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¿Llegaste bien?

Pudo haberse llevado el carro, haberme llevado a mí, pero se “conformó” con todas las cosas que encontré y que le di en un instante
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No sé cuántas veces habré contestado esta pregunta, ni cuántas más la habré formulado. ¿Llegaste bien? La respondo a amigas, amigos, familiares. Se la respondo a mi esposo, y si tardo un poco más de lo usual, ya hay justo motivo de preocupación. Lo mismo espero de mis amigas cuando nos reuníamos para una copa después del trabajo. “Textea cuando llegues”, es una frase que hace mucho dejó de ser una señal de control —al menos entre amistades, familiares y parejas sensibles—, para pasar a ser, tristemente, un gesto más de preocupación y de conciencia de la realidad.

Hace unos años, un sábado, salí a correr alrededor del Puente Dos Hermanos en San Juan. Oscureció cuando llegué al lugar donde había dejado estacionado mi carro. Como siempre, en una acción que hemos normalizado y ya no nos espanta, caminé hasta allí con las llaves agarradas en las manos como si fueran una cuchilla, mirando hacia todos lados y con el corazón más acelerado del susto que del ejercicio. Llegué a mi casa. Me estacioné en la calle y cometí el “error” de tardarme más de un minuto en bajarme. Cuando abrí la puerta había un hombre con una pistola esperándome. Se llevó todo lo que pudo. Tuve “suerte”. Al parecer no era un ladrón con experiencia. Pudo haberse llevado el carro, haberme llevado a mí, pero se “conformó” con todas las cosas que encontré y que le di en un instante.

Ese suceso es tan ordinario que decenas de personas que conozco han vivido algo similar y, aunque tuve pesadillas con su cara por meses, no me traumó. Mucho más me preocupó mi reacción inicial. Lo primero que pensé fue: bueno que me pase por andar por la calle sola en la noche. ¿Por qué tenía que irme a correr si ya casi iba a oscurecer?

Lo escribo y me muero de vergüenza ante el absurdo de mi auto recriminación. Yo que había sido una de las organizadoras de la campaña virtual “Andando la calle sola”, que se gestó tras el asesinato de la cantautora Ivania Zayas. Yo que tengo clarísimo que los espacios se recuperan ocupándolos, poniendo el cuerpo y que la calle me pertenece a la hora que sea y eso no tiene que, no debe representar una condena. Pero eso es lo que nos hace el miedo, nos entumece, nos convierte en una especie de moriviví humano que nunca despierta y nos empuja a seguir retrocediendo y retrocediendo hasta que nos encarcelamos voluntariamente, felices y agradecidas. ¡Pues no!

No podemos permitir que ni ese asalto, ni agresiones muchos más violentas, ni ninguno de los incontables ataques a la libertad de una persona —sobre todo de las mujeres— de habitar el espacio público, nos siga empequeñeciendo, desapareciendo de nuestro derecho de habitar el mundo.

Lo que hemos visto esta semana con las muertes violentas de mujeres en la isla nos obliga a cuestionarnos: ¿cuánto más vamos a tolerar que lo normal sea esperar que no lleguemos a salvo a casa?

Y lo peor es que nada de esto se arregla con indignación, aunque nos sobre; ni con escritos como este, aunque se sigan publicando. Esto se atiende con educación, con voluntad política. ¿Queremos más equidad? Cuido de niños universal. ¿Queremos más equidad económica? Legislen contra el impuesto rosa y la disparidad salarial. Y así, asunto por asunto.

Hay que arrancar sin miedo la raíz social que nos define y plantar una nueva en la que, de una buena vez, las mujeres dejemos de ser vistas como propiedad de un hombre, de una familia, del estado y por fin podamos hacer algo tan sencillo y tan revolucionario como andar por la calle solas, sin que hacerlo, sea jugarnos un turno más en la ruleta rusa. 

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