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El no de las niñas

¿Por qué la voz y el rostro de una niña incomoda tanto como símbolo de un debate global?
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Hace unos años Greta Thungberg, la activista sueca a favor del medio ambiente, despertaba emoción e incluso ternura en la mayoría de las personas. Sus protestas solitarias, y su potente voz enmarcada en el diminuto cuerpo propio de su edad, provocaban en la gente empatía, entusiasmo, y en algunos casos fascinación. Se había convertido en poco tiempo en una de esas figuras alrededor de las cuales el mundo establece un consenso que, aunque inevitablemente simplista, se concentraba en el valor de su mensaje: el cambio climático es real y los líderes encargados de hacer algo al respecto no han estado, ni están a la altura de la amenaza.

Sin embargo, en los últimos meses y ante la expansión de su figura y su mensaje a una escala global, de pronto la niña Greta ya no les parece tan atractiva. Los ataques a su persona, a su diagnóstico de Asperger, a su familia, a su origen, a su condición de persona blanca y a todos los privilegios dentro de los cuales ha crecido han sido —por decir poco— brutales. Por un lado, dejan claro que les resulta más fácil atacar al mensajero que al mensaje, pues no hay argumentos posibles ante la debacle climática que estamos viviendo. Y por el otro, dejan entrever la entrelínea de odio dirigido a la figura de una niña, hoy día, ya una adolescente de 16 años que ha decidido interrumpir sus años escolares para gritarle al mundo en la cara que a su generación, y a la que viene, le han robado el futuro.

Es cómodo decir que su alarma es una exageración desde la tranquilidad de una vida bien vivida o desde la certeza de que se vive un momento de la vida en que el pasado, es ya mucho más extenso que cualquier expectativa de futuro. Para las generaciones que ya se encuentran en el ritmo reflexivo de la vejez, la voz de una mujer joven exigiendo un futuro a cuenta de unos cuantos años más viviendo holgada y cómodamente, no es más que una pataleta desdeñable. Nos piden que creamos en su experiencia, pero olvidan que a veces es posible estar 30, 40, 50 años haciendo las cosas mal y la experiencia, simplemente por la experiencia misma, no es argumento suficiente.

A esto hay que añadir el hecho de que la mayoría de quienes la critican son hombres blancos que han despertado en esta era del larguísimo sueño del privilegio en el que han vivido toda la vida, y darán todas las batallas necesarias para sostener sus posiciones. Les cuesta mucho soltar, les resulta imposible entender que el precio del balance que requiere la verdadera equidad es ser capaces de colocar algo en el otro lado de la balanza. Están dispuestos a aceptarla siempre y cuando sea una niña con la que puedan sacarse una foto y decirle al mundo que tienen una gota de estatura moral, ahora bien, si esa niña crece, se vuelve una mujer joven que sin ningún temor los mira a los ojos y los responsabiliza por las políticas que nos han traído hasta aquí, entonces hay que demonizarla, callarla, cancelarla. De las niñas solo aceptan un sí, no saben cómo bregar con un no.

Viene esto a colación porque tampoco se trata de martirizarla, ni santificarla. Pienso en una figura como la Madre Teresa de Calcuta, cuya obra social ha sido justamente criticada internacionalmente, y creo que jamás debemos ver a una figura como Greta desde una perspectiva maniquea. Sí, es cierto que sus denuncias las han hecho grupos indígenas alrededor del mundo durante décadas sin ser escuchados. Es cierto que sus señalamientos son el resultado de la obra robusta de científicos de todos los continentes, cuyos gobiernos han ignorado una y otra vez. Es cierto que es una niña blanca, de un país próspero, criada en un hogar estable y con las posibilidades que otros no han tenido de hacerse escuchar. Pero también es cierto que lo que dice es verdad. Y estamos aquí, gastando tinta en hablar de ella, debatiendo acerca de su figura porque en el fondo ni los privilegiados de siempre, ni nadie en el mundo está dispuesto a escuchar a una niña, a una adolescente, a una joven mujer, decirles en la cara y sin miedo: ¡No!

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