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La paradoja de la recuperación

“Había extendido mi mano para sacarla de la dificultad, pero si ella no desarrollaba su propia fuerza para salir -con la ayuda de su Poder Superior- temía resbalar yo con ella”
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Hace poco dejé ir a una auspiciada en mi camino de recuperación. Le enseñé todas las herramientas que aprendí en mis programas de Doce Pasos. Le hablé de otros métodos y busqué en línea algunos centros de meditación en su país... Hablamos sobre cómo planificar su día para que la recuperación fuera lo primero. La acompañé en momentos de profunda depresión. Escuché sus dificultades y logros. Me decía que haría lo que yo le sugería, pero recaía todos los días. Era frustrante. Yo sentía dolor, aunque no fueran mis recaídas.

La relación entre una madrina y una ahijada no es una de poder o amistad. Se trata de una relación para rendir cuentas acerca de cómo se trabajan las herramientas de recuperación para que haya mejoría.

Percibía que mi auspiciada necesitaba mucha guía, paciencia y amor; pero yo no podía entregarle mi recuperación. Solo podía darle las semillas para que ella las sembrara en sí misma y crecieran en una nueva forma de ser. Cuando hablábamos por teléfono, yo me sentaba frente a una foto de mi Poder Superior, a quien le pedía que guiara mis palabras. Me dejé guiar para guiarla a ella.

Pero tras varios meses, sentía que no me quedaban más herramientas para compartir. Había extendido mi mano para sacarla de la dificultad, pero si ella no desarrollaba su propia fuerza para salir —con la ayuda de su Poder Superior— temía resbalar yo con ella. Me preocupaba convertirme en su “enabler” o persona permisiva; alguien a quien ella acudiría para recibir consuelo —en vez buscarlo en la comida— pero sin trabajar su programa con diligencia. Comencé a sentirme desgastada, y tan pronto identifiqué este sentimiento, se lo comuniqué con bondad. Había un aspecto de su condición para el cual yo no tenía experiencia, y entendí que ella necesitaba otra madrina.

Nos dimos un plazo de dos semanas para que buscara a otra madrina. Se resistió al principio, y antes de acabar el plazo, dejó de llamar. ¿Cómo explicarle que mi decisión no había sido contra ella, sino porque necesitaba mantener mi recuperación y permitir que encontrara la suya? Le envié bondad amorosa. Lo fundamental era que sanara. De no haber sido honesta tan pronto me di cuenta de cómo me sentía, me arriesgaba a expresar mi dolor de manera inhábil. Había presenciado mentores que le gritaban a sus aprendices. Gritarle a una persona en recuperación con sus heridas a flor de piel —como quien tiene los cables de los nervios por fuera— solo causa más daño. Es doloroso e inútil.

Auspiciar a alguien es un acto de balance: hay que ser disciplinada con la enfermedad —trabajar las herramientas de recuperación con diligencia— pero amable con la persona enferma. Las adicciones son condiciones de salud, iguales que el cáncer; solo que los síntomas están en el comportamiento. Por eso existe el prejuicio de que la enfermedad es la persona, o es su culpa. Decimos “es [email protected]” en vez de “tiene una adicción”. En contraste, decimos “tiene cáncer”. ¡Jamás decimos que una persona es el cáncer! La raíz de la adicción puede ser genética, el sufrimiento generacional de la familia, las percepciones erróneas sobre sí [email protected], la falta de amor propio y la carencia de amor y aceptación de su círculo humano. Las personas con adicciones tratan de “curar” su dolor emocional con alcohol, comida, drogas, comprando o jugando compulsivamente, o con relaciones codependientes.

Semanas después, escuché a mi auspiciada en una reunión telefónica y me alegré. Ella le pidió ayuda al grupo y se identificó con personas que tenían sus mismas dificultades. Poco después, me llamó. Agradeció las herramientas que había aprendido. Me alegré mucho con su llamada, pues significaba que podríamos trascender a una relación de compañeras de programa sin el peso de las expectativas. Ella no había vislumbrado esa posibilidad. Antes, la habían dejado ir sin una oportunidad de transición o sin explicaciones. Ella no había escuchado de esta paradoja de la recuperación: disciplina con la enfermedad y compasión con el ser humano. Al sol de hoy, todavía nos comunicamos con alegría y agradecimiento.

La persona en recuperación muchas veces hace lo mejor que puede, aunque no lo parezca. Le imponen el estigma de “persona tóxica” de quien hay que huir, cuando lo que ocurre es que exhibe sus heridas más profundas y vulnerables. Es su manera de pedir ayuda. Las críticas solo hieren más y son un obstáculo para sanar. Tal vez —como dice Ram Dass— necesita que la vean como si fuera Dios en trapos, a quien hay que recordarle su divinidad y sentido de dignidad, y no verla como un hoyo negro que se traga la energía de los demás. Definitivamente NO necesita que le tengan pena —lo opuesto de la compasión—. A lo mejor necesita que la acepten exactamente como es y donde está. Quizás está enferma de prejuicios e indiferencia. Tal vez, cuando vea la luz de la aceptación —la realidad de que merece pertenecer en el mundo pese a las dificultades que atraviesa— en ese momento, comience su recuperación.

90 días: Una jornada para sanar

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