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Adiós al cliché de la “paz mundial”

Las más recientes ediciones del certamen Miss Universo, muestran un evento en evolución que busca proyectarse más como una plataforma compleja en la que las nociones tradicionales de belleza se cruzan con complejas posturas políticas
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Aunque ya nos parezca una era lejana, es imposible olvidar que el certamen de belleza que cada año une a cientos de miles de puertorriqueños y puertorriqueñas frente a los televisores, en una especie de carnaval cultural patriótico, durante años respondió y tuvo como protagonista a la figura de Donald Trump. El hoy presidente de los Estados Unidos solía pasearse por los pasillos de los grandes teatros internacionales, donde se llevaban a cabo las ediciones anuales del certamen, con la actitud y seguridad de quien se sabe dueño de mucho más que dólares y centavos. Trump lograba explotar su imagen de magnate, una especie de “Rico McPato” de carne y hueso que se mostraba como una versión beta del concepto contemporáneo de celebridad en el que basta ser famoso por la fama misma, y no necesariamente por poseer algún talento.

Entre las múltiples maneras de llamar la atención, a través de la franquicia del Miss Universo, Trump alardeaba de tener a su servicio —y de alguna manera “poseer”— a la mujer más bella del mundo a quien, además, podía cambiar cada año por una nueva. De ahí que, ninguna de sus acciones como presidente con relación a las mujeres es incoherente. Reprochables y peligrosas sí, mucho, pero nadie puede decir que no son cónsonas con lo que ha sido su relación con las mujeres a lo largo de la historia.

Su salida de la organización coincide con el advenimiento de una nueva ola de feminismos, en algunos casos vinculada a movimientos de denuncia social cada vez más contundentes como los vinculados al “body positivity”. Estos se han manifestado en transformaciones concretas en el campo de la publicidad que han alcanzado niveles tan masivos como la reciente desaparición del desfile de la marca Victoria’s Secret. Es decir, el mundo de la publicidad está observando la tendencia y el certamen de Miss Universo —insertado en esa misma línea— ha comenzado a proyectarse de una manera diferente. O quizás, deberíamos decir, que ha comenzado a distanciarse de esa figura y los valores que representa. ¿Cuán genuino es el esfuerzo? Está por verse.

Con un jurado compuesto enteramente por mujeres y con el precedente de excandidatas con experiencias profesionales que trascienden el mundo de la imagen, esta edición nos sorprendió nuevamente con preguntas fuertes, de profunda relevancia política internacional, con temas como el aborto, el papel de las redes sociales en los procesos democráticos, la violencia como mecanismo de presión al estado y de protesta, el debate abierto y latente entre seguridad y privacidad o el cambio climático. Y la mayoría de las jóvenes ofreció respuestas dignas, muy lejanas de aquel famoso cliché de la paz mundial o del pobre Confucio a quien le adjudicaron alguna vez inventar la confusión. A su vez, no deja de ser extraño o cuanto menos curioso, verlas responder a estas preguntas minutos después de la competencia de traje de baño o hablar acerca de la importancia de la educación o de cultivar el espíritu y el interior de cada niña y mujer, mientras su imagen refleja los cánones de belleza imperantes.

Hay muchas formas de mirarlo. Por un lado, ¿cuál es el problema de hablar de cualquier tema profundo con los labios pintados de rojo y disfrutando del performance de un tipo específico de feminidad? Por el otro, ¿no son estos certámenes en sí mismos un vestigio de la cultura patriarcal contra la cual los nuevos discursos se rebelan? En esta contradicción habita este nuevo Miss Universo y la naturaleza compleja de los debates que esta edición han suscitado, —racismo, xenofobia y otras formas de discrimen— al menos indican que el proceso evolutivo ya comenzó.

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