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Escoger el traje de novia

"En unos meses, cuando me lo ponga, sé que me habré salvado del cinismo, me llenaré de fe y caminaré hacia el amor, desde el amor propio y la libertad de ser que esa tela protegerá"
  • Por Ada Lucía Simonpietri
  • 25 JUN. 2017
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(Shutterstock)
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Nunca jugué a la boda cuando pequeña. Nunca fui niña de los anillos o de las flores en ninguna boda y, sólo una vez fui dama en mi temprana adultez, con pésimos resultados. En aquella ocasión, el traje de dama era muy feo, me quedaba fatal -un corte sirena que agrandaba mi trasero más de lo necesario- y la boda acabó como el rosario de la aurora, seguida de un divorcio pocos años después.

Vengo de una familia de padres divorciados, lo mismo ha ocurrido con mis tías y con un número importante de mis amigas, varias de las cuales, en su proceso de separación se fueron a vivir a mi casa. A algunas las acompañé al desagradable proceso de concretar el divorcio en el tribunal, y aunque siempre me han divertido las bodas y me considero una especie de "wedding crasher", creo que el cálculo no me falla: he asistido a más divorcios que a bodas.

Aún así, cuando asisto al rito matrimonial de alguna pareja, me conmueve hasta los huesos ver esa expresión pública de amor y compromiso. Lloro, me abrazo a extraños y salgo renovada, con fe en el amor y en el proyecto de vida que los nuevos esposos comienzan con sus amigos y familiares como testigos. En fin, lo que quiero decir es que me encantan las bodas, pero me aterrorizan como nada, si las pienso muy cercanas.

Por eso, cuando mi novio me propuso matrimonio hace unos meses, sentí la alegría desenfrenada de la sorpresa y la ilusión, matizada por un susto enorme producto de mis experiencias de vida. No conozco muchos matrimonios saludables, y como si fuera poco, al contarle a algunos amigos acerca de los planes de casamiento, cinco parejas -no estoy exagerando- aprovecharon la ocasión para contarme acerca de sus crisis matrimoniales y sus planes de divorcio. Esa tarde, fui a la botánica a darme un baño de buena suerte y llené mi casa de pastillas de alcanfor.

Con el compromiso comenzaron los preparativos y mi hermana y mi mamá, coordinaron la búsqueda de un traje de novia. No tenía idea de cómo operaba ese universo, aunque admito que más de una vez lloré con el programa de TLC "Say yes to the dress!". En mi defensa, soy sensible y lloro por cualquier cosa.

Fui con gran escepticismo y cierto grado de cinismo a medirme vestidos. Había visto muchos por internet y a través de Pinterest, aplicación desconocida para mí hasta ese momento. Me medí algunos en David's Bridal, pero no logré conectar con ninguno. Luego, mi hermana insistió en que fuéramos a D'Royal Bride. La idea de una tienda especializada en trajes de novia me perturbaba. ¿Cuánta gente se casa cada semana? Me pregunté y me quedó claro que unos cuantos, a juzgar por la gran movida de clientes en las tiendas que visitamos ese sábado.

No esperaba encontrar nada. Estaba bloqueada. Pero la dueña me atendió personalmente. Me hizo muchas preguntas, prácticamente una entrevista. Nada de lo que le comenté le pareció raro. "No quiero verme como un bizcocho". "No me gustan las telas que pican". "No quiero sentirme disfrazada". "Poder respirar es crucial". "Necesito comodidad para bailar". Seguí y seguí compartiendo mis "peros" y ella escuchó atenta, con una sonrisa. La gente que sonríe demasiado me resulta muy curiosa. ¿Cómo lo hacen? La dueña me hizo una última pregunta y en ese punto, luego de haber conversado tanto, confieso que ya había ganado mi confianza. Iba derrumbando mis muros. Eso logran las sonrisas.

Me preguntó: ¿Cómo quieres sentirse ese día? Yo contesté: "Relajada". Ella se fue. Sacó diez vestidos, de los cuales me gustaron -para mi absoluta sorpresa-, los diez. El primero que me medí me sacudió. Era una imagen inesperada. Sentía esa cosa rara que se siente cuando un objeto físico se parece a ti, te representa, lleva a lo material algo de tu esencia personal. Pero seguí midiéndome un poco por curiosidad, otro poco por diversión y otro poco para, tercamente, probar mi teoría de que era imposible encontrar un vestido.

A mi alrededor, otras novias entraban y salían midiéndose trajes y recibiendo la aceptación o las miradas de reprobación de madres, madrinas, familiares y amigas. Luego de medírmelos todos, volví al primero que me puse. Me paré en la pequeña plataforma y me miré al espejo largo rato. Comencé a llorar. Pero no a llorar bonito, sino a llorar profundo, como si me partieran el pecho y los sollozos fueran filos cortantes de una pena de cristal que tenía muy dentro. Me rompí. Lloré de emoción. Lloré de fe. Lloré de ilusión. Me imaginé vestida así caminando hacia él. Apostándole yo a aquello que celebro en los otros. Por primera vez en mi vida me visualicé como una novia y la idea de unirme al rito, compartido por tantas personas a lo largo de la historia, me sobrecogió de manera inesperada. ¿No que esto no te importaba? ¿No que todo esto era una bobería?

La muchacha que me estaba ayudando -como ocurre en el programa de televisión- me colocó una corona de flores en la cabeza y un pequeño velo. Ahí lloró mi madre, mi hermana y todos los grupos de mujeres que estaban en la tienda. Supe que era mi traje de novia. Supe que vestirme para un evento especial, dándole un valor simbólico de fe a esa tela preciosa, no tenía por qué ser un acto de sometimiento a los cánones sociales, sino un acto de libertad. Al aceptar ese rito y pacto social, luego de oponer tanta resistencia, yo también me estaba liberando.

Cuando me decidí, me dieron una campana dorada enorme y la toqué en señal de triunfo. Había escogido mi vestido y con el abrazo de esa tela, dejé atrás muchos temores y sané historias pasadas. En unos meses, cuando me lo ponga, sé que me habré salvado del cinismo, me llenaré de fe y caminaré hacia el amor, desde el amor propio y la libertad de ser que esa tela protegerá.

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