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Padres e hijos unidos por el amor y la belleza

Conoce dos historias de familias que comparten su pasión por la peluquería y que con el tiempo se han convertido en socios de negocio
Amado y Marcelo Amado Navarro. (Foto: Neidy Rosado)
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El sueño de muchos padres es encaminar a sus hijos hacia una carrera profesionales que les brinde, no solo estabilidad económica, sino que les llene de felicidad y deseos de alcanzar el éxito.

Muchos otros, abrazan la idea de que algún día sean esos hijos quienes se encarguen del negocio que por años se han esforzado en levantar. Para celebrar el Día de los Padres, Magacín ha decidido llevarte dos historias de éxito en la que los protagonistas son padres e hijos que han encontrado en la industria de la belleza su gran pasión y una carrera profesional que los une más allá de los lazos de sangre.

Socios y confidentes

 La devoción hacia la industria de la belleza es parte de la tradición de los Navarro. El reconocido estilista, Amado Navarro y su hijo, Marcelo Amado Navarro, quien también se ha encaminado profesionalmente por este campo, pertenecen a la tercera y cuarta generación de peluqueros de la familia. Padre e hijo aseguran que no siguieron el negocio familiar por presiones sino por pasión.

Amado es dueño de Amado Amado Salón & Body, en San Patricio Plaza, un espacio que ha estado en el centro comercial de Guaynabo por 55 años y que primero perteneció a sus padres. Hace 18 años, el empresario abrió un segundo salón con el mismo nombre en Plaza Las Américas.

Entre ambos salones creció su unigénito, Marcelo Amado, quien el año pasado también seleccionó Plaza Las Américas para abrir su primer negocio, Marcelo Amado Cut -n- Shave, una barbería al estilo de los años 30 y 40 en la ciudad de Nueva York, que cuenta con una barra de whisky.

Lo curioso de esta pareja de padre e hijo es que los dos vivieron situaciones similares con décadas de diferencias. Cuando tuvieron que decidirse por una carrera, inicialmente optaron por estudiar finanzas y mercadeo. No obstante, cuando cada uno de ellos se envolvió en el negocio familiar, decidieron estudiar peluquería.

“Al terminar la universidad iba a empezar a estudiar leyes y me fui a trabajar con mi papa en la parte administrativa del salón. Me gustó tanto, que un día le dije que quería ser peluquero y por poco le da un infarto. Cuando mi papá vio que estaba cogiendo el ritmo, aceptó y a sus 55 años se retiró”, recuerda Amado.

La historia de Marcelo es bastante parecida, con la diferencia que Amado no se molestó cuando su hijo decidió estudiar cosmetología y barbería luego de completar un bachillerato. Marcelo tal vez no sentía el mismo deseo de estar detrás de la silla, embelleciendo a la clientela, sino que buscaba entender mejor el negocio que “lleva en la sangre”.

“Me concentré en la administración y le propuse a papi traer de vuelta el concepto clásico de la barbería. Siempre me apoyó. Soy bendecido por poder trabajar mano a mano con mi papá”, afirma Marcelo.

Para Amado, tener a Marcelo trabajando a su lado es una bendición y siempre ha tratado de emular a su padre, educando a su hijo con el ejemplo.

“Mi papá era mi ‘role model’… Hay tres cosas bien importantes que aprendí de mi viejo: tener principios, tener valores y ser una persona justa”, menciona Amado.

El veterano peluquero dice que el día más feliz de su vida fue aquel en el que se convirtió en padre hace ya 30 años, aunque cada etapa que han vivido juntos -pues es padre soltero desde que Marcelo tenía 10 años- la ha disfrutado al máximo.

Marcelo es un tipo muy estructurado y gracias a Dios él es el que me organiza a mí. Al día de hoy, es mi socio, es mi amigo. Nos hablamos de todo, nos decimos todos, entre nosotros no hay secreto. Me siento sumamente orgulloso y feliz que me salió un hombre bueno”, asegura Amado.

Por su parte, Marcelo destaca que siente un profundo agradecimiento por lo que su padre le ha enseñado. Recuerda que pasó su niñez en la peluquería y eso le hizo ver el espacio como suyo.

“Cuando fui creciendo, papi me daba trabajos de verano para trabajar como ‘handy man’ o en la recepción. Siempre estuve involucrado en el negocio y, desde que comencé a trabajar formalmente, papi ha sido el mejor maestro que he podido tener”, asegura el joven.

