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Liberaciones que esclavizan

¿Cómo saber cuándo la libertad sexual es una decisión y cuándo se convierte en una forma de presión de probarle al mundo cuán libres somos?
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Conversando con muchas mujeres, hijas y protagonistas de la segunda ola del feminismo de los años 70, me he topado con una reflexión que se repite cuando me hablan acerca de sus experiencias con la liberación sexual. Esa idea de que, en cierta medida, la autonomía sobre el cuerpo propio tenía muchísimo —y a veces todo que ver— con la libertad de elegir y tener cuantas parejas sexuales se quisiera. Como es de esperarse, muchísimos hombres “aliados” de estos movimientos favorecían esta actitud. Y muchos asumieron esa conducta como una especie de manera de “probar” cuán verdaderamente liberal era una mujer. Muchas, demasiadas, cayeron en la trampa.

No veo nada de malo, ni inmoral, ni indigno en el hecho de que una mujer libre y voluntariamente escoja compartir una experiencia sexual con la o las parejas de su preferencia. En lo que sí me han hecho pensar y reflexionar estos diálogos es en las motivaciones que hay detrás de ello. Sobre todo porque para muchas de ellas, con el paso del tiempo, aquella promiscuidad política se convirtió en un trauma.

“Desvaloricé mi cuerpo, mi sexualidad. Me convencí a mí misma de que la única forma de ser una mujer libre del patriarcado y de las convenciones sociales era probándole precisamente a los hombres cuán ‘libre’ era. Y mira la contradicción, buscaba mi libertad por la vía de la aprobación de los hombres”. 

Esta frase, que reconstruyo de múltiples diálogos, recoge el espíritu de lo que me han compartido muchas mujeres y el germen de este cuestionamiento: ¿fue liberación sexual o una subrepticia forma de seguir esclavizando a la mujer?

De pronto, me provoca pensar que cada caso es distinto. El acceso al derecho al placer femenino, la exploración libre de la sexualidad es un componente importantísimo de la liberación de la mujer y para muchas se trató de un paso fundamental en ese proceso de desaprender convenciones sociales abusivas. Pensar, “mi cuerpo me pertenece y yo decido con quien lo comparto”, hoy día pareciera un dado, pero hace pocas décadas —e incluso al día de hoy— puede ser un acto revolucionario para muchas mujeres. A su vez, es importante siempre cuestionarnos, y pasar estas experiencias por el filtro del “yo” más íntimo. ¿Por quién estoy haciendo esto? ¿En función de quién está el placer? ¿Estoy haciendo esto porque estoy convencida o porque necesito probarle al mundo cuán libre soy?

En los 70 descubrimos la liberación de decir sí, sin que a nadie le importe. En este tiempo quizás, nos toca adueñarnos final y completamente del cuerpo y eso también implica decir que no. En este proceso no hay vergüenza, no hay pudor, ni espacios para los arrepentimientos. Se hizo lo que había que hacer cuando había que hacerlo, pero no puedo negar que estas conversaciones me sacudieron y me dejaron con el deseo de que, cuando las mujeres de mi generación estemos llenas de canas, podamos mirar atrás y decir que escuchamos a las que vinieron antes y que cuando dijimos “No”, no fue para salvaguardar reputaciones, ni el “honor” familiar, ni ninguna cuestión ajena. Fue un “No” tan libre como cualquier sí. Y que podamos decir que todos los “Sí” que dijimos en la vida, fueron aquellos que no le prueban nada a nadie y se entregan verdaderamente libres al placer.

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