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Final sin presagio

Es difícil prepararse para una ausencia esperada mas una inesperada presenta un desafío a las emociones
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Si desolador es enterrar a una persona que ha vivido una vida plena, un desconsuelo absoluto es cuando toca despedir a un ser querido cuando este recién ha comenzado a vivir.

La muerte ha rondado por mi casa desde que era niña. Ella se ha llevado gente que quiero mucho y los ha arrancado de mi lado cuando era demasiado pronto, cuando aún hacían mucha falta. A pesar de que han transcurrido años desde algunas de estas despedidas, todavía se sienten cerca. Tanto así que es inevitable que ardan los ojos al pensarlos.

Estas otras partidas, las que no son el desenlace de un sufrimiento prolongado, son como un relámpago que cae, ciega y asusta. La carencia de un cielo gris que presagie lo que está por suceder hace que el dolor se vuelva inmenso, infinito.

Encontrar consuelo para algo que carece de explicación no es sencillo. Se percibirán como vidas incompletas no por falta de talentos ni deseo sino porque el destino tenía trazada otra ruta. Siempre nos quedará la duda de lo que se quedó sin hacer, todo lo que se quedó sin vivir. Afortunados son aquellos que descubren -a pesar del dolor que deja ese adiós-, que ese ser a quien lloran ha dejado una marca en muchos.

Si todo lo descrito antes llega con sufrimiento, no me puedo imaginar lo que será perder un hijo. Es antinatural. No tengo hijos, pero sí muchas amigas que son madres y he visto cómo sus vidas se han transformado con la llegada del pequeño, cómo dejan de ser de ellas para ser de ellos.

Cuando leo, veo o conozco de algo así se me estruja el corazón. La empatía es instantánea. Su dolor pasa a ser mi dolor. ¿Cómo se hace para seguir adelante? Esas primeras noches deben ser desoladoras. Ese primer amanecer que despierta al vacío.

He visto rostros y escenas que se han grabado en mi memoria. Escenas en las que la incredulidad es la primera respuesta. Escenas en las que la pesadumbre es tan grande que se siente como si ya no hubiera aire para respirar. Escenas en las que la mirada se pierde en un vacío sin retorno, en un mundo sin mar, en un futuro sin senda, que son el comienzo de duelos sin fin.

Difícil es prepararse para una ausencia esperada más una inesperada presenta un desafío para las emociones. El duelo es instantáneo para quien está en el centro de la vorágine. Sin embargo, los que están alrededor no solo se quedan perdidos con la muerte sino también con la impotencia que representa ser afecto, apoyo y fuerza. Para esos el espacio para el coraje, la desilusión y la pena es más limitado. ¿Qué decir, qué hacer, cómo seguir? Son esos, los que a veces quedan al margen de las condolencias, para los que supone mayores complicaciones a la hora de cerrar, de retomar el rumbo.

Dependiendo de las herramientas emocionales con que se llega a la vida cada uno tiene su manera de vencer el proceso.

La pena es como un árbol con muchas ramas y raíces. En el tronco está el apego, este que se rompe con la pérdida física. A él van atadas y expuestas decenas de ramas. Al igual que los sentimientos, estas se agitan con el batir del viento, según su fuerza, se reabren heridas. Y luego están las raíces que quedan enterradas a perpetuidad. Ahí se anidan los recuerdos, lo aprendido, tu evolución, la de ellos, ese vínculo a esa persona que siempre vivirá con uno.

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