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Sarah Jane Evans: dama y maestra del vino

La gurú del jerez se halla inmersa en la organización del Simposio de Masters of Wine que se celebrará en Rioja en 2018
  • Por Rosa María González Lamas
  • 17 SEP. 2017 - 12:23 PM
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Encantadora, llana y cercana, Sarah Jane se estrenó muy joven en el mundo del vino. (Suministrada)
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Apartar el grano de la paja fue lo que motivó a los ingleses a constituir el Instituto de Masters of Wine en 1953. Aunque Inglaterra siempre ha sido uno de los epicentros globales de vino, la forma de comercializarlo entonces era muy diversa a la actual. En vez de en botellas terminadas, el vino llegaba en depósitos a granel a Londres, donde se embotellaba, lo que obligaba a identificar cuáles de aquellos graneles realmente valían, para lo que contar con calificaciones independientes de verdaderos especialistas en vino era esencial.

Fueron esos los inicios del exigente título de Master of Wine, la máxima titulación global de vino que hoy solo ostentan 369 personas en el mundo, de ellas 124 féminas entre las que Sarah Jane Evans es una de las más prominentes.

Encantadora, llana y cercana, Sarah Jane se estrenó muy joven en el mundo del vino. Como sucede con muchos fue durante un viaje a España cuando comenzó a probar vinos de Jerez y a curiosear con el vino. Licenciada en idiomas, ciencias sociales y políticas por la prestigiosa Universidad de Cambridge, las copas de Jerez estuvieron presentes en sus horas de estudio, llevando su fascinación por ellas y lo español a tal nivel que determinó retornar a España para vivir allí una temporada durante la que descubrió la cultura del vino en todo su esplendor y quedó indisolublemente ligada a él.

Como le gustaban las lenguas, las ciencias sociales y también el vino, tras analizar qué rumbo seguir concluyó que unos y otros no eran excluyentes, con lo que determinó dedicarse a la comunicación sobre esta bebida. Entonces también coordinaba exámenes para la Wine & Spirit Education Trust (WSET) y ponderó obtener la titulación de Master of Wine (MW) como una vía para mejorar la calidad de sus escritos. “Lejos estaba de saber en lo que me metía. No era consciente del paso tan grande que implicaba convertirme en Master of Wine”, relata a Magacín.

No estarán todos los que son, pero sí son todos los que están. Las exigencias de admisión a la titulación son elevadísimas, obligando a los candidatos a pasar un escrupuloso proceso de selección que apenas un 15% de ellos supera. Lejos de otras entidades que han hecho de las certificaciones un negocio muy rentable, el Instituto es una organización no lucrativa para cuyo acceso se recomienda haber obtenido el nivel 4 de WSET y haber laborado en el negocio del vino por al menos tres años, como sumiller, comunicador, vendedor o educador. Tienen también los candidatos que estar diplomados en enología o viticultura y disponer de calificaciones demostrables de su conocimiento y quehacer profesional en el mundo del vino porque esa titulación magisterial requiere una comprensión abarcadora y global del mercado del vino, con lo que los postulantes deben lo mismo saber en detalle cómo cuidar un viñedo o elaborar vino en cualquier región, que promocionar, vender y comunicar sobre vino. Además de esto deben de superar tres catas a ciegas de 12 vinos cada una en las que más importante que identificar su marca es contar el relato del vino descifrando, a través de sus matices, su proceso de vinificación, de la cepa a la copa. Y como si esto no bastara deben de pasar un examen y defender una tesis.

La ruta que aneja las siglas MW al nombre de cada candidato es equiparable a un M.D., un J.D. o un Ph.D. y puede tomar entre tres y siete años en los que hay que invertir muchísimo dinero asistiendo a catas, adiestramientos, viajando a zonas productoras y adquiriendo material de estudio y miles de botellas de vinos del mundo. Convertidos en Masters of Wine hay que firmar un código de ética que afirme el compromiso a emitir opiniones independientes.

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Por todo esto pasó Sarah Jane, quien su amor por los vinos de Jerez le inspiró a hacer su tesis sobre los almacenistas de esa denominación de origen, sobresaliendo de tal manera en la parte teórica del examen que le mereció el premio Robert Mondavi a la nota más alta de la clase 2006. Pero quizás lo más que le halagó de convertirse en MW fue haber puesto en valor el profesionalismo del periodista como especialista en vinos. “Un periodista puede ser un gran conocedor sobre vinos, tanto o más que algunos que le elaboran y ser, también, un gran divulgador”, recalca esta profesional que ha escrito varios libros, es editora de publicaciones, escribe para numerosos medios del mundo y fue editora asociada para la revista gastronómica de la BBC, plataformas desde las que ha pretendido ayudar a los consumidores a labrarse sus propias opiniones de degustación.

La misión de dar a conocer el Instituto -que presidió hasta 2016- y el vino le lleva a acumular muchas millas recorriendo el planeta para dirigir catas, conferencias, servir como consultora y juez de cata, y también co presidir los Decanter World Wine Awards, el mayor certamen de vinos del mundo y uno de los más respetados por ser esta revista inglesa referente de seriedad y excelencia en el sector.

Catamos y conversamos con ella entre copas blancas rabiosamente contemporáneas. Como candil entre botellas es tan didáctica como entretenida, con un saber que alecciona tanto sobre vinos como sobre actitud, ésa que rige la humildad que a ella le sobra y a veces se echa en falta en otros. Nos transporta del perfumado torrontés de las mágicas altitudes salteñas en Argentina a los assyrtikos griegos. De los nuevos chardonnay neozelandeses a los rieslings australianos. De elegantes albariños extremos criados en barrica en Rías Baixas a un fascinante espumoso inglés con aroma a chocolate y trufa blanca, gran finura y elegancia. “Los vinos deben de beberse sin prejuicios”, afirma, una máxima que sigue a rajatabla y que, en más de una ocasión, le ha valido críticas por puntuar muy bien a vinos considerados muy comerciales.

Es una de las gurús de los cada vez más actuales vinos de Jerez, que admira por su consistencia y espectacularidad. También le apasionan los vinos blancos y algunas de sus cepas predilectas son españolas y variedades autóctonas minoritarias: garnacha blanca catalana, viura riojana, godello de Valdeorras, algunos verdejos, albariño, una variedad que defiende a morir, no en vano es una Dama del Capítulo Serenísimo del Albariño, al igual que Dama de Solear.

Como lo que pasa en Londres es referente de tendencias, cuenta que entre copas están muy de moda los vinos griegos; los que son expresivos de terroirs volcánicos como los de Sicilia, Islas Canarias o Santorini; los vinos más frescos y ligeros con más acidez, menos barrica y menos alcohol, como los de zonas costeras de Chile, Garzón en Uruguay, o el noroeste atlántico español; los tintos del Loira; los vinos atlánticos de España y Portugal y regiones como Galicia, Madeira y las Azores; los vinos naturales, aunque no todos valgan; las fermentaciones en ánforas de barro y en depósitos y huevos de hormigón; un mayor hincapié en los suelos; los vinos de Jerez, que viven un renacer y son excelentes alternativas de maridaje; y nuevas zonas productoras como Inglaterra o los Finger Lakes neoyorkinos. “Hay espacio tanto para lo tradicional como lo novedoso”, indica, remarcando el imperativo de ser riguroso en la comunicación sobre vinos y brindar información corroborada y de calidad.

“Lo más importante es tener una mente y una boca abierta para ser flexible. Lo fascinante del vino es que cada copa es diferente”, concluye esta dama y maestra del vino.

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