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Lolita Villanúa: dos décadas de andanzas

La bailarina y coreógrafa conversa sobre la creación de Andanza, compañía de danza contemporánea que ayudó a fundar hace 20 años y que se ha convertido en un referente cultural en el país
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Lolita Villanúa es la directora artística y ejecutiva de Andanza. (Foto: Gerald López-Cepero)
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Lolita Villanúa entra a uno de los salones de ensayo de la escuela Andanza, en Santurce, sigilosamente, con una mezcla de timidez y ternura que se asoma en su sonrisa. Se ubica en una esquina del salón de espejos para posar para el lente del fotógrafo, siempre pendiente a no interrumpir la clase. Una vez termina, pasa a otro salón, esta vez repleto de niñas y niños, quienes concentrados repasan sus pasos apoyados de la barra de ballet. Entonces, practica el mismo ritual. Entra tímidamente al salón con esa sonrisa que más bien parece un abrazo y mira a la cámara.

Lolita Villanúa se aleja de la caricatura autoritaria de la mistress de ballet o de la encargada de una compañía de danza, ahuyentando con su voz serena y articulada, cualquier ego intromisorio. Ni un atisbo de soberbia se cuela en ese cuerpo delgado y recto, que recuerda a la bailarina que la habita. Todo lo contrario, cada gesto revela sencillez, humildad y un amor inconmensurable por la labor que realiza en Andanza, escuela/compañía de danza contemporánea que este año celebra dos décadas de fundación.

Llevar hacia adelante un proyecto de danza como este en un país donde cada vez se hace más complejo desarrollar propuestas culturales de largo aliento, no es un logro, sino una gran hazaña. Lolita Villanúa, junto a María Teresa Robles, y otros colaboradores y colaboradoras, han sido responsables de dirigir este proyecto que se divide en tres componentes: Compañía, escuela y comunidad.

Lolita Villanúa aterrizó en Puerto Rico con la idea de formar esta compañía en 1998, cuando la isla se recuperaba del huracán Georges. Después de vivir tres años en Brasil y otros más en Estados Unidos, donde realizó su maestría y doctorado en portugués y estudios brasileños en Brown University, la bailarina regresaba a la isla llena de anhelos. Su estadía en Brasil le dio la oportunidad de formar parte de la prestigiosa compañía Grupo Corpo en Belo Horizonte, donde bailó por tres años. Esa formación y entrenamiento le ampliaron su visión sobre la danza y le ofreció otras maneras de expresarse, distintas a las que había aprendido cuando fue bailarina de Ballet Concierto de Puerto Rico.

Con el deseo de compartir esas experiencias de aprendizaje y crear una nueva estética de movimiento en el país, se comunicó con colegas bailarines, algunos que también estaban fuera de la isla y deseaban regresar, y otros que estaban aquí pero que querían hacer algo distinto. Junto a ellos, fue dándole forma a un proyecto de danza contemporánea al que llamaron Andanza. Desde el principio, se estableció que sería una compañía de baile asalariada, donde se le otorgarían beneficios a los y las bailarinas, algo que, en ese momento, no existía en el país. El componente educativo y comunitario, también estuvo desde la génesis del proyecto, pues para Lolita era fundamental ofrecer clases gratuitas de baile a niños y jóvenes de escasos recursos económicos.

En ese momento, recuerda, también había una necesidad de crear una compañía de danza en el país que fuera un intermedio entre las compañías de ballet clásico y los grupos de danza experimental. “Aquí, como lo explica (la profesora y crítica de danza) Susan Homar, se pasó del ballet clásico a la danza experimental. A pesar de que hubo otros movimientos, no se pasó por la danza moderna y danza contemporánea, y nosotros vinimos a llenar ese espacio”, rememora.

Andanza surgió en 1998, pero sus operaciones comenzaron en 1999 en un pequeño estudio ubicado en Santa Rita, en Río Piedras, donde operó los primeros cinco años, antes de mudarse a su actual sede en Santurce. Desde el inicio, la compañía apostó por coreografías diferentes, con un alto sentido estético y con música comisionada a músicos nacionales e internacionales. Esos elementos le fueron dando una identidad propia, la cual ha mantenido.

Al repasar lo que han sido estas dos décadas, Lolita Villanúa, quien en el 2007 se retiró como bailarina de la compañía, no puede evitar sentir asombro por esta gesta. “Es un gran orgullo y uno se queda medio incrédulo, aunque pueda explicar cómo ha sucedido”, admite desde la oficina de Andanza, donde suena como un eco la música de piano que sale de los salones de ensayo de la escuela.

¿Qué representan estos 20 años de Andanza?

