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¡Elvira, Elvira, ELVIRA…!

La fatiga, la saturación visual, el exceso de información y la frustración son los cuatro picos de ese sombrero que en este nuevo estilo de vida pinchan y hacen sangrar demasiado
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¡Elvira, Elvira, ELVIRA…!

Pena, desesperación y angustia marcaba el tempo de aquel alarido. No había respuesta. Solo una breve pausa para tomar fuerza y volver a expulsar ese dolor llamado Elvira.

Resultaba imposible que sobre aquel grito prevaleciera mi vano intento de que mi llamado a la puerta fuera escuchado. Reconocía con claridad la voz que producía aquel gutural clamor de desolación. Era Lola, ese alambre de mujer, que conocí hace más de 15 años cuando me refugié en el baile español para, a taconazo limpio, superar un bache profundo de vida. Con ella trabé una relación de amistad y complicidad única.

Finalmente, su rostro desencajado y morado de tanto gritar me abrió el portón.

- ¿Estás bien?, pregunté.

-Sí, ahora sí,

- ¿Encontraste a Elvira?

-No, nunca llega o siempre llega. Elvira es mi “alter ego” y la llamo cuando la carga me consume. Llamarla me alivia.

Con Lola aprendí a bailar sevillanas y de paso a evocar a Elvira, siendo esta segunda, la lección que más agradezco. Me apropié, con permiso, de aquella práctica que en más de una ocasión me dejó ronca.

Durante esta cuarentena u ochentena he mantenido el sosiego. En cambio, ya llegada la eternotena me cuesta abismos mantenerme firme para no desgalillarme convocando a Elvira.

La fatiga, la saturación visual, el exceso de información y la frustración son los cuatro picos de ese sombrero que en este nuevo estilo de vida pinchan y hacen sangrar demasiado. 

Estoy acostumbrada a trabajar desde la casa. Llevo más de cuatro años haciéndolo, pero lo que se ha dado en este tiempo es de otra naturaleza.

Comencemos por la primera punta: la fatiga. Soy de las privilegiadas que ha mantenido su trabajo y por ello doy gracias a cada respiro. No obstante, no hay persona con la que hable que no me diga que siente que está trabajando más que nunca. El cautiverio ha desdibujado por completo lo que es una jornada de trabajo. No hay día, no hay hora, no hay parámetros que marquen lo que es natural y saludable. A veces siento, y sé que no estoy sola, que el calendario dejó de existir y tener lógica.

Acrecienta el cansancio la tecnología de la que nos hemos vuelto cada vez más dependientes. En más de una ocasión he montado un monólogo que nadie escuchó porque no me percaté que se fue la señal y me quedé hablando sola. Repites lo dicho una y otra vez. Te vas editando no solo porque resulta imposible reproducir “verbatim” lo expuesto sino para evitar que la reunión sea infinita.

¿Y cuándo tratas de hilvanar lo que te dicen otros cuyas palabras salen entrecortadas porque son ellos los que tienen una conexión inestable? “No se te entiende, te vas”, repetimos todos al unísono y por ahí continuamos tratando de poner un poco de sentido a lo parece no tenerlo.

El segundo postulado es la saturación visual. No soporto verme en una videoconferencia más. Mi imagen reproduce innoblemente. No importa si es Teams, Zoom, Hangout, Facetime, etc. en todas parezco un chayote. Soy bastante arisca para retratarme y creo que me he tomado dos “selfies” en mi vida. Imagínense lo que sufro teniendo que mirarme en las tres o cuatro reuniones diarias que tengo agendadas. Hay que ser medio narcisista para sobrevivir esta etapa. Muchas veces no prendo la camarita o me escondo, pero cuando todo el mundo está presente me da un poco de apuro no mostrar mi rostro.

Además, todos, sin discriminar el nivel de intimidad, entran en tu casa. Algunos optan por poner un fondo genérico sobre el que parecen estar flotando. He estado tentada a hacerlo, aunque la visualización es tan extraña que mi sentido de estética lo descarta.

La cantidad de información o de desinformación que estamos consumiendo es desmesurada. Este es el tercer enunciado que listo. El sinfín de chats y las decenas de notificaciones diarias que se reciben no es normal. Se ha querido compensar la falta de contacto y dialogo presencial por esta práctica. Pese a que no se ha detenido la rueda de la faena diaria hay una necesidad imperiosa de sentir con más ahínco que se está haciendo, aunque sea casi demencial la carga de responsabilidades. En serio, a veces me pregunto si habrán anunciado que el mundo se va a acabar y se me escurrió el mensaje entre los miles de textos que recibo.

El colofón lo ocupa el cuarto punto: la frustración y decepción. Esta llega con todo lo que va sumando al estado de ansiedad. Un gobierno que nos sigue pateando, ladrones de postín sacándole el pan de la boca a los que necesitan un cheque del PUA, manadas de violadores que caminan impunes, todo lo que a diario nos sigue mancillando la esperanza.

No abordo aquí la otra miríada de variantes que ahora complica nuestra existencia -las tormentas o huracanes, los temblores, los apagones, el polvo del Sahara, entre otros factores.

Tampoco la inquietud de que la pandemia apunta a que se extenderá debido a las malas decisiones y a la cantidad de irresponsables que actúan como si nada pasara.  

Al leer estas líneas más de uno sentirá empatía y entenderá por qué abro y cierro hablando de Elvira. Ya no hay hacia dónde escapar, el mundo entero está igual o peor. La única válvula de escape que nos queda es Elvira, ese grito hacia la nada que ayuda a mantener el equilibrio y en lo que llegan tiempos mejores, ayuda al sosiego y la sanidad.

¡¡¡ELVIRA!!! 

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