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Las lecciones del dolor

A veces este estado nos invita a repensar nuestra definición de fuerza, de resistencia, y quizás, también de amor
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Solía escribir rápido y teclear con fuerza. Tanto así que a la mayoría de los teclados les he borrado las letras. A veces, incluso, escribía más rápido que el flujo de mis pensamientos. Me creía pianista cuando escribía, cambiando de ritmos cada vez que apretaba la tecla ancha que marca el espacio entre palabras. Cuando no encontraba una palabra o una idea, movía las manos y los dedos inconscientemente frente a mí como si quisiera pescar la frase perdida en el aire. Siempre he sabido que pienso con las manos.

Mi proceso de pensamiento es motor. No puedo dictar un texto. Las manos desenredan los hilos de la cabeza y no concibo otra manera de pensar que no sea a través de la escritura. Así funcionaba mi vida hasta hace seis meses.

Nadie te lo advierte, pero el embarazo te pide una entrega total, una serie de aceptaciones y de procesos que si una los pensara con cabeza fría —o alguien le explicara lo que viene sin maquillar tanto la realidad— habría que cuanto menos pensárselo un poco más. Yo estaba lista para entregar mi tiempo, cambiar mi vida, transformar mi realidad y la de mi familia. También para las transformaciones físicas y los malestares naturales que vendrían con el proceso tan animal de crecer una vida. Para lo que no estaba preparada era para tener que entregar la médula de mi esencia como ser humano.

No imaginé jamás que el embarazo me cobraría mis manos, no pude prever que para traer esta nueva vida al mundo tendría que pasar seis meses con dolor crónico producto del síndrome del túnel carpiano más violento que he experimentado en mi vida, y que entregar mi cuerpo a esta experiencia implicaría también entregar la escritura, es decir, mi vida toda.               

Solía escribir rápido y ahora mismo llevo más de una semana tratando de completar esta columna. Mis manos se han ido atrofiando tanto debido al nervio pinchado, que los dedos me funcionan por menos de un minuto antes de dormirse o simplemente endurecerse de tanto dolor. En esas pausas, las ideas se escapan, me abandonan, buscan un cuerpo más propicio para nacer. Me despiertan por la noche los corrientazos eléctricos del nervio y me he visto dándole golpes a la mano contra la pared o fantaseando con martillarme la muñeca. Suele pasar que cuando algo nos duele mucho, buscamos infligir un dolor mayor que nos distraiga del que estamos experimentando. Aplica igual a todos los dolores, a los del cuerpo y a los del espíritu. Va un abrazo y todo mi respeto a la gente que vive la vida con dolor crónico. El dolor —sea físico o emocional— es un filtro muy denso a través del cual mirar el mundo. Lo atrofia todo. El cuerpo. Las querencias. El pensamiento.

Lo he intentado prácticamente todo en el universo de los remedios: acupuntura, masajes, terapia, ejercicios, sumerjo la mano en parafina todas las noches, frío, calor, baños de sal de higuera, alimentos y variedad de tés anti inflamatorios, parchos de lidocaína, inmovilizadores, y hasta en una ocasión, envolví los brazos en hojas de repollo y solo obtuve a cambio un sarpullido. Nada funciona, y mucho menos en esta etapa final del embarazo, en la que la hormona relaxina —que se ocupará de expandir y relajar mis caderas— hace lo mismo con todas mis coyunturas y huesos y abona a pinchar el nervio. En fin, no hay nada que hacer excepto seguir aguantando el dolor y viendo cómo se me caen los vasos, la mano pierde movilidad, y escribir, ese ejercicio que siempre ha sido sinónimo de libertad, se va convirtiendo en un espacio de dolor.

No cuento esto para hacer un archivo de calamidades o para que me toquen el violín más pequeño del mundo. Lo cuento porque estoy segura que cada mujer embarazada tiene su propia versión de este malestar, e incluso fuera de los confines de un embarazo, es posible entender la sensación de tener el cuerpo tomado, ocupado, invadido por el dolor.

El embarazo ha sido una experiencia violenta de ocupación total. Sé que el imaginario de la embarazada virtuosa jamás permitiría semejante señalamiento. Es un tabú quejarse de algo así, la sociedad es muy clara con las mujeres embarazadas: o emulas a la Virgen María en virtudes o eres una malagradecida, malamujer, malamadre, malapersona y un largo etcétera de palabras semejantes.

También sé que no todas las mujeres lo viven igual, que hay embarazos muy plenos y llevaderos y que esa experiencia también es hermosa y dignificante. Lo que sucede es que si una lección me ha dejado el dolor es que hay muchas más definiciones de las que conocemos de lo que es ser una mujer fuerte, una persona fuerte.

En mi caso, he aprendido que rendirse al dolor sin resistencia es la forma de la fuerza que el embarazo me ha permitido conocer. Cada vida nueva reclama un cuerpo antes de crear el propio. Mi hijo me ha pedido mis manos y yo se las he entregado. El dolor pasará. La fuerza no era cuestión de resistencia, sino de dejarse atravesar.

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