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Estación interior

¿Qué hacer cuando la tristeza se estaciona como si reclamara su tiempo en el calendario de nuestro cuerpo?
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¿No les pasa que a veces descubren que tienen el corazón como un pedazo de carne atravesado por un anzuelo?  Leila Guerriero, periodista argentina 

Ocurre de vez en cuando y sin avisar. Te levantas, todo está en orden, y aquello que está en desorden está bajo control, o ya lo has entendido, o ya te has resignado y simplemente no lo peleas más. Aún así, sucede y como si siempre fuese la primera vez, te sorprende igual. Llega una tristeza tan intensa, tan familiar y a la vez, tan extraña y se estaciona en tu cuerpo y lo único que puedes hacer es pelearla o rendirte. 

A mí también me pasa. Con el tiempo la he ido conociendo. Cuando era niña, esa tristeza se manifestaba en largos silencios que podían durar días y alimentaron la timidez. Jugar sola, leer sola, bailar sola frente al espejo, hablar sola con los juguetes en silencio, siempre en silencio. En la adolescencia se manifestaba en una urgencia por participar de todo. No perderme de nada era la mejor batalla. Estar presente, tan viva siempre, activa, nunca dormida, nunca en silencio, era el antídoto. En los veintes, había que anestesiarse, con amores, con vinos, con experiencias, con viajes, con trabajo, siempre tanto trabajo, para palear la tristeza. Nunca sucumbir a ella. Nunca permitir la entrega total. 

Pero ahora en los treinta, me doy cuenta que sigue llegando de vez en cuando y que es inútil organizar la resistencia. Primero la siento en los cachetes. Me pesa aun quintal la sonrisa. Luego en el resto del cuerpo, se me hacen un espiral las extremidades, entumeciéndose, achicándose, buscando esconderse de algo que no sé bien qué es. Pero se esconden y aquello que no sé bien qué es, pasa sobre mí y se va. Deja un rumor, un humo, la esencia de su presencia y se va. Quedándose. 

Es tan misteriosa la tristeza cuando llega así. Se siente tan dueña de ti, te ocupa, te coloca un filtro tan distorsionado que es incapaz de reconocer la belleza. Y entonces el atardecer rosado y naranja, se convierte en nostalgia y melancolía. El baile de resplandores de los rayos de sol al tocar el agua de mar, no parece ya cosquilla sino punzada, cada caricia se vuelve herida y te atraviesa. 

No tiene una explicación lógica. Pero sucede que a veces el cuerpo tiene su propio calendario y no puede escaparse el invierno interior. O quizás, esa tristeza sin rostros, ni nombres, ni memorias, nos atraviesa a todos porque a todos nos pertenece. No lo sé. 

Sucede también que un buen día, ese aguarse de la piel, ese calentón que se parece al llanto, se agota y te abandona, y cae sobre ti una especie de gracia, una hoja caída de árbol que te traza nuevas rutas y tus cachetes vuelan en una sonrisa ligera. Y así como te ha sorprendido su llegada, te conmueve su partida. Y sales a la calle, y sientes el sol en la piel y tu voz suena a ti, y tus ojos tienen el filtro de tus vivencias y tu historia, y del estómago te sale una carcajada estruendosa y te sientes tan a salvo que un buen día la olvidas del todo, convencida hasta tu médula de que no regresará. 

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