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La individualidad como consigna

Identificar y protegernos de situaciones en las que no nos sentimos cómodos es parte primordial de procurarnos una vida más saludable y feliz
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En la vida uno recibe muchos consejos. Algunos de ellos tienen fecha de expiración y otros se convierten en herramientas para siempre. Cuando mi madre enviudó nuestro panorama económico cambio drásticamente. Ella hacía malabares para que el día a día transcurriera lo más inalterado posible. No fue fácil. Mi hermana y yo pudimos continuar estudiando en el colegio gracias a becas y al apoyo de algunas mamás de nuestras compañeras quienes se unieron para mitigar el impacto de la ausencia de mi padre.

El poder adquisitivo a nuestro derredor era holgado y le daba acceso a algunas cosas que para nosotras dos resultaba difícil o hasta imposible. Recuerdo que en ese momento estaba de moda una marca de tenis particular y un día sí y el otro también, cuando regresaba a casa, se los pedía a mi madre porque me “urgía tener unos”.

“Niña ni loca me voy a gastar eso en un par de tenis”. Mi respuesta: “Es que todo el mundo los tiene”. El fin del intercambio llegaba con un: “Es que tú no eres todo el mundo, tú no quieres ser como todo el mundo”.

Sus palabras a mis 9 o 10 años tenían poco sentido, pero ahora en retrospectiva pienso que es uno de los consejos más sabios que jamás he recibido. Ese pensamiento fue calando en mí y cuando mi personalidad comenzó a despuntar procuré hacer, sentir y pensar lo que el instinto me dictaba sin importar lo que pensaran de mí. Gracias a mi madre respetar y salvar mi individualidad, ante todo, se convirtió en mi consigna.

En la adolescencia mantener este precepto fue más cuesta arriba. Es muy fácil dejarse arrastrar por la corriente y dejarte llevar por la mayoría. Maritere, mi gran compañera de esos días, contrario a mí le encantaba ir a todo. Tenía la habilidad de convencerme o rendirme por cansancio, para que la acompañara a esta fiestecita de marquesina o aquel “pajama party”. Mis intereses en ese momento eran, para mi edad, peculiares y es muy probable que lo que le atraía a Maritere era lo más cotidiano. El resultado era nefasto. Por más que procuraba pasarlo bien me sentía fuera de lugar, demasiado incómoda y terminaba buscando maneras de escabullirme de la situación para regresar a mi espacio de felicidad: las páginas de un libro, con un pincel o carboncillo en la mano. Me juré que nunca más me iba a dejar encantar por el entusiasmo ajeno.

La adultez llegó con el conocimiento de que un “no, gracias” es todo lo que se necesita para evitar caer en situaciones en donde no quieres encontrarte. Uno nunca debe ir o estar en donde no se siente bien y cómodo. Menos aún si esos escenarios están poblados de gente que, a tu entender, restan y no suman.

Los de naturaleza gregaria fluyen sin importar dónde ni con quién estén. Pero no todos somos así.

Los matices de las diversas personalidades es lo que enriquece el entorno, por eso no es mandatorio ni te sientas mal si te cuesta más encontrar afinidad en todos los ambientes y con toda la gente. No hay nada malo en decir que no, que no te interesa, que prefieres estar en otro sitio. Respetar tu sentir es quererte, es protegerte.

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