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¿Marchar o meditar?

“Necesitamos continuar en contacto con esa fuerza del alma que nos levantó masivamente para luchar por nuestra dignidad”
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Ambas.

Cuando el dolor y la injusticia atraviesan nuestros corazones logrando que olvidemos nuestras diferencias... Cuando nos damos cuenta de que todes padecemos el mismo dolor y merecemos ser libres del sufrimiento, es momento de hacer dos cosas: 1) ir hacia adentro para reconocer y sentir profundamente el dolor colectivo que nos conecta como una sola humanidad, y 2) salir a marchar para darle voz al dolor; conectarnos en la vida real con les que sufren igual que nosotres y desear que todes estemos en una mejor situación; que salgamos adelante.

La sanación interior es realmente un trabajo colectivo; al igual que los cambios políticos.

Habernos manifestado de manera contundente y creativa ha sido fundamental; pero la fuerza y la creatividad salen de algún lugar. Necesitamos continuar en contacto con esa fuerza del alma que nos levantó masivamente para luchar por nuestra dignidad. Para conectarnos con esa voz interior, intuición, guía —no importa cómo usted le llame— es de gran apoyo tener una práctica contemplativa.

Durante el siglo XX, hubo líderes espirituales que intentaron o lograron cambios políticos significativos para poblaciones oprimidas, y utilizaron prácticas contemplativas como anclas, las citaban en sus discursos o eran parte de sus estrategias. El líder indio Mahatma Gandhi tenía un día de silencio a la semana, hacía retiros prolongados, y basó su activismo en diversas creencias espirituales. El activismo de Martin Luther King, Jr. por el fin de la segregación en EE.UU. tenía su raíz en su fe cristiana liberal; el monje Maha Ghosananda cantaba enseñanzas budistas durante las marchas que lideraba en Camboya para sanar la devastación que dejó el régimen genocida del Khmer Rouge. El monje vietnamita Thich Nhat Hanh basó su activismo en prácticas de budismo zen para intentar lograr entendimiento entre Vietnam del Norte y Vietnam del Sur. En Puerto Rico, el movimiento para detener las prácticas bélicas de la Marina en Vieques estuvo ampliamente apoyado por diversos sectores religiosos. En estos casos, se abogaba por la dignidad del oprimido, no por el odio hacia un enemigo. Se abogaba por hacerle ver a este último el sufrimiento que estaba causando, y así adelantar una causa justa. Todas fueron campañas a largo plazo.

Las prácticas contemplativas son mapas para encontrar la fuerza sabia del corazón. Ello implica mantener el corazón abierto y vulnerable ante nuestro dolor y el de [email protected] demás, cosa que se convierte en un motor para cambiar las circunstancias. Además, las prácticas contemplativas abren una dimensión más vasta del corazón sabio; revelan que es un gran espacio energía y recarga al que podemos acudir para impedir el desgaste —un oasis—. Por eso es importante, entre marcha y marcha, aquietarse. ¡Escucharse por dentro! Las utopías, que son los sueños de justicia del corazón sabio, son las ideas, los principios. Soñarlas en colectivo es el combustible. Y salir a la calle a mostrar nuestra presencia enraizada es el vehículo de cambio.

Las prácticas contemplativas también nos despiertan a otro aspecto fundamental del cambio de consciencia: la ética. Vemos con claridad que merecemos dignidad. Comprendemos la urgencia de no hacernos daño a [email protected] [email protected] Aunque sea doloroso de ver, los gobiernos maltratantes que hemos tenido han sido, en parte, un resultado del estado de consciencia del pueblo en las urnas. Se ha votado por el miedo a perder un puesto en el gobierno, o para que un político otorgue un contrato a un familiar o al votante. Se ha creído que no importa que roben en las estratas más altas, siempre y cuando compartan el botín con los de abajo. Esto lo escuché con frecuencia —y sin poder creer que hubiese gente que apoyara esa conducta— en la década de 1990, durante una administración que dejó el saldo de 40 funcionarios y contratistas acusados de corrupción. Para limpiar el gobierno de la corrupción, primero hay que abandonar esa manera de pensar, y escoger líderes íntegros. Ya no se vale votar por corruptos para luego quejarse. Dejemos de ser la víctima que aguanta golpes para no perder el apoyo económico de su agresor.

El huracán María arrancó el cordón umbilical de la ilusoria dependencia gubernamental. No nos falló un gobierno, sino dos. Aprendimos a sobrevivir gracias a la empatía, la compasión y la generosidad entre nosotres, la que provino de la diáspora, de ciudadanos y organizaciones privadas. Es necesario sembrar en la consciencia colectiva que el mantengo gubernamental indigno nos roba la posibilidad de ser la mejor versión de [email protected] [email protected] Es dejar morir el alma. Esa mirada contemplativa nos revela también cómo nos hemos fallado. Le quita el velo a la desigualdad. Somos capaces de mirar al racismo de frente; que [email protected] [email protected] y [email protected] [email protected] viven predominantemente en puntos distintos de Puerto Rico y van a escuelas diferentes; que sigue habiendo más privilegio y poder económico y social en manos de unos pocos en desventaja de quienes tenemos un género y color de piel distintos. Que hemos discriminado hacia nuestra propia tierra, fomentando la creencia de que no es suficiente para alimentarnos, cuando la agroecología está demostrando lo contrario.

Podemos mirar nuestros errores pasados con la comprensión de que hemos sido fuertemente condicionados, porque la culpa no nos llevará a ninguna parte. Pero, asimismo, necesitamos mirar nuestro presente y futuro con la determinación firme de la dignidad. Si ya aprendimos a decir “¡Basta!” y “¡Se acabó!”... ¡sigamos! Las utopías existen, y funcionan. Parimos una que inspiró al mundo. Merecemos seguir evolucionando, una y otra vez. Tal vez sea el significado verdadero de la palabra re-evolución.

En Facebook, 90 días: Una jornada para sanar

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