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Lo animal

Estamos entrenados para manejar los confines de la mente y del espíritu, pero muy pocas veces desciframos el lenguaje único del cuerpo en su esencia más animal
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Nunca me han gustado los senos grandes. Cuando de niña comenzaron a crecerme y me gradué de un brasierre talla AA, a una copa A, lloré sin consuelo. La transformación física me provocó el mismo dilema existencial que el cumpleaños número diez. Por alguna razón, el salir de las edades de un solo dígito al largo camino de las edades de dos dígitos, me sobrecogió. No sé si es que no quería crecer, o que empecé a experimentar la nostalgia muy temprano, lo que sí es seguro es que la expansión en años y en el pecho le causaba angustia a la niña que fui. Probablemente, se trató de la primera vez que comprendí que la mayoría de las cosas en la vida no están bajo nuestro control. O quizás fue algo mucho más simple: el cuerpo sabe más que una casi siempre y crece y hace y deshace más allá de nostalgias y dilemas existenciales.

Con los años esa cualidad del cuerpo de hablar y comunicar más allá de lo racional, comenzó a intrigarme. Como periodista siempre me ha encantado entrevistar deportistas, porque suele llegar un punto en la conversación en el que queda claro que ellos y ellas entienden algo del vocabulario del cuerpo que yo no. Entonces tratamos y siempre fracasamos, mutuamente, en el intento de apalabrarlo. Por falta de mejores palabras suelo pensar esa sabiduría como el conocimiento esencial, o quizás, esa fuerza hermosa y poderosa que nos queda de “lo animal”.

Es por eso que tenía tantas ganas de tener un parto vaginal. Yo quería sentir la animalidad absoluta del proceso, la carne expandida y agrietada, la sangre vertiéndose entre las piernas, un nuevo cuerpo abriéndose paso, la divina viscosidad de todo aquello. No me tocó, pero en su lugar me ha tocado una vez más el dilema infantil de la expansión de los senos. Estoy lactando a mi hijo en un cien por ciento. No lo digo como un acto de virtuosismo materno. Si bien reconozco los beneficios de la leche materna, estoy convencida de que la lactancia es una decisión de cada madre en diálogo con su cuerpo. No es para todo el mundo y no debe haber presión social ninguna para obligar a una mujer a lactar. Dicho esto, ya van poco más de dos meses de lactancia exclusiva y en el proceso he visto mis senos expandirse y desinflarse, enrojecerse y dolerse con una mastitis violenta; los he visto llenar la nevera de potes de leche y secarse al punto de producir apenas lo necesario. Se me ha pelado la piel de los pezones y he logrado enlazar el bebo al pecho prácticamente sin dolor y sin sentirlo. Hay días en que, al sacarme la leche con la máquina, parezco Madonna con sus sostenes puntiagudos y hay otros en los que siento los senos agitados, cansados, extenuados de tanta producción y parezco un globo de helio abandonado al final de una fiesta.

Soy un mamífero en operaciones que ve a su hijo crecer y expandirse mientras mis pechos se van secando en cada toma. Me da un hambre irracional, ajena, salvaje. Soy un animal que alimenta sin que medie lenguaje, ni ideas, ni nostalgias, ni miedos, ni espiritualidades, ni raciocinios. A lo mejor era eso lo que entendían los deportistas, que el cuerpo y su animalidad no necesitan mapas ni guías. A lo mejor ya era tiempo de hablar el sabio lenguaje de la piel, los huesos y la sangre.

Quisiera terminar esta columna aquí, sintiéndome victoriosa de acceder a un ápice de la sabiduría que viene con la animalidad. Pero sucede que todavía detesto los senos grandes y aunque disfruto alimentar a mi hijo, no veo la hora de que vuelvan a su pequeñez habitual y el animal que soy se torne más silvestre que salvaje y pueda regresar al universo seguro de las nostalgias, allí donde hay palabras para todo, incluso para nombrar lo animal.

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