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Ese falso sentido de control

El mundo moderno nos invita a contar pasos, calorías, horas de sueño, minutos meditados, onzas de agua, tiempo de lectura en un artículo pero ¿qué realmente estamos controlando cuando calculamos cada movimiento?
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En la batalla entre la curiosidad y la practicidad, siempre me ha ganado la primera. Sobre todo si se trata de una tendencia que me inclino a rechazar. Es decir, si me suena mal alguna cosa que está de moda, por lo general la intento aunque sea una vez. Creo que es el mecanismo que he encontrado para confrontar todos mis prejuicios. Enfrentar el juicio para trascenderlo.

Llevaba tiempo mirando con cierto desdén el frenesí contemporáneo de aplicaciones de celular que cuantifican prácticamente todo lo que hacemos en el día. Cuentan nuestros pasos, las calorías que consumimos, los minutos que nos tomará leer un artículo, las onzas de agua que tomamos, los minutos que estamos dispuestos a meditar, las horas de sueño que hemos alcanzado, el tiempo que hemos pasado en las redes sociales, el cálculo exacto de tiempo que nos tomará llegar de un lugar a otro. En fin, si el celular es capaz de detectar un aspecto de la vida cotidiana, va a cuantificarlo.

Precisamente por la incomodidad que me causaba decidí intentarlo. Compré uno de esos relojes que cuentan pasos, bajé algunas aplicaciones y empecé a calcular cada movimiento. De repente seguir la tendencia de alcanzar más de 10 mil pasos andados se tornó en un reto personal, cruzar el umbral de las 7 u 8 horas de sueño en una misión nocturna y comencé a tomar decisiones de lectura tomando en cuenta el tiempo que me tomaría leer cada artículo. Contabilizar esas minucias del día a día se volvió adictivo, me daba una especie de subidón, algo así como un “sugar rush”, cada vez que alcanzaba los números que me había propuesto como meta. Sentí un placentero sentido de control, como si algo dentro de esta existencia pudiera estar enteramente en mis manos. En mi interior dudaba de todo, pero la satisfacción y el poder que emana de la sensación de controlar algo, adormecía cualquier llamado de atención o de conciencia.

Continué el experimento de manera intermitente por poco más de un mes, hasta que un día me vi pesando un pedazo de pan sobao para mantener el cálculo calórico exacto. De repente me detuve a mirar la escena y me quedó claro que la única manera justa de disfrutar el pan sobao, es comiéndolo caliente en la bolsa, en el carro, justo al salir de la panadería. Los números y el placer no suelen cuajar bien en mi mundo.

Entonces, regresé al punto de origen de escepticismo y duda, mas no de juicio. ¿Quién es nadie para, en un mundo tan caótico, juzgar a quienes quieran sentir algún sentido de control? ¿Quién soy yo para juzgar el placer de los otros?

Ahora bien, en lo que a mí respecta. El experimento fue un fracaso monumental, de esos eficaces y extraordinarios que nos regalan certezas. Entendí que el verdadero sentido de control en mi vida, emana de la conciencia absoluta de que en el fondo es tan poco lo que podemos controlar. Aceptar que nada está bajo control y que, contradictoriamente, todo está bajo control a su vez, es el tipo de balance que prefiero.

Si quieres contar pasos, minutos de lectura y onzas de agua, adelante. Si quieres no hacerlo, también. Lo importante está en que no te engañes, en que no permitas que un cúmulo de cifras definan tu sentido de bienestar. Lo esencial, al final, es entender que solo cuando nos rendimos al misterio de lo controlable y lo incontrolable, alcanzaremos ese estado de ligereza, la deliciosa certeza de que nada está bajo control y no hay control más bello que ese.

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