Marcelo admira de su padre su calidad de ser humano y la manera en la que se ha esforzado por hacer que el personal del salón sea una familia.

“La cualidad que me gustaría tener de él, es que papi ayuda a todo el mundo. Siempre me dice que la palabra no, no existe. Es difícil conseguir en una persona ese deseo de ayudar a los demás. Admiro ese cariño que tiene a todo el mundo y los valores en los que se mantiene firme, no importa los golpes de la vida”, destaca Marcelo.

Mutua admiración

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Ángel Rosario padre e hijo comparten el amor por la profesión de la peluquería. (Suministrada)

Ángel Rosario le ha dedicado 45 años a la peluquería y también a la crianza de su único hijo, quien además de su nombre, lleva en sus manos ese talento para embellecer a través de fórmulas químicas, tijeras y herramientas térmicas.

Desde niño, Ángel Rosario, hijo, visitaba el salón de belleza. Fueron muchas las tardes que jugó en las diferentes áreas esperando a que su papá terminara para irse a la casa.

No obstante, a Ángel le tomó por sorpresa cuando, mientras ayudaba a su unigénito a buscar en qué universidad estudiaría una carrera en comunicaciones, éste llegó un día y le dijo que se había matriculado en una institución para convertirse en peluquero.

“Hasta que él me lo dijo no había notado un interés tan grande como para que decidiera dedicarse a esta profesión. Sí me había fijado que él pasaba tiempo a mi lado, mirándome. Y, desde que comenzó como peluquero, siempre demostró una habilidad increíble. Para orgullo mío, siempre lo entrené para competencias y ganó primer premio. Ganó la copa de estilismo en Miami y en Nueva York”, comenta el padre, quien además de su trabajo en la peluquería por décadas fue entrenador de los diferentes equipos de estilistas que representaban a la isla en competencias internacionales.

Por su parte, Ángel, hijo, recuerda que siempre vio a su padre trabajar con pasión y eso despertó en él interés de seguir sus pasos. Pero, además del talento detrás de la silla, también ha admirado de su padre la humildad y el deseo de superación que siempre lo han caracterizado.

“Mi papá viene de una familia bien humilde, del pueblo de Salinas. Él es el más chiquito de sus hermanos y siempre vi en él esas ganas de crecer y de ser mejor cada día. Como profesional, veía lo exitoso que era, iba a competencias, peinaba artistas y le hacían entrevistas, pero nunca dejó a un lado ese amor por el campo y ese orgullo por su origen y sus raíces. De pequeño y mientras crecía, lo veía y eso me encantaba. Hoy lo sigo admirando porque es una persona muy recta y con ganas de mejorar cada día”, menciona el hijo.

Mientras que Ángel, padre, destaca lo atento que es su hijo en el trato con la clientela además del talento en la administración del salón, dos cualidades que, a su entender son claves para el éxito de un salón de belleza.

“Confío tanto en él que le deje el salón hace más de cinco años. Decidimos que él llevara la administración y yo estoy casi como empleado”, comenta con orgullo el padre.

Pero, el talento de los Rosario en la peluquería ya ha tocado a una tercera generación, pues Andrea, la nieta mayor de Ángel ya está trabajando en el salón familiar, ubicado en Villas de San Francisco, en San Juan.

“He tratado de hacer lo mismo que mi papá hizo conmigo, que me fue guiando, no solo en la parte artística -que ella está demostrando tener mucho talento y es muy buena colorista- sino también en la administración, que es muy importante dominar si se queda manejando el salón. Ha ido aprendiendo a manejar el personal y el cliente”, comenta Ángel, hijo.

En estas últimas semanas, cuando los salones de belleza comenzaron a operar luego de la cuarentena, han vuelto a separarse, pues el padre se ha mantenido en su casa de campo, cuidando su salud y evitando cualquier posibilidad de contagio, mientras que su hijo se mantiene trabajando para recuperar el tiempo perdido con su clientela.

“He tenido la suerte de muy pocos padres de que un hijo se interese y que pueda seguir. Sin el negocio no podría seguir porque llevo 45 años trabajando y esto del coronavirus me ha puesto a pensar en la posibilidad del retiro. Pero, si me decido, puedo hacerlo, porque tengo el respaldo de mi hijo. Estoy bien, bien orgulloso y sé que, gracias a él, el salón al que tanto le he dedicado, va a seguir bien”, concluye Ángel.

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