, tocó clarinete y ocasionalmente se escapa a París para “recargar las baterías sociales”, aunque sus amigos no terminen de entender por qué cuando no viaja, algo que hace mucho y le ha permitido posicionar globalmente a Drappier, prefiera estar en Urville, donde se conecta con sus raíces y el compás del campo, en una perfecta sinfonía de glamour y autenticidad.

Allí siguen innovando para resaltar lo genuino, porque está convencida que eso es el futuro del champán. Tienen, además, otros proyectos. Comprar más tierra para que toda la uva que usan sea de producción propia, seguir estudiando la crianza de champán bajo el mar, crecer sin dejar de ser bodega boutique, y experimentar con un champán 100% pinot gris. Pero, sobre todo, mantener el efervescente espíritu emprendedor de sus abuelos y ver los champanes Drappier, en cuantas más mesas, mejor.

Cada vez que sirvamos uno, seremos parte de los Drappier. Seguro que cuando Charline prepare al abuelo el jamón dulce que tanto le gustó desayunando en Puerto Rico, la Isla también formará parte de su mesa en Urville.

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