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Contra la presión holística

¿Qué hacer cuando el deseo de actuar de forma “natural” se antepone a las experiencias que la vida nos presenta?
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He vuelto a usar mis manos sin dolor. Casi no puedo creer que estoy escribiendo esta columna como quien toca piano sobre el teclado. Aún no están en perfecto estado y el síndrome del túnel carpiano las sigue durmiendo constantemente, pero una vez di a luz y las hormonas del embarazo comenzaron a transformar mi cuerpo, el dolor bajó de intensidad considerablemente. Pero también, porque luego de probar todos los remedios naturales imaginables, pude por fin tomar pastillas para el dolor.

El 3 de mayo se cumple el día número 40 de la cuarentena propia del posparto, que ha sido vivida dentro de la cuarentena mundial a la que nos obliga el COVID 19. En un contexto como este, de doble transformación —personal y colectiva— es imposible no encerrarse en la cueva literal y simbólica y repensar un par de cosas.

En estos días una amiga me contó acerca de su experiencia de parto y me dijo que su mayor frustración fue el hecho de que no lo disfrutó por toda la “presión holística” que se impuso. La frase se quedó en mi mente, repitiéndose a sí misma insistentemente, hasta que entendí lo que me pasó.

Yo quería un parto natural, sin medicamentos, sin mayor asistencia y guía que la sabiduría de mi cuerpo. Me había preparado para ello. No hubo libro, artículo o consulta que no realizara para alcanzar ese objetivo. Me decía a mí misma que si algo distinto sucedía, todo estaría bien, pero insistía en darme la oportunidad de parir de esa manera. Ahora me escucho y ni yo misma me creo. Sobre todo porque sé que en el fondo, quizás, una de las razones por las que quería dar a luz vaginalmente era por lo que podría significar acerca de mi carácter, y de la identidad que había construido. ¿No se supone que yo era una mujer fuerte? Pues tenía que poder parir. ¿No se supone que yo he trabajado en mi cuerpo, mente y espíritu para que estén alineados? Pues tenía que poder parir. ¿No se supone que mi cuerpo está diseñado para este proceso y si logro evadir cualquier intervención innecesaria voy a lograrlo? Pues tenía que poder parir.

Sin embargo, el 23 de marzo nada ocurrió como anhelaba. No solo tuvimos que tomar decisiones difíciles debido a la pandemia, sino que tras largas horas de dolorosas contracciones y trabajo de parto, requerí una cesárea de emergencia y anestesia general. No lo vi salir de mi cuerpo. No lo escuché llorar por primera vez. No le dije al oído las palabras amorosas que había ensayado y que soñaba, serían, lo primero que escucharía en la vida. Durante semanas lloré todos los días por lo que consideré mi primer fracaso como madre. La razón sabía lo absurdo de aquel llanto, pero el espíritu no.

Hasta que poco a poco, gracias a conversaciones y mensajes de texto con amigas, lecturas, terapia y algunos ratos de escritura pude entender que no hay experiencia más humana y natural que la que vivimos ese día. Esa experiencia de salir al mundo soñando que algo será como imaginamos y caernos de bruces y perder todos los dientes en el golpe con la realidad, es cuanto menos universal. Y en este caso específico, ¿a cuenta de qué permitimos que una idea sobre lo que debe ser defina lo que es natural para nosotros o no?

Tuve la suerte de trabajar con una doula que me recordó todos los días que el mejor camino era el que le fuera más natural a nuestra familia, el que nos diera más paz. Tuve la suerte de tener amigas que me recordaron que soy creyente en la ciencia y que es tan valiente parir en la casa como en el hospital, porque nada cambia la realidad mayor: estás trayendo una vida al mundo. Y tuve la suerte de tener una terapista que me recordó que a mi niño yo lo parí, del mismo modo en que millones de mujeres dan a luz a diario de tantas y tantas maneras.

Hoy acaricio mi nueva cicatriz con curiosidad y ternura. Hago las paces con la nostalgia de lo no vivido y le repito al oído cada madrugada a mi hijo aquellas primeras palabras. De nada me sirve esa “presión holística” que me impuse, la fuerza no estaba en el método para parir, la fuerza está hecha de otro material, en este caso, del amor salvaje y animal que nació ese día hacia mi hijo. Y ahí sí que no hay nada artificial.

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