Representan una satisfacción y un orgullo enorme porque es el    producto y resultado de muchísimo trabajo. Representa también esa permanencia, haciendo producciones constantemente y con empleados asalariados, con su seguro social y su plan médico. Ese ha sido el mayor reto. Cada año pensábamos que no íbamos a subsistir porque nunca hemos tenido asignaciones especiales ni fondos recurrentes ni nada de eso. Esa parte económica es extenuante porque si tienes el presupuesto es fácil, pero es eso, más el trabajo que es la producción. Así que llegar a 20 años es un gran orgullo.

¿Cómo se ha podido mantener este proyecto?

En cuestión de cómo nos hemos mantenido, pues tenemos la escuela. Andanza tiene tres componentes principales que son compañía, escuela y comunidad. Estos componentes han sido esenciales para que este proyecto funcione durante estos 20 años porque la escuela -aunque tenemos becados- es un fondo recurrente que está ahí por nuestro trabajo. En cuanto a la compañía, funcionamos con propuestas. Pero tengo que decir que, sin un equipo de bailarines tan bueno, hubiese sido imposible esa permanencia porque nosotros llevamos a cabo producción de espectáculos constantes con varias temporadas durante el año.

¿Y en cuánto al proyecto comunitario, Danza con Andanza?

Este proyecto es una de nuestra razón de ser y también una fuente de ingreso porque a pesar de que ha habido años que lo hemos hecho sin ningún auspicio, sí lo hemos tenido. Todas las semanas nos desplazamos a unas comunidades fijas que nos esperan y allí tenemos diferentes grupos que le ofrecemos clases gratuitamente. 

¿Cómo surge ese proyecto?

La propuesta inicial no era ir todas las semanas a las comunidades, era visitar como 20 o 40 comunidades para identificar niños talentosos y becarlos. Pero la verdad es que cuando llegamos a las comunidades descubrimos que muchos de los niños no iban a poder llegar aquí, aunque le ofreciéramos 20 becas porque muchos no tenían transportación. Además, eran muchos los niños talentosos y cuando nos íbamos nos preguntaban “¿cuándo vuelven?” Y no los podíamos dejar. Así identificamos varias comunidades que nos pidieron que nos quedáramos y empezamos a ir todas las semanas.

¿Por qué ese componente comunitario era importante para ti?

Esa es parte de mi formación, no solo la que me dieron mis padres (la escritora puertorriqueña Ana Lydia Vega y el también escritor y artista visual francés Robert Villanúa), sino la que recibí en mis experiencias (teatrales) con Rosa Luisa Márquez y con el Teatro del Oprimido de Augusto Boal en Brasil. Desde el inicio venía en la cabeza con eso de que el proyecto era educativo, cultural y social y eso era inseparable. Eso siempre ha sido así en mi vida, las tres mezcladas.

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¿Cómo influyó tu experiencia con el Grupo Corpo de Brasil en la creación de Andanza?

Fue un modelo en términos estéticos y también ellos tenían su escuela y su proyecto social. Para mí Corpo rompió con todo lo que yo había hecho antes. Los movimientos de cadera, de cuerpo, eran bien caribeños y a la vez eran bien contemporáneos. No era folclórico. Cuando los vi por primera vez en la audición (que hice para entrar) yo pensé que ni siquiera iba a poder aprenderme la coreografía de tan distinto que era a lo que yo sabía.

¿Fuiste a Brasil específicamente para bailar?

Sucede que yo estaba estudiando en Brown University, donde estaba haciendo mi maestría y doctorado. Cuando termino la maestría, decido ir a Brasil porque siempre quise audicionar para Corpo, pero las veces que había ido a Brasil como estudiante de bachillerato de la IUPI no había podido hacerlo. Así que decido ir, audicionar, y de paso, adelantar parte de mi investigación doctoral. Entonces, fui a la audición para sacármela del sistema y me aceptaron. Me hice traveling scholar de Brown y me fui para allá a hacer la investigación y a bailar.

¿Cuándo te empezó a atraer la danza moderna y contemporánea?

Desde Ballet Concierto ya yo tiraba para lo moderno. El ballet clásico es hermoso y me gusta mucho, pero es otro mundo. Nuestra realidad tiene que ver con la danza contemporánea. El mundo de las princesas y los príncipes son hermosos para verlos, pero no corresponde a nuestra realidad.

¿Querían expresar ideas más políticas que no cabían en el ballet?

