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Caravana de Muertos

Los ritos, tan importante en nuestra cultura para digerir emocionalmente el proceso de la muerte, se retrasan por un sistema colapsado por la abrumadora cantidad de fallecimientos
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Uno, dos, tres, cuatro… camiones militares, esa era la imagen sobre la que un narrador de la BBC confirmaba la veracidad de la noticia que viajaba por todas las redes sociales. Con voz solemne explicaba que los vehículos transportaban alrededor de 60 ataúdes de Bérgamo a otras ciudades italianas para poder ser cremados.

Se escuchaba el rugir de los motores y las palabras del reportero. Solamente la calle desierta y muda tenía permiso para despedir el duelo. Un luto que viven a distancia hijos, nietos, familiares y amigos de las miles de vida que ha cobrado el COVID-19.

Uno, dos, tres, cuatro… hasta que dejé de contar, la pena no me lo permitió. Es en esencia el dolor dentro del dolor.

La caravana de muertos que se transmitía es una de las caras más crueles de esta pandemia. Cientos de personas entran a las salas de emergencias desconociendo si volverán a sentir el abrazo, el roce, el calor o un beso de alguien querido. Devastador.

El sufrimiento de los que se quedan en casa es aún más desgarrador. Aislados y plenamente conscientes desconocen la evolución y la posible recuperación del que se mantiene gracias a un respirador. Hay que salvar vidas y no hay espacio humano para informar el progreso de los enfermos.

Los que no logren superar la crisis recibirán un solitario adiós. En algunos casos los familiares pueden despedirse de sus moribundos por videoconferencia. Es lo único que el aislamiento permite. Imposible entrelazar manos, besar frentes o recibir caricias.

La saturación de los servicios funerarios es tan alta que no queda otra que transportar los cadáveres a otras ciudades o a espacios que se han habilitado como morgues transitorias para que poco a poco se les pueda dar sepultura o incinerar. Impacta pensar que el Palacio del hielo, una pista de patinaje en España, llena del eco de retozos y alegrías, hoy la colman víctimas mudas del coronavirus.

Al ya doloroso proceso de duelo hoy se le suma una tristeza más. Los ritos, tan importante en nuestra cultura para digerir emocionalmente el proceso de la muerte, se retrasan por un sistema colapsado por la abrumadora cantidad de fallecimientos. Estas ceremonias también están controladas. No se pueden consolar los sollozos, ni compartir las lágrimas. Imposible no hay, ni puede haber contacto. Solo un número limitado de personas, a la distancia que estipula el aislamiento, pueden visitar la capilla o participar de los oficios.

Para los que sobreviven y sus familiares cuando por fin llegue el reencuentro esos besos serán la vida misma.

Esto que narro es la realidad de Italia y España. Países que están a ocho o nueve horas de distancia área, pero que ante este escenario global están demasiado cerca. ¿Que por qué cuento esto y no las canciones en los balcones, los cumpleaños por Skype o los “happy hours” por zoom? Sencillo. Para que aquellos que todavía piensan que esto del COVID-19 es una exageración y andan por ahí pajareando estérilmente, en abierto desafío a la muerte, conozcan este saldo que solo la solidaridad y responsabilidad pueden frenar. El aislamiento social, aunque difícil de sobrellevar, es lo más efectivo para que podamos ganar esta batalla.

Sé sensato. No queremos en nuestra tierra una caravana de muertos.

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