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La sabiduría de la cueva

El actual periodo de cuarentena nos obliga a una de los encuentros más duros que podemos experimentar, el encuentro con nosotros mismos
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Escucho podcasts y audiolibros. La mayoría de las veces porque me interesan los temas, pero también recurro a ellos cuando simplemente no quiero escuchar mis pensamientos. El susurro de otras voces siempre está ahí disponible para calmar la propia. Es la huida perfecta.

Y lo ha sido en estas últimas semanas de embarazo en las que me ha tocado iniciar un confinamiento casero, un poco antes de que la pandemia nos obligara a todos a repensar el modo en que nos movemos y relacionamos en el espacio. Lo de la cuarentena y el confinamiento -con la enorme excepción del temor que la enfermedad genera- no se siente como una experiencia nueva. El año pasado mientras completaba un manuscrito de un libro, viví unos seis meses en modalidad monacal. Me levantaba al amanecer, hacía una pequeña caminata en el parque, desayunaba y no me movía del escritorio hasta las dos de la tarde. Luego almorzaba media hora y regresaba a escribir hasta las siete de la noche. A esa hora salía a tomar una clase de pilates y regresaba, cenaba algo sencillo y volvía al escritorio hasta la medianoche y así todos los días.

En ese periodo no solo terminé el manuscrito, sino que trabajé en la relación más compleja que cualquier ser humano puede tener: la relación con uno mismo. La creación de una rutina y el ajuste a ella con disciplina me permitieron tener las conversaciones incómodas que tenía pendiente conmigo misma. Preguntas como: ¿esto es lo que quiero estar haciendo con mi vida? ¿Qué tengo que hacer para desprenderme de esa pena, de ese dolor, de ese rencor? ¿En qué fallé en esa relación que acabó mal? ¿Cuánto de lo que digo anhelar lo quiero de verdad y cuánto responde a lo que otros esperan de mí? ¿Qué puedo controlar y qué tengo que aceptar que no está en mis manos? ¿Cuál es la raíz de esta tristeza? ¿De dónde nace la alegría cuando la siento?

La lista de preguntas es mucho más larga y probablemente más incómoda, pero por ahí fue la cosa. Luego vino el embarazo y la inevitable salida de la cueva de escritura. Llegaron los reencuentros con familia, amigos y colegas. Llegó el año nuevo y con él los terremotos, el tercer trimestre y ahora una pandemia. Ahora todos -y ese todos nunca ha sido más inclusivo que ahora- estamos llamados a quedarnos en las cuevas del hogar, enfrentando los recovecos de la casa en los que hemos acumulado objetos que nos recuerdan aquellos que fuimos en otros tiempos; espacios que es tan fácil ignorar en el día a día, cosas de las que siempre hemos podido escapar.

En la cueva el tiempo se mueve más lento no solo porque nuestro desplazamiento físico es más reducido, sino porque contrario a lo que sentimos cuando salimos a la calle, nosotros ya no pasamos por el tiempo, el tiempo nos atraviesa en esta quietud. Nos obliga a detenernos, a mirarnos, a enfrentar las memorias y los rastros de lo vivido que nuestras casas conservan entre muebles y paredes. La pandemia nos ha obligado a volver a casa.

Y esta vez no es a la conflictiva o nostálgica casa de la infancia, es a la casa que habitamos hoy, la cueva del yo del presente, de la persona en que nos hemos convertido. Esta vez no hay escapatoria posible. Nos toca enfrentarnos con la cueva que habitamos y que nos habita.

Saldremos cambiados de esta experiencia, no solo por lo que ya ha pasado y continuará pasando en el mundo o por las dolorosas lecciones de este miedo colectivo, saldremos cambiados porque por primera vez en mucho tiempo comunitariamente nos enfrentaremos a nuestra casa interior. Ojalá ahí adentro también logremos lavarnos bien las manos.

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