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Mejor callar

Las palabras abrazan, acarician, consuelan, pero también hieren, humillan y desgarran
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Mil veces has ensayado el encuentro en tu mente. Repasas cada oración que te propones decir, editas en el aire, tachas y vuelves a añadir lo que borraste. Contemplas las pausas necesarias, esas que te ayudarán a reordenar tus pensamientos antes de proseguir el diálogo. Repites en voz alta el mensaje. Especulas sobre las réplicas que puedan llegar para así anticipar diversas respuestas. No dejas ningún cabo suelto. Estas lúcido y seguro de lo que quieres decir y lograste la composición perfecta que traduce lo que sientes.

La fecha de la cita llega. De cara a la situación te congelas, te quedas en blanco, los nervios te traicionan. Eres incapaz de emitir sonido alguno. El fluido y coherente monólogo interior que tan claramente vivía en tu cabeza se transforma en una colección de frases inconexas, con puntos suspensivos. Lo que ahora brota de tu boca es una sucesión de oraciones atropelladas que no se entienden y que desdibujan por completo la intención original. Los argumentos fácilmente se debilitan cuando los sentimientos se atraviesan. Las letras se pierden en la inmensidad del mar y por más que intentas pescarlas no lo logras.

Todos tenemos en nuestras vidas personas que nos desarman. Son tan invasivas que no hay manera de evitar que toquen y urgen en tu ser más vulnerable. Imaginas que habitan en tu mente y que anticipan lo que llegará a través de tu voz. Te atribula que no tengas el arma que pueda vencer ese poder. La sensación de impotencia y frustración termina por desvirtuar cada palabra. De ahí en adelante el diálogo se pierde porque se transforma en ruido, en estridencia. Ya no hablas tú sino tus emociones.

Al alejarte las interrogantes no faltan. ¿Por qué no dije esto o aquello, qué pasó, por qué permito que me acorrale? Revives la escena con detalle para ver en qué punto tropezaste y caíste de bruces, cuándo perdiste el control. La duda te recorre, reflexionas y concluyes que no era el tiempo para esa conversación.

Ante esos que logran enmudecerme, prefiero, en tiempo de crisis, callar. Un silencio puede ser más elocuente que la más extensa de las diatribas. En medio del vaivén, una mirada o un gesto son alertas para concluir que lo más sabio es abstenerse. Respiro, me escurro y escapo de un diálogo estéril ante la posibilidad de verme herida, expuesta, desnuda.

Le huyo a los de naturaleza combativa, esos que siempre tienen una respuesta porque para ellos todo se transforma en un agotador juego de perder o ganar. La otra cara, igualmente extenuante, es la del que con eufemismos soslayan cada respuesta.

Si durante un encuentro notas que has caído en una centrífuga y que lo que te proponías se transformó en un rebote de malentendidos y nervios, tu mejor opción es marcar distancia. Sabio sería escribir lo que te atribula o lo que querías compartir. Busca alivio en cada trazo. Libérate y dale perspectiva al tema. Puede que esto sea suficiente. Si no lo es, espera a estar fuerte, recompón, reenfoca tus inquietudes y vuelve a intentarlo.

Ciertamente uno siempre debe ser sincero y pensar desde la pureza, pero retírate si flaqueas, si tus palabras se tornan amargas, si percibes que lo peor de ti sale ante la persona que tienes en frente. Hablar desde el coraje o el desengaño es espinoso. Las palabras abrazan, acarician, consuelan, pero también hieren, humillan y desgarran. 

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