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La pequeña muerte

La transición a una nueva realidad de vida a veces pide que aceptemos algo tan doloroso como liberador: una pequeña muerte interior, la desaparición de la que fuimos para poder dar paso a la que será
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En el fondo siempre hemos sabido que somos una multitud. Nos habitan todas las versiones del yo que hemos construido a lo largo de nuestras vidas. Somos ese coro de versiones de nosotros mismos que al final del día compone la complejidad de nuestra identidad, siempre tan cargada de contradicciones, siempre tan líquida. Pero hay veces en que nos estacionamos por un buen rato en uno de esos yo, por lo general, cultivamos esa identidad que resulta de las duras lecciones aprendidas a través de los años, de las decisiones tomadas en materia de valores y hasta de gustos y aficiones. Nos toma años escoger, definirnos desde lo más simple: cuál es mi estilo, mi forma de hacer las cosas: cocinar, leer, bailar; a la más compleja: cuáles son mis valores, en dónde me posiciono políticamente, creo o no en la existencia de un ser supremo, en fin, a qué tribu pertenezco. Y una vez esas interrogantes empiezan a definirse, descubrimos una identidad propia en la que finalmente nos sentimos cómodos. En ese momento ocurre una madurez particular y aferrarse a esa sensación tan parecida a la plenitud es lo más natural.

Lo que sucede es que la vida no permite que nos acomodemos demasiado tiempo en una de esas identidades. Con cada año que pasa y cada nueva experiencia, nos va creciendo encima una nueva muñeca rusa, lo queramos o no. Con 31 semanas de embarazo, la literalidad de esa imagen —la de la muñeca rusa— se ha instalado en mi cuerpo de una manera brutal. Me está creciendo otra mujer encima. Mientras se forma mi niño en mi interior, alrededor, se estira la piel y se transforma el cuerpo de la mujer que he sido hasta ahora y que tanto trabajo me había dado construir. Estoy experimentando una pequeña muerte de ese yo que, contra todo pronóstico, logré amar.

Estoy de luto. Se muere la mujer absolutamente libre que tiene por costumbre viajar sola en aviones, se muere la mujer que siempre se pensó a sí misma desde una soledad placentera, se muere la esposa casi recién casada que agarraba cualquier abrigo y sin pensarlo demasiado se iba de aventura con su esposo, un hombre que siempre me ha querido en libertad, se muere la mujer que nunca ha visto el amor por otro ser manifestarse en una vida nueva desde su propia carne, se mueren tantas cosas ante esta nueva realidad.

Y a su vez, no hay tragedia aquí. No se trata de una muerte del todo doliente. Es una muerte invocada, deseada y sobre todo necesaria para la llegada de mi niño al mundo. Yo elegí ser madre y siento una larga lista de sentimientos nuevos que aún no alcanzo a nombrar pero que reconozco nobles, felices, plenos. Lo que ocurre es que podemos anhelar el nuevo yo que seremos —en mi caso, convertirme en madre— y añorar, extrañar, despedirnos y sentir un duelo profundo y visceral por el yo que fuimos y que poco a poco se dejará cubrir por la nueva muñeca rusa que me va naciendo encima. Nada más honesto que esa contradicción.

Me dirán que una no se muere nada, que hay que luchar por mantener la identidad propia que hemos forjado, que se puede ser todo a la vez y tenerlo todo a la vez, pero no nos engañemos, muy en el interior —quizás cerca de la niña que fuimos— habita una realidad irremediable: podemos ser multitudes, pero no las encarnaremos todas a la vez.

Sé que volveré a viajar sola y a hacer muchas de las cosas que he hecho en estos 35 años, pero también sé que es inevitable que todas esas experiencias pasen por un nuevo filtro y estar en paz con eso e incluso desearlo, no significa que no se pueda detener una por un rato y aceptar que no hay manera posible de crear una nueva vida sin atravesar una pequeña muerte.

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