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Las primeras canas

Si vencer con vida el paso del tiempo es una victoria, ¿cómo reivindicar la belleza de envejecer en una sociedad que rinde culto a la juventud?
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La primera apareció en la coronilla. La encontró el estilista que me estaba cortando el pelo. Tuvimos un momento y de inmediato le pedí que la arrancara. La pequeña punzada en el cuero cabelludo fue de un alivio total. Pasaron los años y no volvió a aparecer ninguna más. Mi padre tiene el pelo blanco pero a mi madre, que está próxima a cumplir 70 años, todavía le crece el pelo negrísimo. Así que me declaré con suerte y lo olvidé.

Me dan melancolía los cumpleaños. Son el verdadero año nuevo y ese rito social, marcado por el fuego de una vela que se apaga, siempre me lleva a un estado de nostalgia. Apenas se ha ido a habitarme por dentro la mujer que fui antes de ser esta que ostenta una nueva edad, y ya la extraño. Se me hace más fácil quererla que cuando éramos sólo ella y yo. Siempre es más fácil querer aquello que se acaba.

Es cierto eso que dicen de que la edad es un estado mental, también es cierto que en un mundo en el que es posible vivir pasados los cien años, cumplir poco más de tres décadas y sentir el paso del tiempo suena como una tontería. Pero lo que sucede con las tonterías y los sentimientos, es que importan porque son tuyos y no hay que pedir permiso para sentirlos.

Este mes cumplí 35 años y desde el año pasado han regresado las canas. Ya tengo como seis y cada vez que las encuentro frente al espejo se me aparecen como pequeños destellos de luz. Así también es el paso del tiempo, nos llena los ojos de belleza sólo para recordarnos segundos después que con esa luz comienza también a nacer una sombra. También me ha cambiado el rostro. Mis cachetes generosos ahora muestran un par de pómulos salientes dignos de villana de películas. Al sonreír me salen rayos de líneas por los ojos y la piel poco a poco se me está convirtiendo en una misteriosa constelación de lunares rojos. Tolero menos el vino y entre dormir temprano y salir de fiesta, prefiero lo primero sin chistar. Nada más salvaje que ponerse crema en la cara un viernes a las ocho de la noche. Soy toda una rebelde contracultural.

He aprendido por fin a comprar cosas de mayor calidad aunque sean más caras, a usar bloqueador solar y a no regar el delineador de ojos. He descubierto nuevos pudores y urgencias, y he abandonado antiguas pasiones y miedos. Ya no uso tacones a diario porque me duele la espalda y me ocupo de nunca abusar del azúcar para que no pierda su curva la cintura.

Pero quizás lo más importante, es que por fin estoy aprendiendo que uno atraviesa el tiempo sí, pero que el tiempo le atraviesa a una también y ante eso lo único que hay que hacer es rendirse. El problema es que muy pronto nos enseñan que rendirse no es de valientes, que no está bien, que es todo lo contrario a lo que debemos aspirar. Y entonces ahí queda una, amando sus canas y queriéndoselas arrancar.

¿Contra eso qué hacer? ¿Contra el culto a la juventud y el inevitable paso del tiempo qué hacer? Pues sentir, reír, bailar, llorar, relajarse, procurar el balance entre disciplina y placer, entender que la juventud está en la mirada que no deja de sorprenderse y maravillarse ante lo más cotidiano y que envejecer no es otra cosa que sentir por fin en el cuerpo esa abstracción que es el tiempo.

Y si nada de eso funciona, también se vale pintarse las canas. Después de todo también se trata de la libertad de ser y hacer, así sea la libertad de escoger por derecho propio, aquello mismo que nos tratan de imponer. Esa es nuestra canosa paradoja.

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