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Hombres que saben llorar

En medio de la llamada crisis de la masculinidad, es importante celebrar a los hombres que contra todo pronóstico se empeñan en evolucionar
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El cuartito estaba lleno de imágenes de salseros famosos. Más que un cuarto, era una pequeña covacha en los bajos de la casa que, con mucho esmero, había sido transformada en refugio musical. Allí, cada tarde, aquel hombre delgado de unos 55 años, se encerraba a escuchar sus discos favoritos. Casi siempre, el íntimo concierto terminaba en llanto. Ya no están Maelo, ni Lavoe, ya no están vivos todos los protagonistas de aquel santoral cocolo.

Vi repetir esa imagen una y otra vez: un hombre que vive y actúa conforme a las estructuras sociales que ha aprendido y puede ser -a su vez- víctima y victimario del machismo, pero que de vez en cuando se permite en el encierro y la intimidad, la posibilidad de hacerse vulnerable. Los vi en el entierro de Cheo Feliciano, los veo en el cine, o en el aparente anonimato del interior de un carro.

Me gusta ver a un hombre llorar. No por morbo, ni maldad, tampoco porque haya que reconocer como una gesta heroica la tan natural reacción humana de expresar sentimientos. Me gusta esta imagen porque en su esencia contiene una capacidad de ruptura.

Cuando un hombre se permite el quiebre del llanto, los fuertes hilos que sostienen el patriarcado, se debilitan un poco, se aguan, se aflojan para, de inmediato, fortalecerse con el hilo invisible y mucho más fuerte que construye la vulnerabilidad.

En esta amplia conversación acerca de la búsqueda y la lucha por la equidad de los géneros, la erradicación de los feminicidios y el diseño de un mundo más justo, es importantísimo y es urgente, escuchar e integrar las voces de los hombres, muchos de los cuales aspiran al mismo objetivo pero no saben por dónde empezar. Y sí, podríamos decir que a las mujeres no nos debería tocar también la reescritura de todas estas narrativas, pero a veces el despertar implica llenarse de compasión y empatía ante aquellos que aún duermen.

Esos hombres que lloran a sus salseros -y que alguna vez llamé las viudas de la salsa- lo hacen porque en sus canciones y letras encontraron la forma de expresar sus sentimientos. Maldeamores, abandonos, soledades y sí, también misoginia, violencia y maltrato. ¿En medio de una ecuación tan contradictoria puede haber ternura? Sí y si queremos trascender esa humana contradicción, sanarla y partir de una nueva escala de valores, tenemos que reconocer que existe.

Conozco a muchos hombres que han pagado muy caro la osadía de llorar, o aún peor, que han pagado el precio más alto aún de contener el llanto. Esa agua, si no se mueve se vuelve pozo y llega el dengue, la enfermedad, la amargura y la muerte. Es una metáfora simplona, pero tan apropiada.

Celebremos a los hombres de nuestras vidas que han hecho el esfuerzo valiente de aprender a llorar, de luchar contra la estructura social que les dice que tienen que ser fuertes, proveedores, defensores, valientes, que tienen que saber usar una caja de herramientas o que su valor radica en su capacidad de resolver problemas. También pensemos en aquellos que aún no lo consiguen, enviémosle empatía y compasión, sin que eso nos lastime. Se puede amar a alguien y aún así, decirle adiós. Se puede amar a alguien y a pesar de sí mismo, mantenernos cerca. Se pueden sanar tantas cosas con esa agua de mar que nos sale por los ojos.

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