Loader

Pospuesto hasta nuevo aviso

En el 2017 se suponía hubiera cumplido 50 años, pero la celebración se postergó porque para los hijos de septiembre no nos es ajeno alumbrar las efemérides con la discreta llama de una velita sobre un bizcocho improvisado
Photo
  • Compartir esta nota:

Por los pasados dos años he tenido el privilegio de tener este espacio para compartir con ustedes lo que ocupa mi mente e inquieta mi alma (ya se habrán percatado que mi cabeza es reacia al descanso). Hay fechas que invitan con más fuerza a esas reflexiones y sumar 365 días al calendario personal es una de esas.

En el 2017 se suponía hubiera cumplido 50 años. La celebración se postergó por Irma, después por María, se sumó el poco trabajo y para cerrar un nuevo diagnóstico. Medio en broma, medio en serio le dije a buenos amigos que me negaba a entrar en una década con semejante panorama. Apreté el botón de pausa y decidí que el reloj se detendría ahí hasta que consiguiera resolver esta nueva maraña que me pellizcaba el corazón.

Para los hijos de septiembre no nos es ajeno alumbrar las efemérides con la discreta llama de una velita sobre un bizcocho improvisado, sin embargo, lo que se planteaba en esta ocasión era diferente. Todo apuntaba a que en unos cuantos meses este ciclo se cerraría, en cambio el destino tenía trazado otro ritmo que fue sumando días en vez de restando.

No sé cuántas veces he intentado poner en práctica eso que dicen de “escoge tus batallas”, pero mi personalidad no ha sido una gran aliada en este intento. En este tiempo mi bienestar me obligó a entregarle gran parte de mis fuerzas a la tarea de sanar. Y sin darme cuenta la vida se ocupó de escogerlas por mí y, de paso, adiestrarme en esta sabia estrategia de supervivencia. En ese desconectarme o enfocarme en este objetivo fui eliminando los combates estériles. Me sorprendía preguntándome: “¿Merece la pena estar aquí?”, “¿Tiene sentido esta discusión?” “¿Debo seguir batallando por esto?, ¿Esto tiene un fin? o “¿Debo argumentar?”. Honestamente la mayoría de las veces me respondía que no. Si la duda me hacía perderme o me confundía buscaba respuestas en aquellos que me quieren bien y que con sabiduría me ubican y me ayudan a cancelar mis enojos.

Con esta lección, que espero no dejar tirada en un rincón, 24 meses más tarde llego a los 50. 

Una de mis queridas amigas se adelantó a la celebración y tuvo a bien enviarme un artículo que asegura que los mejores momentos comienzan de los 50 en adelante. Jonathan Rauch recoge en su libro “La curva de la felicidad: Por qué la vida mejora después de los 50”, las conclusiones a las que llega luego de entrevistar a varias personas de éxito que aseguran que sienten que sus vidas son más plenas a partir de ese momento.

No me parece descabellado el planteamiento. Luego de lo narrado en los primeros párrafos la conclusión a la que llego es que a esta edad has vivido experiencias que te hacen decantarte por lo que realmente merece la pena. El éxito y satisfacción que has alcanzado te aseguran que ya no tienes que probarte ni probarle a nadie lo que vales y tampoco te importa mucho lo que piensen de ti. Sabes lo que eres y lo que das. A nivel emocional otro tanto. Te vas liberando de cargas inútiles que pesan y atrasan y, encuentras satisfacción y alegría en las cosas más sencillas.

Gracias siempre por leerme y cuenten con que les iré compartiendo las lecciones que recoja por el camino… mientras: ¡A celebrar los 50!

[email protected]

  • Compartir esta nota:
Posts relacionadas
Comentarios
    Dejar comentario
    Volver arriba