En algunos casos más que otros porque fíjate que a veces es hasta difícil describir la estética de Andanza, ya que siempre ha habido varios coreógrafos. Cada uno tiene intereses diferentes y unos son más políticos que otros. Carlos Iván (Santos) es el más que ha creado piezas (en esa dirección). Pero las de él son bien diferentes a las mías, donde vas a ver más música de aquí, esos movimientos un poquito más caribeños. En las de Iván, hay más ruptura de movimiento y otras formas de trabajar en el escenario.

¿Cómo han podido llevar a cabo el proyecto sin la intervención  de los egos?

Hay una amistad aquí con Maritere (la bailarina María Teresa Robles) de tanto tiempo…. (se emociona). Si eso se hubiera roto, quizás yo hubiera seguido, pero la escuela no porque eso ha sido ella y, hasta hace poco, Carlos Iván. Ese trío fue bien importante. Además, la persistencia. Seguir, seguir, seguir nos ha ayudado. Sobre todo, con Maritere a cargo de la escuela, y yo con la compañía. Vivía de esto desde 1998 hasta que empecé como profesora en la Universidad de Puerto Rico en el 2012. Yo trabajaba casi 14 horas al día. Claro, en aquel entonces no tenía hijos (ahora tiene dos). Pero fue esa persistencia y la pasión por lo que hacíamos. La convicción de que esto tenía valor.

De que tenían un compromiso con el país.

Definitivamente. Yo hubiera dicho en el 2012, ya entré a la IUPI, pues hasta aquí. Pero no puedo. Cada vez que pienso en lo difícil que es esto, no puedo dejarlo, y ahora menos que son 20 años. Por eso estamos haciendo esto, porque tiene valor para muchas personas. Todos los artistas que trabajan aquí, todos estos niños de la escuela, de las comunidades, todo ese público… Hay un compromiso más allá de la supervivencia personal. La idea siempre ha sido hacer algo por el país. Hay gente que me pregunta por qué no te quedaste en Brasil, pero es que siempre lo tuve claro. Había que regresar y hacer algo aquí.

De niña te formaste en el ballet, y ahora tienes esta escuela. ¿Cómo te ayudó el baile en tu desarrollo?

En lo de la formación y la disciplina y en saber que el baile no es como un éxito fácil y rápido. Son muchos años de trabajo. También saber que el mundo de ballet clásico puede ser bien maravilloso, pero bien destructivo. Yo lo veía constantemente de mis colegas y la cuestión en aquella época bien fuerte del cuerpo, de estar bien flaco. Ese espejo ahí todo el tiempo. La vieja escuela del ballet clásico era bien autoritaria. Así como te digo que tengo modelos para imitar, tenía cosas que no quería repetir aquí.

¿Qué cosas?

No quería traumatizar a niños con el peso ni a los bailarines. Por eso, aquí hay personas de todos los tamaños, de todos los colores, de todos los gustos porque eso no lo queríamos aquí. Queríamos salud mental.

Te retiraste del baile en el 2007, ¿cómo fue tomar esa decisión?

Fue una decisión que no me traumatizó porque ya estaba bien lastimada. Me dio un alivio porque de repente tenía todas las horas de ensayo disponibles para el trabajo administrativo, para hacer propuestas y no tenía que preocuparme por las lastimaduras. 

¿Cuáles han sido algunos de los logros de Andanza en estos 20 años?

Haber podido mantener a un equipo trabajando con beneficios. Aquí los bailarines no sabían lo que era recibir un seguro social, un plan médico y hasta llegamos a tener plan de retiro, que es lo único que se tuvo que ir cuando empezó la crisis económica. Además, ser un espacio de creación y trabajo permanente. Lo del proyecto social eso es único también porque no hay compañías que vayan todas las semanas a comunidades, no hay. También nos presentamos todos los años un fin de semana entero gratis en el Museo de Arte Contemporáneo. Y momentos así que celebramos, lo del Emmy (en el 2002) que fue el primero que se ganó WIPR por el espectáculo “Andanza a todo color”. Además, este año ganamos el Fondo Flamboyán para las Artes de Lin-Manuel Miranda que ha sido bien importante porque recibirlo en este momento del 20 aniversario ha sido una recompensa. Después de tanto trabajo, ha sido un pequeño alivio. 

¿Y qué le ha dado Andanza a Lolita Villanúa?

Me he sentido muy útil para el país haciendo un proyecto de arte, un proyecto socio-cultural. Me ha enseñado muchas cosas a nivel profesional y de cosas que ni imaginaba, desde llenar propuestas hasta hacer una producción con todos los aspectos que eso envuelve y cosas de relaciones humanas. Me ha dado un proyecto durante todos estos años para mi país en lo que me gusta y que he podido conciliar con otra pasión que son los idiomas y la IUPI. Así que me ha dado mucho.

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