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Dos generaciones se unen en las más de cuatro décadas de La Femme

Los propietarios de la boutique ubicada en la avenida Roosevelt relatan cómo se han mantenido en el mercado por casi medio siglo
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Los hermanos Vivian y Pedro Moll junto a su madre, la veterana actriz Gladys Aguayo. (Teresa Canino)
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En los 46 años que se han mantenido como propietarios de la boutique La Femme, los hermanos Vivian y Pedro Moll junto a su madre, la veterana actriz Gladys Aguayo, han logrado sobrepasar crisis mundiales y locales manteniendo a flote la empresa que por casi medio siglo ha ayudado a la mujer puertorriqueña a mantenerse a la vanguardia de la moda.

La tienda abrió sus puertas en el 1973 en la Avenida Ashford, en Condado, mudándose a otro local cercano en 1976 y abriendo una segunda tienda en Plaza Las Américas solo tres años después. Desde entonces, como familias y empresarios, los Moll Aguayo hacen énfasis en tres eventos que los hicieron tambalear, pero que terminaron siendo una dura prueba que los fortaleció en todos los aspectos.

Uno de ellos fue el fuego del hotel Dupont Plaza el 31 de diciembre de 1986, un evento que según Gladys, hizo que el área de Condado fuera decayendo hasta que en 1992 decidieron cerrar la tienda y mantenerse con el local ubicado en el centro comercial de Hato Rey. En el 1998 se volvieron a mudar, esa vez al local 320 de la Avenida Roosevelt donde permanecen todavía hasta hoy.

Otro de los grandes eventos que los marcó fue el ataque a las Torres Gemelas de Nueva York el 11 de septiembre de 2001. “Cuando el 9-11 yo pensé que vendría una guerra y que el mundo se acabaría. Fue en septiembre, que es la fecha en la que se compra la mercancía de la próxima primavera y estaban los aeropuertos cerrados y todo era un caos. Pero pasó y sobrevivimos”, comenta Pedro.

El esfuerzo hecho para mantenerse a flote en medio de la crisis económica que arropó al mundo los llevó a entender que no hay crisis que con paciencia y buenas jugadas de negocio no se puedan superar. Por eso, cuando Puerto Rico recibió el impacto del huracán María, la familia no perdió la fe. Aunque aseguran que volver a la normalidad fue difícil -como ocurrió en todo el país- fue posible. “Esos problemas no los hemos resuelto como empresarios, sino como familia. Han sido eventos que han servido para que el negocio se transforme”, añade Pedro.

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Parte de los modelos disponibles de la boutique, que se distingue por su selección de ropa para fiestas.

El reto de la tecnología

Los momentos históricos que han vivido como empresarios y familia se unen al gran reto de la tecnología y las redes sociales que cada vez influyen más en la decisión de compra.

Vivian y Gladys abrieron la boutique en la década de 1970 junto a la exreina de belleza Marisol Malaret. Una década más tarde, Malaret dejó el negocio y Pedro, quien es abogado, se unió a su madre y hermana en la labor de administrar La Femme.

En aquellos tiempos, la manera de dejarle saber a la clientela que había nuevos estilos que debían ver era a través de cartas. “Luego eran las llamadas telefónicas para decirle lo que nos había llegado, pero las cartas seguían como la manera de enviar invitaciones. Ahora se cuelga la foto en Facebook, ya no estamos llamando a las clientas. Mi forma de dejar saber que llegó una nueva colección es a través de Facebook”, comenta Vivian.

Los hermanos señalan que la clientela está cada vez más informada sobre las tendencias. La mayoría ya sabe lo que quiere cuando entran por la puerta. Por ejemplo, Pedro destaca que algunas llaman y hacen sus pedidos sin siquiera haber visto la ropa.

Sin embargo, algo que no cambia en el negocio del “retail” es la importancia de un buen servicio al cliente.

“Algo que ha sido constante desde que Marisol, mami y Vivian abrieron la tienda, ha sido el buen servicio”, abunda Pedro. “Ropa la compras dondequiera, pero el servicio es algo que hace que seamos bien reconocidos. Nuestras historias con clientas son fabulosas, al punto que quiero hacer un libro”.

Vivian añade que cada cliente que entra a La Femme recibe la orientación necesaria para que al salir lo haga con un artículo que sea de su gusto y al que pueda sacarle provecho. Además, mientras está en la tienda, muchos conversan largo y tendido con doña Gladys, quien tiene su propio mueble donde pasa el día recibiendo a la clientela.

“Mi sitio es este. Antes no, antes yo ayudaba a los clientes, pero ahora me disfruto una buena conversación y veo cómo Vivian les va enseñando las cosas que pueden gustarle”, afirma la veterana actriz. 

Pero, el internet no solo se ha convertido en la manera de convocar a la clientela sino también de comprar, algo en lo que todavía los Moll Aguayo no se confían demasiado. Para Pedro siempre es importante “mirar, tocar y sentir una pieza”, antes de decidir que formará parte del inventario de la tienda. Vivian, por su parte, destaca que sigue siendo bueno viajar y estar muy consciente de qué es lo que se compra.

“Hay muchas tiendas que dependen de internet y no viajan tanto como nosotros. A nosotros todavía nos fascina ver, tocar, ver el color real y apreciar cómo es el vestido. A veces cuando compras por internet si no hay un artículo lo sustituyen por otro y cuando llega no es de la misma calidad. Por eso”, resume Vivian, “en ese aspecto todavía somos de la vieja de escuela y viajamos”.

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