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Miedo a crecer

¿Por qué la posibilidad de ocupar cada vez más espacios -físicos, públicos, profesionales- aterra a tantas mujeres?
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Estoy en expansión. Lo que antes era una cintura discreta, ahora es una circunferencia extraña que no sé bien cómo mover, ni dónde colocar. Después de cualquier comida, el ombligo comienza a estirarse formando una especie de sonrisa que frente al espejo se ríe de mí. NO queda ahí. Después de más de quince años usando la misma talla de sostén, mis senos ahora se aprietan contra las blusas y los vestidos, se desparraman por los lados de los sostenes que ya no me sirven, y reclaman más tela, más espacio. Estoy creciendo. Mi cuerpo está creciendo. La piel estira para que haya espacio suficiente, para que él pueda crecer, expandirse, abrirse paso. Estoy embarazada.

La escritura además de un oficio, siempre ha sido una terapia. Escribo para entender bien lo que estoy pensando. Es el único códice que logra traducirme ideas, sentimientos, cuestiones de la cabeza, a lo concreto. Cuando no sé lo que opino sobre algo, escribo. Cuando no sé si estoy triste o furiosa, escribo. Cuando no sé si tengo miedo o ansiedad, escribo. Por lo general, el texto me responde las interrogantes conocidas y las desconocidas también.

Lo que sucede es que hasta hoy no había podido escribir sobre el embarazo. En primer lugar por una cuestión muy práctica, pues entre todas las cosas extrañísimas que le suceden al cuerpo cuando se está en este estado, sucede que el síndrome del túnel carpiano se agudiza y llevo semanas con las manos adormecidas y los nervios pinchándome el vivir hasta los gritos. A este punto, me duele más no escribir que el dolor en las manos, así que aquí estoy. En segundo lugar, porque lo que un embarazo pide de una mujer es la sumisión absoluta ante la ocupación total de su cuerpo, y la verdad, tengo vocación de resistencia.

Pero ya han pasado más de veinte semanas, voy a mitad del proceso y es tiempo de hacer un esfuerzo por entender lo que está pasando. Cuando comencé a expandirme, lloraba frente al espejo ante la imagen tan ajena que veía al otro lado. Pensé que era una cuestión de vanidad, pero muy dentro de mí sabía que era algo más que eso, y sobre todo que no tenía nada que ver con la plenitud que me genera el saber que sirvo de canal para la llegada de esta vida. Tenemos derecho a la contradicción, se puede acceder a una alegría y a su vez, llorar de espanto.

Ese llanto frente al espejo era familiar. Lloraba porque tenía un miedo rotundo a crecer. Un miedo a ser grande. Un terror a ocupar espacio. He sentido este miedo antes. Cuando ha llegado algún éxito profesional o personal, la poca o mucha atención que genere me provoca el deseo de hacerme pequeña, de esconderme, de echar las luces hacia un lado. Me gustaba medir cinco pies y usar tallas pequeñas porque de una manera concreta, garantizaban la huida. Era muy fácil pasar desapercibida, esconderme, no llamar la atención.

Entonces, ya mi niño empieza a darme lecciones sin haber nacido. Empezando porque el feminismo es un proyecto en construcción permanente. Escribo acerca de esto con vergüenza, porque la siento de verdad. Yo tan feminista y ahí estaba, respondiendo con esos temores al constructo social que sentencia que las mujeres mientras más pequeñas, livianas, menudas y silenciosas, mejor. Claro que puede tener mucha gracia la pequeñez, pero solo si no se asume como un lugar seguro para evitar alcanzar todo nuestro potencial.

Esta vez escribo, no ya para entender lo que me sucede, creo que en el fondo un embarazo pertenece a los confines del Misterio, así en mayúsculas; escribo para ver si las palabras se tornan conjuro y logro asumir en plenitud este proceso de crecimiento y expansión. Escribo para de una buena vez, perderle el miedo a ocupar espacio.

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