Loader

Sueño entre viñas en la Hacienda Pradolagar

En el palacete riojano de los Marqueses de Vargas, todo se perfuma con detalles, calidad, noble exquisitez, pero, sobre todo, abolengo de vino
  • Por Rosa María González Lamas
  • 23 JUL. 2017 - 12:06 PM
Photo
La bodega, la del Marqués de Vargas, es una acogedora extensión de la casa y casi su cava privada. (Suministrada)
  • Compartir esta nota:

Un llavero con forma de racimo abrió esa noche de ensueño y un inolvidable sueño de vino en una amplia alcoba decorada con estampas enmarcadas de la campiña inglesa, un cuadro de la Virgen de la Valvanera y el silencio impoluto del campo riojano, quebrado únicamente por el susurro matinal de los pájaros, cada vez más sonoro a medida que se alza el sol.

Tiene ese aposento en la Hacienda Pradolagar una enorme terraza con vista en verde y azul, con un horizonte de viña, un cercado de cipreses y un cielo turquesa con níveas pinceladas de algodón de azúcar en el corazón de Rioja.

No importa por dónde se mire, cada ventana se abre a un lienzo coloreado con tempranillos y castas que dan vida a algunos de los más sobresalientes vinos de España. Desde la habitación, que exhibe toallas bordadas con la insignia de su abolengo y tiene afeites que acicalan el espacio con un aroma tan penetrante como el de la lavanda fresca que inunda la entrada del château. 

En la Hacienda Pradolagar, el palacete riojano de los Marqueses de Vargas, todo se perfuma con detalles, calidad, noble exquisitez, pero, sobre todo, abolengo de vino. Lo atestigua el hecho de que en 1840 ya se hubieran plantado las primeras tempranillos en esa finca en las afueras de Logroño, una ciudad que Felipe de la Mata, bisabuelo de Don Pelayo, el actual Marqués, ayudó a expandir desde la poltrona de su ayuntamiento del que fue regidor.

Las estancias de la casa palacio transpiran ese espíritu de reunión, como el que reinó en los encuentros iniciales de amigos que se daban cita en esta residencia de verano y finca de caza por la que hay desparramada una retahíla de fotos con personalidades de gobierno, realeza y empresa, y retratos pintados que van relatando las historias de España, de la familia, del vino riojano y también de la propia Hacienda. Lejos de ostentación, hay calidez y sobriedad que imparten a los títulos nobiliarios cercanía y un aire de carne y hueso. Un amplio recibidor bendecido también por la Virgen de la Valvanera, patrona de Rioja, divide la casa con simetría y despliega los únicos lujos de un sofá pintado con el escudo familiar y un pequeño ascensor. Trozos de azulejos visten las paredes de entrada que se abren a espacios con una decoración entre clásica y rústica, más para vivir que exhibir, y siempre con una vocación de acogida en gran dimensión: un comedor con larga mesa y enorme espejo, una cocina holgada, un espacioso salón de estar para disfrutar las sobremesas, y un porche entre viñas, un eslabón entre mazuelos y tempranillos donde se conversa, se brinda y se celebra al vino en grupo y en comunión.

Photo

Ese espíritu aglutinador cita a una familia extendida de invitados a primera hora en el salón biblioteca para un desayuno servido en una mesa redonda, ornamentada con mermelada casera de uva garnacha, lascas de jamón curado, jugo de naranja recién exprimido, croissants, tostado pan crujiente ungido con el aceite de oliva extra virgen del Marquesado, y ese imperecedero espíritu de convivencia que da inicio a un nuevo amanecer entre viñas, barricas, botellas y familia.

Vinculados al vino por generaciones, fue en 1989 que a esa viña jardín y a la residencia los De la Mata determinaron construirle una estancia adicional, una bodega, para cristalizar el sueño de don Hilario, penúltimo Marqués de Vargas, de hacer vinos de alta gama, con uva de viña propia y del entorno del château. 

La bodega, la del Marqués de Vargas, es una acogedora extensión de la casa y casi su cava privada, con un nuevo centro de visitas y un espacio de trabajo en metamorfosis que, bajo la tutela enólogica de Xavier Ausás y el día a día de Ana Barrón, busca una nueva cartografía de viñas con el fin de crear vinos más pulidos, más brillantes, con matices menos evidentes de su envejecimiento en madera y una vocación más gastronómica, algo que han ido consiguiendo gracias a microvinificaciones y a un trabajo más milimétrico de crianza en barrica, que empiezan a dar como resultado unos vinos mucho más finos y elegantes.

Para constatarlo una nueva cita en mesa, que convierte al comedor en altar a la concordia grupal, al sentido de familia de la que también se hace sentir parte a los invitados, y al espíritu evangelizador que, a través de la degustación en la mesa comunal, deleita con un menú sencillo, fresco y delicioso con verduras de temporada del huerto riojano, un guiño a recetas de la tradición y algún riesgo más creativo, todo armonizado con blancos y tintos de la bodega a pasos de esa mesa y las otras dos que tiene el grupo, en Rías Baixas y la Ribera del Duero.

De Rioja el Marqués de Vargas Reserva, estandarte de la casa, su Selección Privada, y el Hacienda Pradolagar, que honra a la finca y se elabora sólo en añadas excepcionales. Nace en Viña Victoria, la viña más vieja, ésa que se admira desde la habitación con vista, que abrillanta cada amanecer con su arcoris de sensaciones y luego de comer es el espacio perfecto donde continuar soñando en una imaginaria siesta mientras se peregrina por sus renques de tempranillo, extasiándose en la magnificencia de los diminutos racimos que empiezan a dejarse ver en la viña. Son el enlace entre alba y ocaso, entre principio y fin de un ciclo de uva, entre añadas de vino, e irán creciendo, como los sueños de grandeza y los nobles sueños de vino, que anfitriones e invitados hacen inolvidablemente realidad en la Hacienda Pradolagar. Un prolongado sueño entre lo humano y lo divino del que se anhela no despertar.

  • Compartir esta nota:
Comentarios
    Dejar comentario
    Volver arriba