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Adiós con pasitos de bachata

La conocí en septiembre de 2011, como una juvenil octogenaria de mirada tierna, delgada, de cabello rojizo y suelto hasta los hombros, con una manicura impecable y enormes dosis de curiosidad
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Un primer plano de Gloria Vanderbilt

Sus uñas, pintadas de fucsia, contrastan con su piel blanquísima. Al cuello, seis vueltas de perlas y una bufanda rosa quemado, son sólo algunos de sus complementos. La túnica, casi monacal, por poco toca el piso. Gloria Vanderbilt está sentada de espaldas al comedor del restaurante Pikayo, pero de frente al mar. Su vista parece perdida en el paisaje, aunque ya comienza a oscurecer. Sólo la llegada de una nueva invitada a la cena para ocho, rompe el hielo.

Afable, se sonríe y casi de inmediato comienza la serie de preguntas. Quiere saberlo todo: Quién soy, a qué me dedico y todavía más, de dónde salió mi nombre. Y es que a sus 87 años, su mirada posee intacta la curiosidad y esa eterna capacidad de asombro de una niña. Aquí es cuando la historia de Dr. Zhivago y Pasternak vienen al cuento. " Ahh... ¡Lara!", repite admirada. “¡Qué gran obra! Pero, ¿De dónde se origina tu nombre?" Aquí es cuando le cuento la historia de que la segunda ciudad más importante de Grecia - sólo después de Atenas- también se llama Larissa. “¿Pero es ruso, o es griego?”. Esa se convierte en la asignatura pendiente. 

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Así los intereses quedan debidamente repartidos en la mesa, donde también comen Nydia Caro y su hija Gabriela, Isaac Demel y su esposa Iris, Leonor, la dama de compañía de Gloria ( que habla español) y su inseparable amiga, Marti Stevens, una famosa cantante y actriz inglesa, especialmente recordada por sus espectáculos de los años 50, al estilo de cabaret. La complicidad entre amigas es evidente, hasta una prueba del plato de la otra y comentan fascinadas con la sazón del chef Wilo Benet, que pasa a saludar.

Todavía queda el rastro de su rara belleza, con pómulos altos, aquella que la catapultó a la fama como un ícono de los años 70, cuando bajo el ala del cisne mercadeaba mahones y perfumes. Su cabello rojo cobrizo, recortado como un moderno bob, que armoniza perfectamente con el champán rosado que se sirve en la mesa, evoca su espíritu indomable. Ahora no me extraña que fuera amiga de Charlie Chaplin, Diane von Furstenberg y Truman Capote, que se inspiró en ella para el personaje de Holly Golightly en "Breakfast at Tiffany's.

“Me encanta la rumba y me fascinaría aprender a bailar tango”. “¿Sabes? ”, dice con risa picarona, “ hace poco le escribí un correo electrónico a mi hijo” - entiéndase Anderson Cooper, Mr. Canas Perfectas, el epítome de la guapura y el porte de todo buen ancla de noticas televisivas, de CNN- y le dije que yo quería participar en el próximo Dancing With the Stars. Así lo tuve, con la misma historia, durante algunos días. Y bueno, mira si yo tengo un hijo maravilloso que sólo se atrevió a decirme: “Mami, ese programa requiere una buena condición física, es... ummm... para alguien bastante atlético, no que tú no lo seas, yo sólo te lo recuerdo. Pero, si tú estás decidida y quieres hacerlo, me parece fantástico. Yo te apoyo. ¡Se lo creyó!”, cuenta con gusto.

Gloria Vanderbilt se despide con enorme simpatía, así que le lanzo un: "¿Te puedo decir suegra?" Y ríe con más gusto todavía. Hasta posa complacida para una foto, cuando ya había dicho estar cansada de las cámaras. Es la primera en llegar a la puerta -con exquisita femineidad- pero no se va sin antes echar unos pasitos de bachata, en pleno vestíbulo del hotel. Así fue una inolvidable cena con Miss V. 

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