Loader

¿Dónde están mis abrazos?

Lo que nunca le podré perdonar al 2020 es añadirle a mi vida 365 días bajo la mezquindad de robarme el recoger abrazos
Photo
  • Compartir esta nota:

La naturaleza artística de mi madre se desplegaba con mayor entusiasmo cada vez que era fecha de celebrar un cumpleaños. Organizaba unos eventos temáticos que incluían todo tipo de detalles que reafirmaban que su creatividad no tenía límites. Si no existía el elemento específico que ella deseaba que fuera parte del agasajo: lo construía, lo cocinaba, lo dibujaba o lo cosía.

Para que entiendan la magnitud de lo que les cuento, me parece que fue para mis cinco años, que organizó una fiesta patronal en la marquesina de nuestra casa. Comida típica en miniatura, carrusel, machinas, piñata, juegos, un pozo de la suerte -hoy día le hubieran llamado a servicios sociales por fomentar el juego-, mi primo Gustavito ofrecía su show de marionetas, no faltó ningún toque para hacer de esta y todas las otras celebraciones experiencias inolvidables. Era sencillamente genial.

Mi hermana y yo muchas a veces miramos fotos y recordamos a carcajada limpia los embelecos de nuestra madre que en más de una ocasión nos hicieron pasar un susto. Lamentablemente, la mayoría de las experiencias solo viven en nuestra memoria. Esa era la época de las cámaras de video súper 8 y las cintas se perdieron en alguna mudanza.

Ya más crecidas nos revelamos ante los atuendos en combinación y a las actividades de más de 10 personas. Así que, astuta como era utilizaba a mi mejor amiga Mari Tere, a quien le encantaba la juerga, para organizar año tras año fiestas sorpresas. Ella capitaneaba tras bastidores el evento, lo que se comería, las invitaciones, los regalitos, en fin, con lo ya narrado se pueden hacer una idea de lo que eran estos “surprise parties”. El ímpetu que le ponía era tal que la mayoría de las veces terminaban por tener muy poco de sorpresa, pero estaban sobradas de amor.

Era tan fanática del montaje que acarreaban estas fechas que a veces, aunque no hubiera motivo, nos llamaba y nos decía: “¿Por qué no celebramos un cumpleaños?”. Puestas en acción, Nana y yo llamábamos a los allegados y ella comenzaba el cocinamiento. Nuestros amigos jamás se negaban a un cumpleaños fantasma de doña Marta, primero porque la buena comida estaba garantizada y segundo porque la adoraban.

No nací un 13 de septiembre, como ella, porque llegué al mundo por cesárea y el médico no operaba ese día. El doctor le dio a escoger entre el 12 o el 14 y ella respondió: “El 12 un día antes, nunca un día después”.

Por la coincidencia de los natalicios, y ya adulta, la cita a cenar en su restaurante favorito estaba marcada en el calendario con tinta indeleble. Nos poníamos guapas y entre plato y plato conversábamos, brindábamos, rememorábamos y nos celebrábamos mutuamente.

Los últimos años, y ya sin ella, el 12 de septiembre no es tan feliz. No obstante, y por suerte, nunca faltan los almuerzos y cenas entre amigos, las flores para nosotras en toda la casa y los afectos. Ahora bien, hay algo que valoro y que es una constante en todas las etapas que hoy les ilustro y comparto: los abrazos. 

Cumplir años es para mí tiempo de reflexión. El instante de mirar lo vivido y de retomar lo que se quiere vivir. Los que me siguen saben que los últimos tiempos han sido, por decir algo, curvilíneos, pero el 2020 se lleva el bote.

Detesto las películas de ciencia ficción. Nunca he entendido ese afán de preocuparse por lo que podría ser el 2060 cuando el momento actual es lo suficientemente complejo. Pues les cuento que el 2020 se siente como si estuviera metida en un filme de este género y para colmo en uno de muy pobre calidad.

Pienso que puedo perdonarle a este año que me haya hurtado el calendario, las sonrisas, el café en la terraza, los encuentros espontáneos y la conversación no digitalizada. Lo que nunca le podré perdonar es añadirle a mi vida 365 días bajo la mezquindad de robarme el recoger abrazos.

[email protected]

  • Compartir esta nota:
Posts relacionadas
Comentarios
    Dejar comentario
    Volver arriba