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Maternar y trabajar, esa desesperante contradicción

¿Cómo conciliar las ganas de trabajar con esa reacción visceral de responder al grito de la cría? ¿Cómo era que se hacía eso de ser madre trabajadora?
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Había pasado ya un par de meses cuando hormonal y llorosa le dije a mi esposo: detesto el mundo doméstico, me vuelve loca estar todo el día hablando de babas y caca, de vómitos y pañales mojados, quiero hablar de las cosas del mundo, quiero trabajar, parecerme un poco a mí. Acto seguido lloré pero de pura culpa, mi bebé me miraba con los ojos más amorosos con los que nadie me ha mirado, ni me mirará nunca y de repente me cuestioné —con más frustración aún— ¿cómo es que podía tener urgencia por las “cosas del mundo” cuando tenía frente a mí a un universo entero, un amor infinito que huele a pan dulce y a felicidad? ¿Cómo es que podía pensar que había algo más importante que contabilizar buches y minutos de lactancia?

Acto seguido volví al punto de partida, y entonces me cuestioné lo contrario. ¿Qué tiene de malo el querer asumir y regresar a mi identidad profesional, la que llevo cultivando por 16 años, y a su vez experimentar una maternidad plena? ¿Por qué las mujeres sentimos esta culpa insoportable en el centro del estómago cuando tenemos ganas de buscar satisfacción fuera del mundo doméstico? ¿Cómo es que yo, tan feminista, a estas alturas no haya podido resolver en mi cabeza esta contradicción?

Pues así somos los seres humanos, desesperantemente contradictorios. La pandemia con su cuarentena extendida nos ha cambiado todos los escenarios laborales posibles. Pasará mucho tiempo antes de que salgamos a la calle a trabajar y dejemos al bebé al cuidado de otras manos. Por lo pronto, se trabaja aquí y se materna aquí en la casa, en este espacio doméstico que para tantas mujeres a lo largo de la historia ha sido una cárcel. Sí, para muchas también ha sido un espacio de plenitud y placer y, si lo han elegido así en libertad, las celebro. Pero no lo ha sido para mí, yo iba a mi casa a dormir y el mundo doméstico —de hornear, limpiar, hacer nido— era un espacio al que iba de visita, de vez en cuando. Lo disfrutaba pero me cuidaba de no encariñarme mucho porque yo quería estar afuera, “en el mundo”.

Hoy día pienso en mis amigas madres y me sorprendo de lo poco que sabía y entendía en profundidad acerca de sus vidas, la cantidad de negociaciones mentales que se tienen que dar para que la profesional florezca y la madre no sufra y viceversa.

Siempre he sabido que no tiene sentido aspirar a tenerlo todo. Me parece una aspiración que es producto de los peores valores de la contemporaneidad. Primero porque si lo tienes todo significa que hay otros que no tienen nada o que no tienen suficiente, y segundo que, cuando lo tenemos todo casi nunca podemos manejarlo todo a la vez. Lo natural quizás es que, si vamos a tenerlo todo, aceptemos que no podemos tenerlo todo a la vez. Y que me perdonen las personas que disfrutan de compararse con súper héroes, o que consideran el “multitasking” como su máximo atributo, a mí me parece mejor preservar el bien mayor que tenemos: el tiempo. Y siento que maximizando el tiempo no necesariamente se aprovecha el tiempo mejor, sino todo lo contrario, se le impone un ritmo acelerado a la existencia que al final del día nos quita en lugar de darnos.

Con la pandemia tenemos la contradicción en casa y es urgente resolver estos dilemas. Lo que sucede es que hay tan pocas alternativas. Muchos patronos no interesan si quiera tocar el tema, no existe una política pública o un interés genuino por parte de los gobiernos por si quiera discutir esta realidad. Y lo peor, en el interior de nuestros estómagos, sigue esa pelota de culpa densa y pesada que si no nace de nosotras, la sociedad se ocupa de colocarla ahí.

Yo aspiro a convertirme en una madre que trabaja. Y quiero hacer la distinción de que las mujeres que deciden quedarse en la casa probablemente trabajan el triple y merecen no solo nuestro respeto, sino el reconocimiento de que es el trabajo peor pago del mundo y uno de los verdaderamente indispensables. Pero yo no estoy diseñada para la casa, como no lo están tantas mujeres, pero aquí estamos tratando de maternar y trabajar, queriendo habitar el mundo desde este encierro. Ojalá que si perdemos algo, sea la culpa de una buena vez.

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